La magia en manos chiquitanas
Raul Dominguez Yovio El Mundo Revista en Matutino El Mundo - La Paz March 2003
Las artesanías que se producen en Chiquitos son algo más que eso, son maravillas. El legado de los jesuitas fue rescatado y ahora existen verdaderas empresas que trabajan con madera certificada, lo que les da la oportunidad de abrirse mercados fuera del país
El formón con su alargada y fina hoja se desliza sobre la madera y le saca delgados hilos que caen sobre el piso de tierra. Sigue transitando sobre la superficie y al final de su recorrido ya puede decirse que ha tallado una paraba, a la que más tarde se le dará color con ocres naturales.
Las manos que han dirigido el formón son simplemente mágicas, y todas por estos lugares tienen, más o menos, las mismas características: hábiles, gruesas, morenas y... chiquitanas.
Así son los seis pares de manos que trabajan en el taller artesanal "Hermanos Guasase", en una humilde casa de la zona Este de San Ignacio de Velasco. Allí Guillermo, Manuel, Wilfredo, Antonio, Limberg y Walter conforman uno de los más prestigiosos talleres de tallado en madera de toda la chiquitania.
Pero no es solo la calidad de los trabajos que se realizan aquí, lo que convierte a los Guasase en uno de los mejores talleres del arte barroco-mestizo de chiquitos, sino toda una gestión empresarial que se inició cuando se acogieron al esquema voluntario FSC (Consejo de Manejo Forestal, por sus siglas en inglés).
Este esquema, a través de la cooperación de organismos como el Centro Amazónico de Desarrollo Forestal (Cadefor), la Agencia Alemana de Cooperación Técnica, la Fundación para la Conservación del Bosque Chiquitano (FCBC) y el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), permitió que dos talleres -" Guasase" en San Ignacio y "Bolivia" en San Miguel- puedan acceder a cursos de capacitación para la administración de sus recursos, embalaje de productos para exportación, la posibilidad de encontrar nuevos mercados, desarrollo económico y social, y la satisfacción de trabajar con madera proveniente de bosques " bien manejados".
LA LLAMA JESUITA SIGUE VIVA
Wilfredo Guasase (29) se buscaba la vida trabajando como albañil en las construcciones de su natal San Ignacio. Alternaba su oficio con un curso de secretariado en un instituto, y esporádicamente pintaba uno que otro lienzo al óleo. Esto era lo poco que su sangre chiquitana aún conservaba del legado jesuita que terminó con la expulsión de los religiosos a mediados del siglo XVIII.
Pero un buen día de 1995, una mujer comerciante de artesanías desde San Miguel, le ofreció algo de dinero por pintar las muestras de madera que serían llevadas a la ciudad de Santa Cruz y a Chile. Wilfredo descubrió que su talento era innato y que podía hacer más.
Aún queda la huella imborrable para este hombre de estatura media, de aquella mujer llamada Rosa María Quiroga, quien había pedido más manos al chiquitano para concluir las obras, pues el tiempo apremiaba. Dos hermanos mayores de Wilfredo dejaron las labores del campo y los que estudiaban en el colegio trabajaron en sus momentos libres para cumplir el compromiso. Esta fue la mecha para que los hermanos Guasase decidieran seguir este camino. Iniciaron el tallado en madera en el patio de la casa, pero no tenían las condiciones para almacenar el material que se deterioraba con la lluvia.
Una exposición de artesanías en el año 2000 fue el despegue del taller hacia una verdadera microempresa, y un contacto con técnicos de Cadefor, hicieron que los Guasase entraran en un proyecto de capacitación durante seis meses en San Ignacio.
Ahora Wilfredo es el gerente del taller y lleva la contabilidad gracias a la asesoría que recibió en los cursos. "Ellos han logrado certificar también su cadena de custodia y lo destacable de esta microempresa, es que han logrado alcanzar estándares muy altos que muchas empresas grandes no tienen todavía. Eso significa que sin muchos recursos, con el interés de hacer las cosas bien, se puede llegar muy lejos", dice Fernando Aguilar, encargado de comercialización y mercados de Cadefor.
