PER-010-Viviendo en tierra ajena

José Álvarez Alonso   Revista Mi Tierra Amazónica   November 2007

Viviendo en tierra ajena


“Maltratamos a esta tierra como si fuera ajena”, decía recientemente en una reunión de dirigentes rurales Pedro Ramírez, un morador de la comunidad de Mishana, en el río Nanay, cerca de Iquitos. Efectivamente, los últimos ciento cincuenta años han sido una historia de saqueos y depredación en la Amazonía. Y no sólo protagonizada por los cazafortunas foráneos, fuesen caucheros o traficantes de cueros y animales vivos en la primera mitad del siglo XX, o buscadores de oro, petróleo y maderas finas en el último medio siglo: los mismos habitantes de las selvas del Amazonas, indígenas o mestizos, se han convertido frecuentemente en cómplices muy eficientes de la depredación.

No fue así siempre, sin embargo. Los pueblos indígenas tradicionales tenían un gran respeto por la selva y sus recursos, y sólo aprovechaban lo necesario para su subsistencia. Existen muchos testimonios de esto: por ejemplo, muchos indígenas pedían permiso a “la madre del monte” o a “la madre de la cocha” para talar un árbol, cazar un animal o hacer una pesca. Antes de matar un animal, al que consideraban “hermano” y parte del mismo tejido de vida que conforma la Naturaleza, incluyendo al ser humano (eso sí era visión “ecosistémica”), le pedían disculpas diciendo algo así como: “hermano (sajino, mono, o lo que fuese), no te mato porque te odie o por avaricia, sino para calmar el hambre de mis hijos”.

La llegada del hombre blanco con su modelo de “desarrollo” basado en una visión meramente utilitarista de la naturaleza, y en el aprovechamiento ilimitado, y muchas veces destructivo, de los recursos naturales, cambió el escenario dramáticamente. Como cultura dominante, el pensamiento occidental opacó y arrasó con la mentalidad indígena y sus costumbres, y pronto muchos de los indígenas comenzaron a compartir las prácticas y las ideas de los blancos y mestizos, admirados e imitados por su tecnología superior. El respeto por la Naturaleza como “Hermana”, o mejor como “Madre”, fue arrasado por la mentalidad mercantilista de quienes vinieron a la selva no para quedarse, sino para saquearla e ir a disfrutar de lo acumulado a otra parte.

Esta mentalidad “cauchera”, de saqueadores oportunistas, sigue dominando hasta hoy, desgraciadamente, la mayoría de las actividades extractivas que se realizan en la región. Nadie, o muy pocos, tratan a esta tierra como algo suyo, como algo que van a heredar sus hijos, como un patrimonio que no sólo no debe ser disminuido, sino incluso debe ser mejorado e incrementado para la siguiente generación. Parecemos inquilinos viviendo en casa alquilada. No se explica de otro modo el maltrato infame que estamos dando a la Amazonía, a este hogar maravilloso que Dios nos dio – y ojo, no en propiedad, sino en usufructo, pues la herencia pertenece también a las futuras generaciones-. No se explica de otro modo el saqueo inmisericorde de recursos valiosos, muchas veces irrecuperables, y la contaminación y destrucción de ecosistemas únicos, los que constituyen la herencia más valiosa que debemos legar a nuestros descendientes.

Por poner unos ejemplos de nuestra vida cotidiana: se tala sin remordimiento miles de aguajes centenarios para cosechar un par de miserables racimos, plantas que han dado en su vida toneladas de preciosos frutos, alimentando generosamente a animales y a hombres por igual, y que podrían alimentar todavía a varias generaciones más; algo similar ocurre con el huasaí, del que se aprovecha apenas un kilo o dos de la yema terminal, matando para siempre una palmera que costó décadas a la naturaleza producir, y cuyos frutos sirven de alimento a numerosas especies de animales terrestres y de peces; se pesca masivamente peces con sus vientres henchidos de huevos, sin pensar que esos huevos son la esperanza de la siguiente generación, que es la que nos va a dar de comer mañana; se envenena indiscriminadamente cochas y quebradas para aprovechar unos kilos de peces dejando muertos en la zona miles de alevinos… La lista sería interminable, pero en ella destaca nítidamente la contaminación irresponsable de las aguas y los suelos, no sólo por actividades auríferas y petroleras, sino por desperdicios domésticos e industriales no biodegradables, arrojados obscenamente a la selva más prístina, extensa y biodiversa, y al reservorio de agua dulce más grande del mundo, el Amazonas.

