La industria de la coca sana

Nelson Fredy Padilla   Revista Cromos - Bogotá, Cundinamarca   December 2004


Tres empresas indígenas en las que trabajan cien familias del Cauca y Huila demuestran que el cultivo y procesamiento le al de la coca es una alternativa de desarrollo comunitario. Mientras producen té, galletas y vino, en el Congreso de la República se discute un proyecto de ley para regular esta actividad, como ocurre en Bolivia y Perú.

Marleny Deliyalanda es la indígena de 27 años de edad que dirige en Bogotá la comercialización de My Kokita, la primera marca legal con la que los guambianos del departamento del Cauca venden productos medicinales, té y vino extraídos de la coca. Tiene casi nueve meses de embarazo y, como sus antepasados, mambea tres veces al día hojas tostadas.

Ella la llama "nuestra planta madre ", y la considera base de su identidad cultural. ice que las hojas de coca que mastica son "un comunicador espiritual "con su hijo y le garantizan fortaleza para ocuparse de las ventas, de las necesidades de su comunidad en la capital y de estudiar
Administración Pública en la Esap.

A través de líderes como Marleny, los productos de My Kokita, Kokasana y Coca Nasa ya están a la mano de cualquier consumidor en los almacenes de cadena del país y en tiendas naturistas. Hay cajas de aromáticas, galletas y pomadas. Pronto habrá espagueti y hasta jabón de coca. Kokasana es el proyecto de los indígenas yanaconas en San Agustín (Huila) y Coca Nasa el de los paeces en Tierradentro (Cauca). Son microempresas artesanales en las que trabajan cien familias para beneficio de las comunidades a las que representan.

La naciente industria parte de pequeñas huertas en las que la coca es, apenas, uno de los cultivos que simbolizan la cultura agrícola de los primeros habitantes andinos. Un ejemplo es el de la vereda Agua Blanca, en el municipio caucano de Santander de Quilichao, donde los guambianos tienen sus sembrados.

Antes de llegar al cultivo de coca, hay que impregnarse de los olores de una serie de plantas que "atraen los buenos espíritus" al lugar. Juan Mue-las, el director del proyecto, asegura: "Nuestra coca fue satanizada por los narcos, los gringos y los políticos, que sólo ven en ella el placer y el dinero ". Este zootecnista de la Universidad Nacional, y maestro de etnobotánica de su resguardo, explica que el arbusto más perseguido del planeta "es parte del legado indígena", y por eso están "rescatando su valor espiritual y su original sentido social". Durante los años 90, en el Cauca, el primer paso fue expulsar de sus tierras a narcos, guerrilleros y paramilitares, que quisieron convertirlos en esclavos de la mafia, no sólo a través de la coca sino también de amapola importada del Triángulo de Oro asiático. El proceso ha costado centenares de vidas y los cultivos fueron fumigados con glifosato por la Policía.

Sin embargo, reconocieron sus culpas y, con ayuda de la guardia indí-gena y sus bastones de madera, desmantelaron campamentos y expul-saron a los traficantes. Todavía quedan rezagos de cultivos ilegales de amapola que ellos están dispuestos a erradicar con sus propias manos.

Y una forma de hacerlo es convencer a la comunidad de que la única sal-vación es regresar al uso tradicional de la coca como propuesta de paz y de desarrollo alternativo.

La huerta implica un ritual: debe estar rodeada de plantas como el shundur, una aromática que utilizan para mejorar la circulación sanguínea. Al lado hay surcos de pinocho, una dulce flor masticable; prontoalivio -un analgésico y relajante-, limonaria, menta y raíces comestibles de astilla.

Juan Muelas revisa las plantas en compañía del taita Esteban Calambás, a quien la Unesco declaró maestro de sabiduría. Desentierran un atado de frutos amarillos de cúrcuma, usados para darles color a los guisos y como infusión contra el cáncer. Agarran una brazada de sagú, una especie de caña que comen mientras cultivan o de la que hacen refrescos. También hay jengibre, tomate verde, tomillo, un fríjol pequeño llamado gandul y mikaya, su endulzante preferido.

Agua caliente, siete hojitas de coca y cinco de mikaya son la clave del "mejor té del mundo ". En el corto plazo piensan procesar la mikaya para venderla en tabletas y cubitos. Finalmente, en medio de árboles de limón, aparecen los arbustos de coca. Un grupo de doce guambianos, entre hombres y mujeres, se toman de la mano, se encomiendan a Pishimisak, "el dios de nuestra gente", y lo primero que le quitan a la mata de coca son unas semillitas rojas que ellos convierten en un aceite relajante. Luego proceden a recolectar hoja por hoja.

"Mientras los raspachines pelan a la fuerza los palos en su afán de riqueza -explica Juan Muelas- nosotros respetamos la planta. Sólo tomamos lo necesario para nuestro consumo y los productos que vendemos". Esta vez la recolección fue para uso personal: un canastado de hojas que son tostadas de inmediato en una olla de barro, al calor del fogón de leña. Apenas enfrían, cada cual agarra un puñado, gira el brazo sobre su cabeza para "la limpieza del pensamiento" y se la lleva a la boca. El taita Calambás dice que el mambeo es como un reloj biológico.

"Cuando uno termina la primera masticación es medio día, la segunda termina con la tarde y la tercera es para descansar ". Si la cosecha es para producir aromáticas, a hoja es trasladada a una pequeña planta donde la empacan en olsitas de té de tamaño tradicional. Si es para extraerle vino, a maceran sobre piedras heredadas a los abuelos hasta convertirla en harina y luego le añaden agua. La fermentación dura entre nueve y doce meses en barriles de madera o vasijas de barro. Seis veces cambian el licor de recipiente dependiendo de si lo quieren dulce, semiseco o seco. Lo pasteurizan para matar microorganis-mos, lo pasan por cuatro filtros y lo embotellan. Se consigue bajo el nom-bre de Vinan de coca. Toda la producción está respaldada por el marco legal que les reconoció a los indígenas la Constitución de 1991.

También se valen de la experiencia de las industrias legales de la coca de Bolivia y Perú, autorizada por gobiernos locales y hasta por Estados Unidos. Precisamente en el Congreso colombiano se tramita un proyecto de ley, presentado entre otros por el guambiano Lorenzo Almendra y el ex magistrado Carlos Gaviria, que propone un marco normativo para masificar la "coca sana".
Marleny Deliyalanda sabe que están en el camino correcto. Se siente realizada mambeando y vendiendo. Pero aclara: "No queremos hacernos millonarios con esto, sólo pretendemos reivindicar el valor cultural de nuestra biodiversidad y consolidar una alternativa de supervivencia económica". Juan Muelas asegura que prueba de ello es que, por tradición oral, saben de plantas más poderosas que la coca, pero las mantienen en secreto. "Los hombres blancos no deben conocerlas por-que querrán ir más allá del éxtasis".

Elizabeth Ballesteros, un ama de casa bogotana, es una de sus clientes. Compró té de coca en un stand de Corferias porque "es el mejor relajante para el estrés". Como los indígenas quieren dignificar la historia de la coca ya tramitaron certificaciones de las secretarías de Salud, del Invima y del Ministerio del Medio Ambiente para que el buen uso de "la planta madre" eche raíces fuera de sus resguardos y se le devuelva "el lugar que merece".