PER-058-Oxapampa, tierra de aventuras

Roxabel Ramón   Revista Viajeros Conservación y Culturas   September 2007

Oxapampa, tierra de aventuras


Relato de un recorrido alternativo por tierras yaneshas

Seguir la ruta Lima-La Oroya-Tarma-La Merced es ir acumulando sensaciones. Es pasar, en pocas horas, del entusiasmo de la partida al abatimiento que producen los abismos a cinco mil; de la melancolía que provocan los bellos paisajes serranos a la euforia tropical. Llegar a Oxapampa es como entrar en un territorio de ficción: campos tapizados de verde claro, sembrados de vaquitas, de casas de madera y coloridas orquídeas. Un lugar envuelto en caprichosa neblina y rodeado de sombrías montañas. Llegar a Oxapampa hacia la última semana de agosto, durante los días de su aniversario, es asistir a una fiesta inolvidable, de paseos en moto cruzando los ríos, de fogatas en la comunidad yanesha, de música y sabores insólitos.

Existe una ruta para el turismo convencional, un recorrido espléndido que parte de la plaza -cuya iglesia acaba de ser postulada a maravilla del Perú-, y abarca los alrededores: el Wharapo, el tunky cueva, el rancho Ruffner; la catarata El Tigre, los cafetales de Villa Rica, los pozucinos disfrazados de tiroleses. Todo muy atractivo, muy delicioso, muy típico. Pero estamos en territorio de célebres aventureros y es menester rendirles un modesto homenaje. Con esta idea, decido internarme en dos de las cuatro áreas protegidas que existen en la zona: el Parque Nacional Yanachaga Chemillén y el Bosque de Sho’llet.

A las cinco de la mañana del 29 de agosto, Eduardo De la Cadena, jefe de Inrena en Oxapampa, está listo para acompañarme a recorrer el Yanachaga Chemillén, que abarca desde los 350 a los 3600 metros y es uno de los bosques montanos con mayor diversidad biológica en el planeta. Mucha de la flora y fauna que alberga en sus 122 mil hectáreas no ha sido siquiera registrada. Sabemos de 1956 especies de vegetales; 59 especies de mamíferos -entre ellos el lobo de río, el oso de anteojos, el otorongo, el mono choro-; 427 especies de aves –gallito de las rocas, águila arpía, relojero,  quetzal-; 16 especies de reptiles –desde el caimán enano hasta las temidas lamón y jergón, la shushupe o la naca-naca-. En Yanachaga habitan además la rana venenosa, la tarántula negra y la más bonita tarántula azul. Nuestra entrada será por la zona de Huancal, en la ruta a Pozuzo.

Después de dos horas de viaje entre la exuberante vegetación, cascadas y cataratas, un canto agudo nos hace abandonar la cuatro por cuatro y caminar en su dirección, es decir, hacia la selva húmeda y oscura. Eduardo silencia sus pasos y susurra indicaciones: debemos camuflarnos entre musgo y ramas para que el gallito de las rocas no se marche. Estamos en una zona ideal para la observación de tunkys y aquí permaneceremos por una hora siendo privilegiados voyeurs de los más encendidos rituales de conquista. En adelante presto más atención a los sonidos y descubro que el repertorio es infinito. La alerta debe activarse ante cuaquier vibración ajena a la música: esa sacudida en las copas de los árboles que pasa como una sombra rápida. O ese tintineo de campanitas, señal de que una jergón está cerca. Mejor volvamos al camino.

Ya en el puesto de control Huampal, iniciamos el descenso hacia el cañón de Huancabamba. En cierto tramo encontraremos el camino original que abrieron los colonos tiroleses en 1859, una travesía difícil de imaginar cuando el único espacio libre al que podemos aferrarnos es este camino abrupto, estrecho y resbaladizo. Al llegar a la base, en un codo del río Huancabamba, se abre ante nosotros el escenario generoso del cañón y aparece la selva en toda su dimensión.

Uno de los objetivos del Parque es proteger las cuencas altas ubicadas en las vertientes de la Cordillera Yanachaga, esto para garantizar la producción sostenida en los valles adyacentes y evitar desastres naturales por erosión de las tierras. De esta manera, se asegura también la cantidad y calidad del agua, para las comunidades yaneshas que habitan Yanachaga y el resto de la población beneficiaria de los ríos Palcazú, Huancabamba y Pozuzo. Otras zonas aptas para una visita cuidadosa son: Quebrada Yanachaga, a hora y media desde Oxapampa; San Alberto, a una hora; la Estación Biológica Paujil, donde se ha construido un albergue, a día y medio (durante 9 horas se viaja en camioneta 4 x 4, por una carretera semi afirmada, hasta Iscozacín); Milpo, a cinco horas, y Santa Bárbara, a nueve. Por estos días, veinte biólogos han ingresado a Yanachaga y recorrerán sus cinco zonas para realizar un inventario de las principales especies. El informe será presentado en un mes al Inrena.

Sho’llet y su ladrón de orquídeas
El boom de los aserraderos en épocas pasadas y la zonificación incorrecta de los terrenos que hasta hoy permite a sus propietarios deforestar zonas de extrema pendiente y utilizarlos como terreno para ganadería o agricultura, han hecho de Oxapampa un lugar vulnerable a la degradación de bosques y suelos.  Para mitigar en algo este perjurio, su municipio y el de Villa Rica crearon el área de protección municipal denominado Bosque de Sho’llet, para proteger sus ocho mil hectáreas de la invasión y depredación de los extractores ilegales de madera u orquídeas. Los primeros resultados del estudio de composición florística de Sho’llet anuncian: 96 especies de orquídeas, 91 de helechos y  117 de plantas leñosas.

Dimas León es mi guía en el recorrido a Sho’llet. Hemos llegado en hora y media desde Oxapampa en un alucinante viaje en moto. De entrada a la reserva, buscamos las tres pequeñas lagunas en cuyas  superficies se refleja el sol de mediodía. El Sho’llet posee un ecosistema especial compuesto por un enmarañado bosque enano rodeado por un bosque de mediana altura. Caminar aquí es como hacerlo sobre un gran colchón. Los musgos de colores que cubren el suelo son importantes reservas de agua captada de las lluvias horizontales, es decir, neblina. En un recorrido por Sho’llet es fácil encontrarse con diversos tipos de orquídea y con el carismático oso de anteojos (o sino con sus rastros). Pero más interesante, aunque menos recomendable, es descubrir a la mortífera lamón, soberana de estos matorrales. Es lamentable contar que de regreso al camino, nos encontramos con municipales de Villa Rica que habían llegado a constatar una denuncia realizada una hora antes: una camioneta llena de orquídeas abandonaba la zona.