PER-19: Simplemente Paracas

Walter H. Wust   Viajeros, Conservación y Culturas, Lima, Lima   junio 2005

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Paracas existe y más allá de lo que se diga, en pro o en contra, de nuestra única reserva marino-continental, sus bellezas y potencialidades son inmensas. Como incontables las poblaciones de aves que pueblan sus rocadales y playas de contrastes extremos. [Este periodista] recorrió todos sus refugios, navegó por todos sus canales para entregarnos esta bella crónica de un viaje interminable por la majestuosidad de la Reserva Nacional de Paracas.

Olas gigantescas que se estrellan contra acantilados de salitre y crean estructuras que parecen haber salido de la imaginación de un escultor moderno; rumor de vientos milenarios que barren un desierto donde la vida escasea, pero que se extiende al borde mismo de un mundo que bulle de energía al compás de las mareas; atardeceres de ensueño donde el Sol se convierte en una esfera de acero fundido mientras se oculta entre farallones e islotes cortados a tajo... eso y mucho más es Paracas, un territorio castigado por el rigor de la naturaleza desde el inicio del tiempo, pero donde la vida ha logrado crear un espacio que asombra a todo aquel que tiene la suerte de recorrerlo.

Amanece en la isla Santa Rosa. El Sol no ha asomado aún por sobre la delgada capa de niebla que cubre el desierto litoral, pero anuncia un día pleno y caluroso. Una suave brisa llega desde el sur, trayendo consigo los reclamos territoriales de los grandes lobos marinos -llamados caimanes por los viejos pescadores- y los lamentos de centenares de pequeños lobeznos en espera de la llegada de sus madres con alimento. El viento trae también ese particular olor a guano, entre salado y alcalino, que lo impregna todo en estos lares, cubriendo de blanco inmaculado las rocas, la arena y hasta las antiguas viviendas de los guardianes de esta remota isla.

Nos encontramos apostados cerca de una cornisa que mira al poniente. Unas rocas erizadas como agujas nos ayudan a permanecer ocultos de la zona escogida por las aves para pasar la noche, mientras aguardamos la luz dorada que nos permitirá hacer las fotografías que hemos venido a buscar. Al cabo de unos minutos el cielo estalla en tonos celestes y anaranjados. Largas columnas de aves se elevan sobre nuestras cabezas y se lanzan sobre el azul de ese mar chupinoso, en busca de los grandes cardúmenes de anchoveta. Nos acercamos con cuidado y trasponemos, casi rampando, la pequeña loma que nos separa del sector norte de la isla, conocido como Santa Rosita. El espectáculo nos deja boquiabiertos.

Una masa viviente compuesta por cerca de cincuenta mil aves, entre piqueros y guanayes, se arremolina bulliciosa en una explanada cubierta de nidos de forma circular, similares a rosquillas gigantes. Hay aves que llegan, que se desperezan, que abren sus alas al viento. Muchas se lanzan en vuelo, siempre hacia el sur, aleteando pesadamente hasta ganar altura. El graznido ensordecedor se transforma en un zumbido de proporciones descomunales cuando las aves detectan nuestra presencia. La bandada completa se eleva por los aires tiñendo de negro el cielo y oscureciendo por largos minutos este mundo pintado de blanco. La imagen es, sencillamente, surrealista.

Debemos apresurarnos ya que la huída momentánea de las aves permite que las gaviotas, el equivalente natural de las urbanas pandillas de pirañitas, arrase con los huevos desprotegidos y los pichones indefensos. El disparador de mi cámara trabaja sin cesar durante unos segundos y nos retiramos. Paulatinamente la calma regresa a la explanada. Mientras caminamos de regreso al viejo muelle de madera donde aguarda nuestra embarcación nadie habla, intentando retener las imágenes sobrecogedoras que acabamos de presenciar. Ha comenzado un nuevo día en las islas de Paracas.

Capturando la belleza de Paracas

Es nuestro cuarto viaje a esta región. Durante el verano hemos recorrido cada palmo de estas costas singulares, sus caletas y ensenadas, sus playas y acantilados. Hemos navegado a través de sus canales y boquerones, de su mar encrespado y de las aguas quietas como espejo de las bahías más abrigadas. Pero sobre todo, hemos capturado -al menos eso creemos- la extraña belleza de las islas que componen ese rosario de refugios naturales que se ubica frente a la costa árida y desolada de Paracas.

Ballestas, Chinchas, San Gallán, La Vieja, Santa Rosa, Valdivia, Zárate... son algunos de los nombres de estos mundos en miniatura donde la vida alcanza proporciones descomunales y donde las escalas que manejamos el común de los mortales se reducen a meras referencias, a menudo inaplicables. Aquí el tiempo se mide con la luz del Sol y con el vaivén de las olas, los días de la semana con el paso de las embarcaciones de los pescadores artesanales, y la temperatura del mar con la llegada de los camaroncillos o las medusas.

Un reino de elegantes zarcillos de picos rojos como el carmín; de cómicos pingüinos que se aprietan unos contra otros mientras descansan en las estrechas salientes de los islotes; de elusivos potoyuncos que, como fantasmas, salen de sus cuevas al anochecer y se lanzan a bucear en las frías aguas; de manadas de delfines que retozan indiferentes a los grandes tumbos que llegan de mar afuera. Y allí, en medio de tanta naturaleza, habitando precariamente casonas levantadas con inexplicable fastuosidad hace más de un siglo, los guardianes de las islas. Hombres abnegados que han aprendido a vivir en la soledad más absoluta, que miden la cantidad de aves de "sus" islas en hectáreas (una hectárea de guanay equivale a cien mil aves, mientras una de piquero a cincuenta mil) y que han cambiado sus nevados y huaynos por el viento y la sal.

A ellos se debe, qué duda cabe, que los peruanos de hoy podamos disfrutar de un recurso natural de enorme belleza e incalculable potencial a futuro. A ellos y al trabajo esforzado de una institución casi desconocida: el Proyecto Especial de Promoción del Aprovechamiento de Abonos Provenientes de Aves Marinas (ProAbonos), organismo público descentralizado dependiente del Ministerio de Agricultura. ProAbonos tiene a su cargo la extracción, procesamiento y comercialización del guano de las islas, así como la conservación de las puntas e islas guaneras, convertidas en el último refugio de las "aves del millón de dólares".

Así las llamaron, pues, hace más de 120 años, los visionarios y comerciantes que disfrutaron de una riqueza desmedida gracias a la exportación del preciado fertilizante que nutrió los paupérrimos campos agrícolas de Inglaterra y toda Europa. Dicen las crónicas que cuando los españoles llegaron hasta estos lugares la capa de guano que cubría algunas de las islas alcanzaba una altura de 55 metros. El tesoro parecía inacabable, pero nada en la naturaleza dura para siempre.

Con un proceso de extracción desmedido que duro largas décadas y el posterior impacto de una pesca industrial poco responsable unida a la ocurrencia cada vez más frecuente de fenómenos climáticos (El Niño), las aves que teñían los cielos de negro empezaron a hacerse cada vez más escasas. Hoy, apenas una octava parte de lo que alguna vez habitó estas islas sobrevive. Sin embargo, el espectáculo es tal que todavía logra asombrar a cientos de miles de visitantes cada año. Un recurso que adecuadamente aprovechado podría proporcionar ingresos a pueblos deprimidos y que, a su vez, permitiría proteger de manera adecuada y para siempre, a estas joyas del litoral sureño.