¿De quién es esta tierra?
Don Pedro Ramírez tenía razón. Maltratamos a esta tierra como si fuese ajena, como si fuésemos un ejército invasor de un país extranjero que busca dejarlo desolado como resarcimiento de guerra, para que el enemigo no pueda recuperar su poderío económico. La Biblia narra que en la antigüedad los ejércitos solían castigar así a los países que se resistían fieramente a los intentos de conquista de los imperios de turno: talaban todos sus árboles frutales, sembraban de sal sus mejores tierras, envenenaban sus pozos… ¿Será que todos somos invasores en la Amazonía?

Hay, quizás, razones sociológicas de fondo que ayudan a explicar este drama: los antiguos indígenas, libres y autónomos, se sentían propietarios de sus tierras, que habían heredado de sus antepasados, y las defendían valerosamente contra enemigos invasores. Cuando llegó al poder la República Peruana, esta autonomía desapareció: el Estado declaró pomposamente que todos los bosques, ríos y cochas, con los recursos que contienen, son “Patrimonio de la Nación”. Esto suena muy bonito en libros y leyes, pero traducido a términos cotidianos significó en la práctica que cualquier peruano, e incluso extranjero con permiso del Gobierno, podía venir y saquear a gusto lo que quisiese, con tal de pagar los impuestos o los derechos de aprovechamiento, y de tener un papelito al que llaman “permiso” o “concesión”, o lo que sea.

El indígena perdió soga y cabra con esto. Gran parte de la población perdió la autonomía y el arraigo a la herencia de sus antepasados, perdió el control sobre sus territorios tradicionales y sus recursos, y perdió la motivación principal para cuidarlos y manejarlos. “Nos mezquinan lo que es nuestro”, decía con razón don Mariano Arévalo, dirigente indígena Huitoto-Murui, en una reunión de campesinos de Loreto. Otro dirigente indígena comentó: “A los indígenas nos pertenece apenas la capa de 20 cm. de tierra donde crece nuestra yuca: el  bosque que crece encima, es del Estado, los minerales que están abajo, son del Estado. Cuando nos entierran, nos entierran en tierra ajena.” Ciertamente: el Estado considera hoy a los indígenas poco menos que como “invasores” en sus propios territorios. A veces, en un acto de “generosidad”, les entrega a cuenta gotas y en extensiones irrisorias el título sobre unas tierras totalmente insuficientes para subsistir con su modo de vida tradicional. Sin embargo, los indígenas -y sus descendientes en parte, los mestizos- que pueblan la mayor parte de las riberas de los ríos de la Amazonía, son anteriores a los estados amazónicos, y tienen derechos reconocidos por la legislación internacional (como el Convenio 169 de la OIT, y la reciente declaración de la ONU sobre los derechos de los pueblos indígenas), algo que debería ser tenido muy en cuenta a la hora de legislar sobre el uso del territorio y los recursos naturales amazónicos.


Desarraigo y depredación
La falta de arraigo a la tierra, que está en la raíz del maltrato que muchos amazónicos le propinan a la Amazonía, se expresa hoy en una “movilidad” constante de un significativo sector de la población. Esto se comprueba con cualquier censo o encuesta: gran parte de la gente que habita en una comunidad tipo no ha nacido en ella, o vive desde un tiempo corto en ella. En mi trabajo de casi 20 años con comunidades rurales de Loreto, he podido comprobar muchas veces esta ya casi legendaria movilidad de los “charapas”: gente que te encuentras un año en una comunidad, al siguiente la encuentras en otra, o en Iquitos, o en Lima. Esta movilidad tiene, a mi juicio, dos posibles causas: el semi-nomadismo que caracterizó a muchos de los pueblos indígenas hasta tiempos recientes, y la expropiación por parte del Estado de la tierra de los antiguos indígenas.

