PER-061-Pucauro: un paraíso (con gente) en peligro
José Álvarez Alonso Revista Viajeros Conservación y Culturas January 2008
Pucauro: un paraíso (con gente) en peligro
La frontera entre Perú y Ecuador, entre los ríos Napo y Tigre, área que los ecólogos han llamado Ecorregión Napo, es una de las más sobresalientes a nivel mundial en número de especies de plantas (650 especies de árboles por hectárea) y ostenta récords mundiales de anfibios, reptiles, mamíferos, peces, aves y otros organismos. Este paraíso alberga también en su subsuelo (para desgracia de la biodiversidad y de los indígenas que la habitan) ingentes reservas de petróleo y sedimentos ricos en oro.
Justo en la frontera entre los dos países se encuentran los territorios de los últimos pueblos indígenas en aislamiento voluntario (PIAV) de la Amazonía noroccidental, ahora acosados por la explotación petrolera y aurífera, la caza furtiva y la tala ilegal de sus bosques. Estos indígenas probablemente han tenido experiencias traumáticas con los occidentales y viven retirados en las zonas más remotas, como cazadores y recolectores, siguiendo sus costumbres ancestrales. Lo único que quieren es que se les deje en paz y se respete sus territorios tradicionales.
Estos pueblos son muy vulnerables a cualquier contacto con la civilización. No poseen inmunidad para enfermedades tan comunes como el sarampión o la gripe y dependen para su subsistencia del consumo de carne, peces y quelonios (tortugas), que pueden encontrar fácilmente en bosques y ríos en estado prístino. Estos ecosistemas son fácilmente alterados por actividades como la tala, la caza con armas modernas y las actividades petroleras, que ahuyentan a los animales y hacen muy difícil su captura. Incluso la realización de estudios antropológicos para demostrar su existencia los podría poner en peligro, si no se toman las debidas precauciones: cualquier presencia humana foránea puede desplazarlos de sus rutas tradicionales de caza y recolección y provocar conflictos con grupos vecinos, o introducir enfermedades foráneas, con consecuencias muy graves. Por ejemplo, luego de la exploración de sus tierras por la Shell en Camisea en los años 80, más del 50% del pueblo Nahua (no contactados hasta 1984) murió por enfermedades contagiosas.
En esta zona fronteriza, Ecuador ha creado hace ya muchos años el Parque Nacional Yasuní, y el Perú, más recientemente, la Zona Reservada Pucacuro. Nuestro vecino del norte viene negociando con los países occidentales la “no explotación” de las inmensas reservas petroleras halladas en el Parque y también ha asegurado que de ninguna forma tocará el “área intangible” que protege a dos pueblos indígenas en aislamiento que se encuentran en la zona: los Tagaeri y los Taromenane, ambos emparentados con los bravos Huaorani. Nadie duda en Ecuador de la existencia de estos grupos en aislamiento, dado su parentesco y frecuentes conflictos con los Huaorani (algunos de los cuales entraron en contacto con el mundo occidental recientemente), y sus enfrentamientos con petroleros, madereros y mineros. Por informes, de los Huaorani se sabe que al menos los taromenane cruzan frecuentemente la frontera con el Perú, hasta donde se extienden sus territorios tradicionales de caza.
La organización indígena peruana AIDESEP propuso en el 2004 la creación de una reserva territorial del Estado a favor de estos y otros pueblos indígenas sin contacto con la civilización que, según muchos indicios, existen en la zona. Diversos investigadores han recogido decenas de testimonios de personas (incluyendo de militares en puestos de frontera y miembros de comunidades indígenas del Curaray, Arabela y alto Tigre) sobre avistamientos directos y hallazgos de campamentos, huellas, armas y otros indicios de la presencia de estos grupos que son pequeños y nómadas, que apenas siembran algo de yuca en claros naturales del bosque, por lo que se hace difícil detectarlos y probar su existencia, como exige la legislación vigente para la creación de reservas indígenas. De hecho, a pesar de todas las evidencias que existen de la presencia de los PIAV en esta zona, el Estado peruano se ha negado a reconocer su existencia (rechazando la creación de la reserva indígena propuesta por AIDESEP) y ha concesionado toda la zona a compañías petroleras. Al menos una de ellas, Barret Resources (Perú), que ha descubierto un gran yacimiento petrolero, en la zona del Curaray, está iniciando los preparativos para la explotación y los estudios para la construcción de un oleoducto que cruzaría por el alto Pucacuro y por buena parte de la reserva territorial propuesta por AIDESEP.
A esta amenaza en el alto Pucacuro y Curaray se ha unido el de la tala ilegal. Los esfuerzos del Comité de Manejo de Pucacuro, integrado por las seis comunidades indígenas usuarias de esta cuenca, para evitar el saqueo, han sido vanos debido a la falta de apoyo del Estado: los ilegales siguen talando y lavando impunemente cedro, cumala y tornillo. De acuerdo con denuncias de los sacerdotes de Santa Clotilde (ver Diario Pro&Contra 15/11/07, y Viajeros OnLine, www.grupoviajeros.com/viajerosperu/zapping.asp), unos cinco mil madereros ilegales provenientes de Pucallpa han invadido la cuenca del Curaray (colindante con Pucacuro), y están provocando un saqueo salvaje de los recursos forestales y de fauna, con la complicidad de personal del ejército de la Guarnición de Curaray y de funcionarios del Inrena, según las denuncias del padre franciscano Jack McCarty. Cabe destacar que en esa cuenca no existen concesiones forestales, pero desde hace años salen ingentes cantidades de madera. La tala ilegal es una amenaza muy grave para los indígenas en aislamiento, ya que altera gravemente la estructura del bosque y ahuyenta a los animales silvestres que constituyen la principal fuente de alimento de los PIAV. La cuenca del Curaray ha sido propuesta por las comunidades indígenas Kichwa y Arabela que allí habitan como una reserva comunal, pero el Estado ha hecho caso omiso a su pedido.
El petróleo y la madera pueden ser explotados en el futuro o, incluso, en otras zonas, pero los recursos de estos bosques son indispensables para la supervivencia de los indígenas en aislamiento voluntario. El principio precautorio exige que el Estado se abstenga de promover actividades que pongan el riesgo la vida o salud de las personas mientras exista una duda razonable de su presencia.

