PER-050-En el Colca. Historias y volcanes

Walter H. Wust   Revista Viajeros Conservación y Culturas   July 2007

En el Colca. Historias y volcanes

El Colca, territorio de volcanes humeantes, cóndores y vicuñas. Un majestuoso entorno unido indisolublemente a sus milenarios habitantes, los collaguas y cabanas. Un paraíso para los amantes de la aventura y la naturaleza.

Dos grupos étnicos muy diferentes habitaron esta región procedentes de lugares distantes y desplazaron a los primeros pobladores del lugar gracias a su poderío militar y sus habilidades en la aplicación de herramientas y técnicas agrícolas. Los collaguas se decían hijos del volcán Collaguata y aseguraban proceder de sus entrañas. Cuenta una vieja leyenda que “de él salieron todos ellos con sus armas, atuendos y tocados y, bajaron por las faldas del nevado conquistando la región”. La singular forma aguzada de sus cabezas deformadas cuando recién nacidos, imitando la figura del cono volcánico, al que consideraban su Apu tutelar, era su característica principal.Un segundo grupo llamado cabana, decíase procedente de las profundidades del nevado Hualca-Hualca. Ellos también deformaron los cráneos de sus infantes, diferente al de sus vecinos, adoptando una forma achatada similar a la silueta de su pacarina o cerro natal. Una diferencia adicional entre los dos pueblos de la región fue el idioma. Los collaguas hablaban aymara y los cabana un quechua diferente al del Cusco.

A pesar de la presencia del torrentoso río que atravesaba sus dominios, los antiguos habitantes del Colca no emplearon sus aguas para irrigar los campos, debido a que éstas corrían inmersas en un profundo cañón de miles de metros por debajo de las tierras de cultivo. Vieron entonces que el agua, imprescindible para la vida y el sustento de sus pueblos, se originaba en las nieves de la cordillera. Allí brotaban los arroyos y manantiales que discurrían hacia el fondo del valle y fue aquí que concentraron su ingenio para conducir el líquido a través de extensos canales y acueductos hasta sus zonas de cultivo. Aprendieron también que debían utilizar la mayor cantidad de niveles altitudinales o pisos ecológicos con lo que obtuvieron una gran diversidad de productos y excedentes alimentarios, que les permitieron consolidarse como los señores absolutos de la región. La compleja geografía de sus territorios fue para los antiguos hombres del Colca, una fuente de desafíos y retos descomunales, que favoreció el desarrollo de un extraordinario sistema de chacras en andenes que aún hoy nos sorprenden.

Una geografía que quita el aliento
El valle de Colca posee una impresionante formación geológica formada por el milenario discurrir del río que le da el nombre, cuyas aguas, en su descenso por las montañas, fueron labrando la roca. Poco a poco, el fértil valle fue naciendo y con la ayuda del tiempo, también uno de los cañones naturales más profundos y espectaculares del planeta.

El valle se inicia en las cercanías del pintoresco Chivay, el principal centro poblado de la zona, y prosigue al noroeste por más de 60 kilómetros hasta la zona conocida como la Cruz del Cóndor, cerca de Cabanaconde. Desde allí, el valle se estrecha dando origen al Cañón del Colca, cuya profundidad promedio ha sido calculada en 3 400 metros (más de dos veces la del cañón del Colorado), tomada desde sus puntos de mayor altura: los cerros Yajirhua (5 212 msnm) y Lucerna (4 245 msnm). Sus abruptos acantilados casi verticales, nacen en las nieves andinas de la imponente Cordillera de Chila, cuyos picos nevados –origen primigenio del río Amazonas– se elevan a más de 5 mil metros en la margen derecha del río Colca y, descienden –siempre de manera vertiginosa– a lo largo de otros 40 kilómetros hasta la confluencia con el río Andamayo, marcando el final del cañón y el inicio del valle de Majes. Así pues, el mismo río recibe tres denominaciones diferentes en su recorrido: Colca, en las alturas; Majes, en su zona media y, Camaná, en el desierto costero, justo antes de verter sus aguas en el Pacífico.

De iglesias y demás maravillas
Quizás el mayor atractivo de esta zona, a la que se refirió el escritor Mario Vargas Llosa como “el Valle de las Maravillas”, es la espectacular andenería desarrollada por los collaguas y cabanas, que combina de manera magistral la belleza del paisaje natural con la utilidad de un gigantesco y prolijo campo de cultivo, valiéndose de la geometría, la arquitectura y la ingeniería hidráulica. En la actualidad, se siguen empleando cerca de 4 mil hectáreas de andenes o terrazas agrícolas y otras 5 mil hectáreas están abandonadas. No podemos pensar el Valle del Colca sin sus catorce singulares poblados, que han logrado mantener su cultura y tradición por casi 400 años, desde que fueran trazados a manera de reducciones de indios, por Francisco Pizarro.

Su nivel de producción concentró parte de la economía de la región, basada en la producción agrícola y la explotación de las minas de plata. Una muestra del apogeo alcanzado son sus imponentes iglesias, por lo general de estilo barroco mestizo, construidas entre los siglos XVII y XVIII, exquisitos ejemplos del arte de la época. Una de las principales es la de Santa Ana de Maca que posee una curiosa “capilla abierta” en forma de balcón en la fachada, empleada para la exhibición de reliquias al servicio de la población nativa que debía seguir la misa desde el atrio. La suntuosa iglesia de La Purísima Concepción en Lari, contrasta con el austero trazado de las callejuelas del pueblo y es considerada la estructura más grandiosa de la región. En su altar mayor se encuentra la Virgen Inmaculada, de evidente filiación a la Escuela Sevillana de Martínez de Montañés y única en los Andes del sur. Otra es la iglesia de Yanque, antaño sede principal de los misioneros franciscanos construida entre 1691 y 1698 con alarifes y canteros traídos desde Arequipa, en la que destaca su extraordinaria ornamentación en relieve y sus dos torres coronadas por finas cruces de hierro. Completan este ramillete de edificios religiosos los templos de Tisco, Caylloma, Sibayo, Cabanaconde, Coporaque y Madrigal. Todos ellos, hermosas muestras de la calidad del arte religioso de la época.