Hablando de la primera: los indígenas se movían habitualmente de lugar a otro porque ésta era la forma de usar los recursos escasos de la Amazonía de una forma eficiente. Al dejar descansar un asentamiento por unos años, permitían que los suelos se recuperasen para nuevas siembras, lo que también ocurría con la fauna terrestre y acuática. La sedentarización obligada de los tiempos modernos, en torno a escuelas, postas médicas y otros servicios públicos, ha significado un cambio dramático al que todavía no se adaptan muchos amazónicos.

Hablando de la segunda: la expropiación por parte del Estado de los bosques y ríos de los propietarios originarios, los pueblos indígenas, sin determinar derechos claros de acceso y uso del territorio, ha sido la mejor receta para el saqueo y la catástrofe. Ha provocado un auténtico vacío de poder y ha dado lugar a una situación que algunos expertos han dado en llamar “la tragedia de lo común” o “la tragedia de los bienes comunes”.  Si hay algo claro en socioeconomía, es que la gente cuida lo que es suyo, o considera como suyo. No podemos pedir a la gente amazónica que cuide unos bosques y unos lagos que el Estado considera de acceso libre (“de todos los peruanos”), y que puede otorgar en usufructo a terceros; no podemos exigir a la gente que maneje recursos naturales “ajenos”, cuando el manejo es una inversión, y nadie en su sano juicio invierte en terreno ajeno.

Manejar una cocha, por ejemplo, significa regular y limitar la pesca hoy para pescar más mañana, lo que en términos económicos es “ahorro” e “inversión”. Si una cocha tiene sólo cuatro paiches, como tenía la cocha El Dorado cuando la Jefatura de la Reserva Pacaya - Samiria le encargó su cuidado al grupo Yacutaita, manejo significó abstenerse de pescar paiche por unos años para permitir su recuperación. Es lo que hicieron los Yacutaita por unos 8 años, y lograron incrementar el número de paiches hasta más de 600, con lo que han obtenido permiso de aprovechar unos 60 paiches al año. ¿Hubiesen cuidado el paiche y se hubiesen abstenido de pescarlo si cualquier pescador hubiese podido entrar a la cocha a pescar? Por supuesto que no. ¿Algún lector altruista metería su dinero en una cuenta corriente a la que pudiesen tener acceso muchas personas? Lo dudo mucho. Sin embargo, el Estado les pide a las comunidades amazónicas que manejen y cuiden los bosques y los lagos, de los que no se sienten ni son propietarios, porque cualquiera puede entrar a talar o pescar, con o sin permiso del Estado.

Combatiendo la tragedia de los bienes comunes: el manejo comunal
Experiencias como la de los Yacutaita, en la Cocha El Dorado, o la de las comunidades de la Reserva Tamshiyacu – Tahuayo, y las de la cuenca del Nanay (incluyendo la Reserva Nacional Allpahuayo – Mishana) demuestran que cuando las comunidades locales, indígenas o campesinas, son empoderadas y proveídas de instrumentos técnicos y logísticos adecuados, pueden ser los mejores cuidadores y manejadores del patrimonio natural de la Amazonía. En el Nanay, por citar otro ejemplo, las comunidades locales han conseguido recuperar de forma espectacular las pesquerías, gracias a la aplicación de medidas sencillas de control y manejo, con apoyo técnico y logístico del Instituto de Investigaciones de la Amazonía Peruana (a través de los proyectos Nanay y Biodamaz), y el apoyo legal del Gobierno Regional (que instrumentó la Veda Estacional de Pesca Comercial en el Nanay) y de la Dirección de la Producción (que apoya en la implementación de la veda). Hoy la gente en el Nanay pesca en promedio dos o tres veces más, en el mismo tiempo y con el mismo esfuerzo, que hace cuatro o cinco años, mientras que en el resto de nuestra región el pescado sigue haciéndose cada año más y más escaso.