Esos esfuerzos, agrega Aguilar, tienen muchos sacrificios, como invertir en la certificación, trámites ante el Registro Unico de Contribuyentes (RUC), Alcaldía o Superintendencia Forestal. "Pero existen muchas ventajas como llegar a los mercados de Estados Unidos y Europa, que por lo general sólo compran madera certificada, especialmente en el rubro de pisos y puertas.
En el caso de las artesanías es un mercado pequeño que va ir desarrollándose. Por ello estamos buscando mercados para los artesanos", señala Aguilar, mientras considera que estos talleres, al estar certificados, también atraen la atención de las instituciones que se preocupan por conservar los bosques.
DE LA CHIQUITANIA PARA EL MUNDO
La habilidad de los chiquitanos para el tallado de la madera, indudablemente, es innata. Algunos, como Ciro Dorado (24) gerente del taller Artesanal "Bolivia" de San Miguel, "pulieron" su talento en el Instituto Boliviano de Aprendizaje (IBA), institución que se forjó gracias a las restauraciones que se iniciaron en los seis templos jesuíticos de la chiquitania, en 1975.
De esa época queda el recuerdo del gran benefactor suizo Hans Roth, quien alentó la creación de escuelas de arte de la madera, para restaurar o replicar obras de arte, especialmente sacras.
Sin duda, en San Miguel se encuentra los mayores talleres de la chiquitania: el taller Bolivia, San Pablo, San Miguel, y algunos que otro unifamiliar. El primero de éstos cuenta con la certificación FSC y es considerado el comercializador de los productos " más finos" de la chiquitania.
Aquí trabajan nueve jóvenes artesanos, cada uno con dos manos muy talentosas y mucha humildad como sus orígenes. En un pequeño galpón guardan celosamente la madera certificada que la empresa Cimal les obsequió el pasado año y sus formones los mantienen siempre afilados para tallar el cedro, única especie maderera existente apta para este tipo de trabajos.
El taller Bolivia es el de mayor trayectoria y célebre por sus exquisitos trabajos. Fue fundado en 1996 por Ciro y José Angel Dorado, cuando en San Miguel la juventud migraba a la ciudad en busca de trabajo. "Vimos la necesidad de buscar fuentes de trabajo para nosotros y para otras personas que tenían talento. Todos aprendimos en el IBA, y con la ayuda de la 'hermana' Eva María y algunos voluntarios austríacos nos capacitamos un poco más", detalla Ciro, titulado como Técnico Medio en Ebanistería del instituto.
Para Angel Dorado, encargado de producción del taller Bolivia, es un orgullo ser "migueleño", además por ser la antigua misión jesuítica pionera del tallado. "Aquí existen 50 talleres de buen nivel y nosotros como taller Bolivia nos hemos dedicado a las réplicas jesuíticas de alto nivel", considera Angel.
Para Fabiola Salvatierra (23), una de las dos mujeres talladoras del "Bolivia" este trabajo, aparte de ser un sustento para sus dos hijos y un aporte para su esposo, es una noble labor que enriquece el espíritu. "La mujer tiene más delicadeza para el tallado y la pintura, pero aquí no se animan", lamenta, mientras señala que por trabajo vendido gana el 50% del valor de cada pieza.
Esta ya consolidada institución es uno de los centros que ha exportado la mayor cantidad de artesanías. Sus dirigentes, con mucho orgullo dicen que gracias a la certificación FSC, el año pasado exportaron a Francia 7.000 piezas de figuras de angelitos barrocos, y esperan para este año abrir nuevos mercados en Estados Unidos y Europa. Sin embargo, dicen, la certificación no significa tener abiertos esos mercados, pues necesitan ayuda de ONGs y del Estado boliviano.
"Es irónico saber que estas microempresas cuando se legalizan les espera un trabajo difícil y sin ningún apoyo del gobierno. Hay que darse cuenta que este tipo de talleres ha invertido mucho dinero de sus propios ahorros, porque nunca tuvieron un apoyo crediticio", lamenta Fernando Aguilar, de Cadefor.
