PER-14: Waqanqui, refugio de orquídeas
Anna Cartagena Sotomayor Viajeros, Conservación y Culturas, Lima, Lima abril 2006
Los moyobambinos se han puesto las pilas para activar una propuesta de turismo solidario -bueno y barato- que pretende, ahora sí, impulsar el desarrollo regional. Durante nuestro recorrido por el Alto Mayo nos topamos con el orquideario Waqanki, una de las experiencias de interpretación (turística y científica) más interesantes de San Martín que existe gracias al tesonero trabajo de José Altamirano, ex filósofo y actual estudiante de ingeniería ambiental. Allí estuvimos…
Salimos de Lima rumbo a la región San Martín con varias horas de retraso. Cerré los ojos por unos minutos y de pronto, allá abajo, la tierra se vistió de un verde sin igual, con una inmensa culebra marrón que serpenteaba arrogante sus dominios, era el río Mayo. Imaginé que nos adentrábamos a una tierra de misterio sin fin. Pero ni la imaginación más pródiga podía prepararnos para lo que vivimos en esos intensos días junto a nuestros amigos moyobambinos, Norith, Lily, Rafael, Bruno y cómo no, José.
De formas y colores
José Altamirano nos esperaba en su casa. Un poco tímido al principio al ver tantas caras desconocidas y saberse el centro de atención. Nos cuenta que hace poco más de seis años, en un terreno de 100 hectáreas perteneciente a sus padres y colindante con el Área de Conservación Municipal Rumiyacu-Mishquiyacu-Almendra, desde cuyas quebradas se capta el agua para Moyobamma, decidió darle vida a su proyecto: crear un centro de conservación de orquídeas para contribuir con el desarrollo sostenible de los recursos de estos bosques maravillosos. Bautizó a este sueño con el nombre de Waqanki, vocablo quechua tomado de una vieja leyenda inca donde se designaba así a una especie de orquídea (Masdevallia veichiana), a la que creían una princesa encantada del bosque. En la actualidad, es refugio de 247 especies de orquídeas recolectadas en el Alto Mayo, además de otras especies exóticas que comparten el espacio con 23 especies de aráceas, 15 de helechos y 10 de heliconias, que crecen bajo la sombra de árboles frutales nativos del lugar. Aquí las plagas las controlan las lagartijas y otros métodos que otorga la práctica. El orquideario funciona entonces como un verdadero laboratorio de control de plagas, una estación científica con elementos naturales.
Las tierras fueron víctima frecuente de invasores, quienes talaban, quemaban, sembraban, cosechaban y partían en busca de otros campos, dejando el caos a su paso. Ahora está mucho mejor conservada y, como para demostrarlo, José nos invita a recorrerla por un sendero que nos introduce al bosque húmedo en la quebrada Misquiyaquillo, área protegida por las propias comunidades. Mientras andamos, nos cuenta sobre los trabajos que viene realizando en sus tierras así como el que realizan sus vecinos. Uno de ellos, un gringo que compró tres hectáreas para reforestar el bosque. El otro, un suizo que tiene un hermoso cafetal que crece bajo sombra.
La caminata es intensa y forma parte del circuito que ofrece José a los visitantes. Podemos ver en el camino cascadas, miradores, así como una gran diversidad de aves como colibríes y tangaras y pasar por diferentes pisos ecológicos que van desde los 940 a los 1600 m.s.n.m., En el camino, José nos señala una parte del bosque compuesto por árboles jóvenes. "Aquí se asentaron los colonos para sembrar arroz", nos dice. La recuperación es notable pues pocos metros más adelante, aparecen los renacos extranguladores y helechos arbóreos. Entonces, el bosque se convierte en jungla. Luego de casi una hora de caminata tomamos una ruta alterna que nos llevó a la cascada de las Mariposas, una fascinante y romántica caída de agua oculta en un rinconcito de la quebrada. Lucho Vereau, nuestro fotógrafo, no deja pasar la oportunidad y aprieta el disparador, la luz no es muy buena pero no quiere quedarse con las ganas.
Descendemos. Ya estamos listos para el plato fuerte, el orquideario Waqanki, hogar de especies de la zona y alguna que otra foránea que se adapte al clima. La familia orquideácea, es una de las más numerosas del reino vegetal. Con los más fascinantes y diversos colores y formas, se estima unas 35 mil especies existentes en el planeta que han colonizado los diferentes pisos ecológicos, excepto los desiertos y glaciares. Las flores son simétricas, aparentan ser insectos, picos de aves e incluso partes del cuerpo humano; algunas tienen fragantes aromas. Estas tres características son de mucha importancia para asegurar la permanencia o multiplicación de esta familia, debido que hacen posible la polinización utilizando a insectos y aves como vehículos de transporte.
Los lugares de mayor concentración de orquídeas son las riveras de los ríos, las colinas de las montañas, bosques y áreas despejadas. Nuestro país posee el 10% del total mundial de orquídeas, con aproximadamente 3 mil especies como: Phragmipedium caoveachii, que puede llegar a costar en el mercado más de $5000 por ser, según los entendidos, el descubrimiento máximo de los últimos años, lo que la ha convertido en víctima predilecta del tráfico ilegal. También podemos encontrar en Waqanqui, especies como, Pico de loro amarillo (Anguloa amivillis); Avispa (Brassia lanceana); Golondrina (Catleya rex); Araña (Cattasetum saccatum); Borceguíes o zapatito de bebé (Cattasetum saccatum); Estrella azul (Chaubardia heteroclita); Carachupa avispa (Cynoches perodiano); Ramillete de novia (Ionopsys); Boca de león (Lycaste macropyla); Campanitas (Massdevallia atrobelli);Corazón herido (Oncidium fuscatum); Zapato de la reina ( Phragmipedium ricteri), solo por mencionar algunas que son la delicia de los visitantes y pobladores de la zona.
El proyecto inspira e involucra a otros actores. En la actualidad José trabaja junto a un grupo de alumnos de su facultad en la protección de aves de esta parte del país y la promoción del aviturismo. Instituciones como Cáritas, la GTZ alemana, y la Empresa Prestadora de Servicio de Agua Potable (EPSS) lo apoyan promocionando el lugar y con la capacitación de los pobladores. La idea es compartida por los pobladores, en su mayoría agricultores asentados en la zona, quienes se han asociado para realizar proyectos y trabajos relacionados con la conservación de los recursos existentes para acondicionar el lugar e incrementar el turismo de naturaleza y el vivencial. La asociación se denomina Mishquiyaquillo en honor a una pequeña quebrada de agua que pasa por el lugar. Los días que pasamos aquí fueron intensos, llenos de color, misterio y la buena compañía de nuestros amigos moyobambinos. Caminar por los bosques de neblina, donde crecen las plantas de café y en las llanuras hay hasta catorce variedades de arroz; visitar los bosques anfibios, llenos de aguajales y renacales donde dicen, vive el chullachaqui fue sin duda, una experiencia sin igual.