Estas experiencias (y otras similares que existen en el sur del Perú, y en países vecinos como Brasil) nos dan una idea de lo que podría ser un futuro deseable para la Amazonía: comunidades locales organizadas, fortalecidas y capacitadas, con instrumentos legales y técnicos, manejando sosteniblemente los recursos de sus territorios en alianza con instituciones del Estado, contando con el apoyo técnico y financiero de científicos y de organizaciones privadas. Quien mejor puede manejar los recursos amazónicos no es el funcionario desde su escritorio, peor si está en Lima (ecológicamente, un desierto, desde donde no se entiende mucho la compleja realidad amazónica). Según el principio de “subsidiariedad”, que coincide con lo que dictan el sentido común y la experiencia, quien debe manejar un recurso es el que se encuentra más cerca de él y, mejor aún, el que es su usuario por legítimo derecho. El funcionario público recibe su sueldo igual, aunque el recurso sea mal manejado, mientras que los usuarios (en este caso, los comuneros) dependen de un buen manejo para su subsistencia y progreso. Ahí está la principal diferencia entre el manejo estatal (más bien, “desmanejo”), y el manejo comunal.

Con medios técnicos, legales y logísticos adecuados, las comunidades locales organizadas sí pueden manejar y conservar la Amazonía mucho mejor que el Estado, que debe reconocer su error y devolver el control a quienes fueron sus legítimos propietarios por milenios. Sólo en Loreto existen cerca de 2400 comunidades, entre indígenas y campesinas, de las cuales apenas unas 500 están tituladas, y con territorios bastante irrisorios, por cierto, salvo excepciones. El Estado debe entregarles bajo diversas modalidades (sea en propiedad, como “concesión”, en “cesión en uso” o como “reserva extractiva”, entre otras posibles modalidades) el territorio que fue la herencia de sus antepasados. Ellos son los más interesados en cuidar y manejar estos recursos, porque son su principal fuente de riqueza, y la garantía de una vida mejor para sus hijos.

Estado y comunidades amazónicas: un difícil diálogo
El Estado Peruano nunca confió en las comunidades locales amazónicas: consideró a los indígenas y ribereños como una especie de “ciudadanos de segunda”, eternos niños o adolescentes cuyo destino podía ser, en el mejor de los casos, llegar a ser peones de los “inversionistas”, de los “empresarios con capital e iniciativa”, los que en la selva siempre se tradujeron en patrones, madereros o mineros explotadores. Esta “proletarización” de la Amazonía, que algunos políticos todavía preconizan (con el impulso de grandes desarrollos agroforestales, ganaderos y mineros a cargo de empresas poderosas) no es lo que precisamente sueñan los indígenas más lúcidos, junto con los que todavía sueñan con un futuro diferente para la Amazonía. No queremos indígenas hacinados en barrios miseria, cargados de vicios y lacras sociales occidentales como el alcoholismo, la prostitución, la drogadicción, y la desintegración familiar, mientras unos pocos se enriquecen con los que fueron hasta hace poco sus recursos, el patrimonio heredado de sus antepasados. Queremos amazónicos libres, autónomos, decidiendo libremente sobre su modo de vida, sobre su economía y sobre su futuro, desarrollándose de modo acorde con su forma de vida tradicional, y en armonía con el medio ambiente y la naturaleza. Comunidades autónomas manejando sus propios territorios y recursos sí pueden “capear” mejor el tsunami cultural, económico y social que significan la modernización y la globalización, y conservar lo mejor de su cultura y sociedad, adoptando lo mejor de la modernidad. Sólo así se podrá lograr un auténtico desarrollo que sea no sólo ecológica y económicamente sostenible, sino socialmente sostenible, con justicia y equidad para las presentes y las futuras generaciones.


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Pies de foto

(((Foto de comuneros kichwas)))
No queremos proletarios indígenas sobrellevando las plagas sociales de la sociedad occidental, sino comunidades autónomas, tomando sus decisiones y armonizando su cultura y tradiciones con la modernidad.

(((Foto de Secoya, alto Napo)))
El Estado Peruano expropió los territorios y recursos a las comunidades indígenas amazónicas, que ahora viven como extranjeros en lo que fueron sus tierras por milenios, mientras gentes foráneas saquean sus recursos con auspicio del Estado.

(((Foto de recursos amazónicos)))
Las comunidades amazónicas organizadas y empoderadas pueden manejar sus propios territorios y recursos mejor que el Estado, mejorando sus condiciones de vida y contribuyendo a la conservación de la Amazonía.

((Foto de indígenas – alternativa))
“A los indígenas nos pertenece apenas la capa de 20 cm. de tierra donde crece nuestra yuca: el  bosque que crece encima, es del Estado, los minerales que están abajo, son del Estado. Cuando nos entierran, nos entierran en tierra ajena.”