PER-24: Las papas del doctor Ochoa

David Hidalgo Vega   Diario El Comercio - Lima, Lima   November 2006

SABIOS. SEMANAS ATRÁS EL CIENTÍFICO CARLOS OCHOA RECIBIÓ EL DOCTORADO HONORIS CAUSA DE LA UNIVERSIDAD DE UPPSALA, EN SUECIA, POR TODA UNA VIDA DEDICADA AL ESTUDIO DE LA PAPA. TRES ESPECIES DE ESE TESORO ALIMENTARIO LLEVAN SU NOMBRE. EXPLORADOR, AVENTURERO, SU LEGADO ES MUNDIAL

En una de las reseñas biográficas que circulan sobre él por Internet, el doctor Carlos Ochoa es presentado como el 'Indiana Jones de la papa'. El título está lejos de ser un efectismo: durante cuatro décadas este cusqueño de frases pausadas ha cultivado discretamente la fama de ser un sabio explorador cuyo único tesoro es el más casero de los tubérculos. Se le atribuye xpediciones solitarias a lugares recónditos donde nadie -o muy pocos- viajarían, mochila al hombro, solo para buscar una planta. Lejos de enfrascarse en los laboratorios, lo suyo ha sido la aventura. Sus logros son igual de silenciosos, pero contundentes: "Ha descubierto más especies de papa que ningún otro hombre en la historia: ochenta, casi un tercio de las papas silvestres conocidas", indica una de esas referencias. Ochoa es el hombre al que habría que agradecer por un alimento que germina en la cuarta parte de las tierras cultivables del país. Un estudioso ha escrito de él que es el hombre que más sabe de papas en el mundo.

Ochoa, quien ha impregnado con su inquietud desde las Montañas Rocosas de Norteamérica hasta la Patagonia, tuvo claro su objetivo desde muy temprano. "Me interesé en la papa porque es una planta alimenticia de importancia mundial, oriunda del Perú, donde la consumimos tres veces al día: en el desayuno, almuerzo y comida", afirma. En ese tiempo se conocía poco de las papas silvestres o indígenas, área en la que enfocó sus estudios. Ochoa se planteó un programa de trabajo que tiempo después arrojó las dos primeras variedades de uso comercial. Las bautizó como Renacimiento y Mantaro. "Renacimiento porque la investigación planteaba un nuevo camino en el manejo de la papa. Y Mantaro, porque es el valle del centro donde pasé muchos años trabajando", recuerda.

En los años siguientes, Ochoa encontró veinte especies de papa silvestre nuevas para la ciencia. Había recorrido los valles del centro y sur del país con un escrúpulo de científico y aventurero a la vez, siempre con sus propios recursos. Su interés personal podía más que las tardes de hambre y las incomodidades de su magro presupuesto. "Fueron años de sacrificio. Incluso me enfermé algunas veces, pero siempre valía la pena", comenta. A inicios de los años setenta, se unió al Centro Internacional de la Papa (CIP) y su trabajo se incrementó: fue entonces que el itinerario de sus exploraciones se amplió a todo el continente.

VIAJERO

Uno de sus viajes más celebrados es el que le permitió redescubrir la llamada papa de Darwin. Hacia 1830, el autor de la teoría de la evolución de la especies registró una variedad silvestre en la bahía de Low, isla Guaiteca, Archipiélago de los Chonos, Chile. "Resultaba un enigma, nadie sabía si era una especie silvestre o cultivada", recuerda Ochoa. Siguiendo esa descripción, varios científicos trataron de encontrarla sin éxito. En 1949, el investigador peruano armó un paquete con lo imprescindible y se mandó a explorar la zona con el objetivo bien trazado.

Iba solo y sin más aliento que su propio interés. La encontró.

"Se trataba de una especie escapada del cultivo, perteneciente a las 'Solanum tuberosas'", dice con el lenguaje que a él le resulta tan familiar. Quiere decir que de alguna forma una papa o un pedazo de esa variedad fue a caer por esas tierras y brotó. Ochoa registró el resultado de su investigación y donó el hallazgo a la Universidad Agraria de La Molina. Posteriormente hizo lo propio con el CIP, que hasta ahora guarda la variedad en su colección, la más importante del mundo.

El doctor Ochoa estima por igual todos sus viajes, pero algunos han pasado a formar parte de su leyenda. Se dice, por ejemplo, que alguna vez fue confundido con un buscador de oro y arrojado a un barranco, del que se salvó de milagro. El hombre es bastante más modesto y menos grandilocuente para explicar que no fue de esa manera, sino algo más grave que puso en riesgo su vida. Le quitaron un equipo fotográfico de más de tres mil dólares que había formado con su propio dinero, más un valioso registro de veinte rollos que alguien consideró peligroso en sus manos.

Ni sus pacientes argumentos científicos le permitieron convencer a sus captores, un episodio que cuento de manera velada porque es particularmente gris para él y trata de mantenerlo bajo la mayor discreción. Como es de esperarse en un explorador, no fue su único momento crítico.

