PER-055-Bosques de queñuales en las tierras altas de Huaraz

Anna Cartagena Sotomayor   Revista Viajeros Conservación y Culturas   September 2007

Bosques de queñuales en las tierras altas de Huaraz


En el Corredor de Los Conchucos nació un interesante proyecto de restauración de ecosistemas a través de la reforestación y la creación de áreas de conservación privadas. Una propuesta que une a la sociedad civil y la empresa privada cuya misión es extender y proteger los bosques de queñuales, hábitat de una singular flora y fauna.

Avanzamos como pudimos, sorteando rocas y quebradas cuyas aguas sustentan sembríos de papa y otras plantas de variados frutos. A más de tres mil quinientos metros, el paisaje estremece y trae con la brisa helada, la paz que viene después de un buen sueño. En la soledad de estos pagos nos sentimos más en contacto con todo lo que nos rodea: el cielo azul-serrano de nubes como algodón de azúcar; de verdes laderas adornadas con flores diminutas de lila intenso, amarillo y también rojo; de amenazantes arbustos con espinas; de animales pastando tranquilamente al compás del paso del sol; de campesinos arrullados con el suave ritmo del sonido del viento. Así es el camino a los bosques de queñuales (Polylepis) de Aquia. En frente, inmensas montañas de cumbres nevadas como en la canción –aunque, a decir de los residentes, “las nieves están retrocediendo muy rápido como consecuencia del calentamiento global”-, se levantan imponentes. Al pasar cerca de ellas la sensación es sobrecogedora, parecen gigantes pétreos a punto de despertar. “¿Y si cayera una de esas rocas? Ruego por su eterno descanso”.

El Proyecto
Todo empezó hace unos años cuando el Instituto de Montaña, Conservación Internacional y la minera Antamina a través de la Asociación Áncash, una organización independiente dedicada al desarrollo económico de las comunidades, se reunieron para evaluar la factibilidad de desarrollar programas de conservación a gran escala en la región Áncash. Las cuatro instituciones convocaron a la ONG Ecoan -de larga experiencia en el restablecimiento de queñuales en el Cusco- para llevar adelante el proyecto Corredor de Conservación de Polylepis en Los Conchucos, que se propone restablecer ecosistemas a través de la conservación de los bosques de esta especie, contando con la participación directa de los pobladores de las comunidades de la zona. Un modelo innovador que intenta crear coaliciones en zonas mineras para aportar al desarrollo sostenible de las zonas de montaña, teniendo como principal opción la creación de Áreas Comunales de Conservación. El proyecto que sumará, en total, más de 50 mil hectáreas comunales -comprometidas en conservación de bosques y pastizales- y 200 mil de bosques, recibió el año pasado el premio de la Sociedad Nacional de Minería, Petróleo y Energía.

“Yo creo que reforestar estos bosques es muy importante para nuestra comunidad, porque nos ayuda a retener el agua de las lluvias y la humedad, y cuando un árbol muere lo utilizamos como leña”, me dice don José Huerta mientras avanzamos por el empinado camino que nos lleva a los bosques de queñuales, pasando por la quebrada de Yanatuna rumbo a la laguna de Huamanhueque o Lágrimas de Halcón, en las alturas de Aquia, provincia de Bolognesi, una de las comunidades en las que se viene desarrollando el proyecto y que ya muestra sus primeros frutos.

 “Al principio pensamos que los bosques estaban solo en Los Conchucos. Pero, luego de analizar las imágenes satelitales, encontramos que hay más bosques en la quebrada Challhuayaco en las alturas de Chavín y también más al sur, en las comunidades de Aquia y Huasta, en la vertiente sureste de la Cordillera Blanca, cerca a las Cordilleras de Huayhuash y Huanzalá”, nos comenta Roberto Arévalo del Instituto de Montaña, mientras tomamos desayuno en uno de sus huariques a mitad del camino hacia nuestro destino: los bosques de Aquia, en los que trabajan nueve bases comunales muy bien organizadas y de veras comprometidas con el tema, al punto de ser ellos mismos los que solicitaron que el proyecto se desarrolle en las quebradas de Isco y Huamanhueque. Además, los campesinos que participan en el proyecto son compensados con incentivos como la mejora de pastos forrajeros para ganado vacuno, mejoramiento de la raza del ganado y estudios de mercado para posicionar los deliciosos quesos de la zona.


Es que la relación de estas comunidades con los queñuales es ancestral y hasta hace unas décadas, los boques de esta especie cubrían grandes extensiones en los Andes, hasta los 5200 msnm, en terrenos accidentados de laderas rocosas, valles angostos y clima típico de la puna. Además de funcionar como un gran reservorio de agua, protegen el suelo de la erosión y son hábitat de una gran cantidad de especies endémicas de flora y fauna, que hoy se encuentran amenazadas y en peligro de extinción. Los bosques de queñuales, pese a su importancia para la construcción, tinción de telares y el uso en la cura de enfermedades respiratorias y renales, además de constituir espacios destinados al pastoreo de animales domésticos nativos (llamas, alpacas) e introducidos (ovejas y vacas), solo cubren el 2% de su hábitat natural original. Increíble…

Según  los estudios realizados en la zona, alrededor del 65% de las especies de aves que subsisten en los bosques de Los Conchucos son endémicas y el 57% de ellas están incluidas en la Lista Roja de Conservación. O sea, en cristiano, están a punto de extinguirse. Es por eso que la recuperación y conservación de los bosques de queñuales es de vital importancia y las comunidades alrededor del Corredor de Los Conchucos así lo han entendido y participan de las faenas de manera entusiasta y comprometida. Los lugares seleccionados para llevar a cabo el proyecto, debido a principios ecológicos y de viabilidad, son las comunidades campesinas de Aquia, Ricardo Palma de Taparaco, Santa Cruz de Pichiu y los centros poblados de Challhuayaco y Pujún.


Pago a la tierra y otros ritos
Unos kilómetros antes de llegar a nuestro destino nos detenemos para realizar un pago a la tierra y “bolear” un poco de coca y cal, por “respeto a los apus, para evitar el soroche y tener energía”, nos dice Hedley Samanez, entusiasta aquino que impulsa el desarrollo turístico de su pueblo a punta de terquedad y cariño. Él, junto a Iván – un estudiante francés que ha venido a realizar sus prácticas en el Instituto de Montaña-, el “ingeniero” Roberto – o “inge” a secas, como lo llaman cariñosamente los pobladores con los que trabaja por más de tres años-, son nuestros guías y han preparado y coordinado nuestra visita con los encargados de cada base comunal. Así que, cuando llegamos a visitar los bosques en los que llevan a cabo las arduas actividades de reforestación y acodo de plantas, nos espera también una deliciosa pachamanca, con sabor a tierra, hecha con manos y cariño de abuelas. Disfrutamos hasta la última papita harinosa, la última oca dulce, la carne suavecita y el ají en su punto. Toda una delicia, bajo las sombras de los queñuales añejos, a lado de los árboles juveniles adornados de pendientes acodos en los que han venido trabajando los comuneros por meses, antes de que vengan las lluvias.

Al caer la tarde y con el frío calándonos los huesos, nos disponemos a bajar a pie o a caballo, con la luna de compañera. Con los campesinos de la zona y su  alegre compañía, que conocen el camino y sus vericuetos como la palma de sus manos. Son casi dos horas sorteando curvas y abismos. Nos vamos con la satisfacción de comprobar que los proyectos bien planeados, participativos e incluyentes, funcionan. Sino, vayan a ver los bosques de Aquia, “aquicito nomás”, a cinco horas de Lima en auto y un par de horas más de gratificante caminata.