De todos modos, expresa, este es un ejemplo loable que merece apoyo. "Ellos voluntariamente han decidido formalizarse ante el Estado y hacer las cosas legales. Entonces seria bueno que el gobierno les preste atención".
"LA CERTIFICACION DE DIOS"
Sin duda que la certificación voluntaria de estos talleres es un gran esfuerzo por trabajar, sobre todo, con madera proveniente de bosques ecológicamente manejados. Esto, explica Fernando Aguilar, encarece los productos, especialmente si se venden en el mercado nacional. No por nada los talleres certificados trabajan con dos tipos de madera, la " certificada" -con Plan de manejo- y la " no certificada"-también llamada pirateada-. La primera, explica Ciro Dorado, tiene un costo de 80 dólares el metro cúbico y la segunda, a un precio que se reduce a la mitad.
Aparte de ello, el turismo que visitaba regularmente las poblaciones chiquitanas para la compra de artesanías, ha desviado su atención a otros países, debido a los conflictos sociales que vive constantemente Bolivia.
En el taller " San Pablo" de San Miguel -que también es un colegio-, la madera para el trabajo de artesanía no está certificada, pero a decir de Eva María Staller, directora del instituto, la certificación la da Dios, por tratarse de una institución en beneficio de la población.
Este moderno centro católico artesanal es tal vez el lugar donde se realizan las esculturas de mayor envergadura de la chiquitania. Con ocho talladores y una pintora, el San Pablo se especializa en arte sacro, productos que van a parar a los diferentes templos de la chiquitania y de la ciudad de Santa Cruz.
En el fondo del gigantesco galpón, Genaro Vaca da los últimos toques al "Cristo resucitado", una gigantesca figura de casi tres metros de altura, que será llevada a la parroquia Hombres Nuevos del Plan 3000.
En el Taller "San Miguel" -una especie de cooperativa de artesanos- la madera tampoco es certificada. Son siete hombres que trabajan por cuenta propia para surtir de obras a "Artecampo", el único centro de venta de artesanías chiquitana en la ciudad de Santa Cruz. Un poco reacios a dar detalles de su trabajo, dicen que pertenecen a la Asociación de Talladores de San Miguel y son uno de los centros, que desde 1983, luchan por mantener la tradición artística del pueblo.
Así lo cree Armando Landívar, quien desde hace 13 años se caracteriza por ir más allá del tallado tradicional de Chiquitos. En el taller de este ex camarógrafo de un canal de televisión de San Ignacio, se pueden observar tótems indígenas, letreros de madera y hasta réplicas idénticas de juguetes como un pequeño tractor.
Inspirado en una feria de artesanías realizada en su pueblo, Landívar es uno de los pocos artistas que ha tallado la fachada de todos los templos jesuíticos de la actualidad. En uno de ellos hace una protesta: "En mi primera exposición hice un tallado de la antigua iglesia de San Ignacio para mostrar un reclamo sobre nuestro templo jesuítico que había sido demolido" manifiesta.
Con esa obra Landívar ganó el primer premio de aquella feria, para después venderlo en la insignificante suma de 50 dólares, precio que ahora no llega ni a los talones de sus obras actuales.
"En toda nuestra región no tenemos una industria que nos caracterice, entonces en todo lo que es la provincia Velasco estamos empezando a industrializar la madera a través de los trabajos artesanales. Y es a través de éstos que estamos promoviendo el turismo de la región", asevera el destacado artista, quien además anuncia que en el mes de mayo inaugurará su propia escuela de tallado.
"Hay que formar nueva gente, porque veo que a muy corto plazo, vamos a empezar los retos de la exportación", concluye.
¿QUE ES LA CERTIFICACION FORESTAL?
La certificación forestal del FSC es un movimiento mundial que ofrece un sistema independiente y voluntario de auditoría del manejo forestal de un bosque, y una forma de monitoreo de los productos forestales, a través de una cadena de custodia.
Este sistema sigue el proceso desde la materia prima hasta el producto final, para garantizar que los productos que provienen de bosques bien manejados tomen en cuenta estándares que sean:
- Ambientalmente adecuadas
- Económicamente viables
- Socialmente benéficos.