En otra ocasión, ya en territorio nacional, estaba recolectando material en un cerro andino -cuya ubicación evita precisar por ese pudor del que ha vivido el miedo en carne viva- cuando fue rodeado por siete encapuchados armados. "Uno me preguntó qué hacía por allá. Le expliqué que estaba estudiando la papa de la zona, pero no me creía", recuerda. De pronto uno de los encapuchados lo defendió ante el jefe del grupo. Hubo un diálogo aparte. "En seguida me dijeron: 'Sabemos quién es usted. Váyase pero no regrese más'". Resulta que su repentino defensor había estudiado en el Colegio Agropecuario de Ayacucho y lo reconoció como el hombre que desarrolló la variedad conocida como papa Tomasa Condemayta, en homenaje a la histórica lugarteniente de Túpac Amaru. Por ahí, forzando las coincidencias, su esfuerzo le valió la libertad.

Un biógrafo tendría que contar esas y otras escapadas providenciales. Tendría que incluir, por ejemplo, la vez que salió librado de una explosión volcánica en Colombia, donde estaba en otra de sus expediciones. Sabía que un investigador alemán, de apellido Bitter, había descrito una especie de papa silvestre colombiana. La había llamado con el nombre de su colector original, un inglés apellidado Loeb. "Pero existían datos muy escasos. Loeb solo había puesto: Colombia, colectada en Ruiz". Con esa información precaria, Ochoa se aventuró a la zona del nevado Ruíz, en Manizales. "Recorrí todo el campo hasta que la encontré".

En ese proceso, un volcán que había dormitado por décadas erupcionó y Ochoa, que ya estaba de regreso, se salvó de sus estragos. En una alforja llevaba su fortuna, unas papas que fueron de las pocas sobrevivientes.

Varios viajes más llenan la bitácora del 'Indiana Jones de la Papa', pero sus huellas van más allá: tres especies llevan su nombre. En Rusia llamaron 'Solanum ochoanum' a esa variedad recolectada en Chile. La Universidad del Cusco tiene registrada una 'Solamun ochoae'. Y en Connecticut, EE.UU., se bautizó a una 'Solanum cochoae'. "Uno siente una gran satisfacción cuando ve que su trabajo es útil. Es emocionante", confiesa.

VALOR

Todas esas especies, todos los frutos de su trajinoso esfuerzo, han contribuido al germoplasma mundial de la papa, una colección de todas las especies conocidas que vegeta en los ambientes cuidados del CIP. Ochoa, quien a pesar de haberse retirado mantiene una oficina honorífica en esa institución, no duda en calificarlo como "un aporte científico notable". En términos sencillos significa que con el material y los estudios realizados se puede producir papas genéticamente resistentes a enfermedades de diverso tipo. Y para desarrollar variedades comerciales que muchos comerán sin preguntarse a quién se las debe. A Ochoa, por cierto, se le debe, además de la popular papa tomasa, la yungay, antarqui y varias más.

La voz autorizada de Ochoa ha sido atendida en todo el mundo. Es miembro del Smithsonian Institute de Washington y de la Sociedad Linnaeus de Londres. Ha trabajado para el Instituto Max Planck de Alemania y para el Museo de Historia Natural de París. Ha colaborado con instituciones dedicadas a estudios botánicos en Holanda, Rusia e Inglaterra. En 1992, su palmarés científico fue coronado con el Premio Interamericano de Ciencias Bernardo Houssay, de la OEA. Parecía acostumbrado al mérito, pero a inicios de octubre pasado volvió a emocionarse con una invitación a Suecia: la Universidad de Uppsala, cuyo prestigio se remonta a 1477, lo distinguía con el grado de doctor honoris causa.

Ochoa asistió vestido de frac, junto con su esposa, a una ceremonia donde se resaltó su legado: el descubrimiento de nuevas especies de papa, su trabajo pionero en el mejoramiento genético de la papa en el Perú, su contribución al germoplasma mundial de la papa. Ese día hubo cuatrocientos invitados que aplaudieron su trayectoria fundamental. "Me quedé deslumbrado", dice el hombre, quien todavía luce el anillo de oro con que se distingue a los consagrados. "En ese momento recordé todos los sacrificios, todas las cosas difíciles que pasé. Todo valió la pena", comenta.

Cabe pensar que un hombre con esta pasión asiente su orgullo en el paladar. Le gusta la papa huairo, un enigma aún para él. "Ha sido creada por la naturaleza", dice.

Entonces explica que ciertas papas tienen 48 cromosomas y otras 24. Pero que hay un grupo intermedio, que presenta 36 cromosomas. "El pólen de unas cayó sobre otras, una hibridación natural". La huairo está entre esas mestizas, dirá con otras palabras. Y lo que iba a ser un toque de sabor, una disgresión gastronómica, termina en una clase de ciencia apasionada y febril. "He llegado a la conclusión de que he dedicado mucho tiempo a esto, pero es que este país es extraordinariamente rico", dice. Lleva cuarenta años comprobándolo.