PER-83: En el anfiteatro de Cutivireni

Alejandro Balaguer   Viajeros, Conservación y Culturas, Lima, Lima   September 2005

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La Zona Reservada del Apurímac se ubica dentro de los distritos de Río Tambo, en Junín, y La Convención en Cusco, en la exuberante selva central del Perú. En esta impresionante geografía, de bosques inexplorados que cubren parte de la Cordillera Vilcabamba, nacen las cuencas de los ríos Tambo, Ene y Cutivireni. Las tierras bajas de esta misteriosa cordillera de rocas calcáreas constituyen el territorio tradicional de la nación asháninka, nuestro destino.

El objetivo principal del equipo expedicionario que lidero es obtener un registro fotográfico y videográfico que sirva para justificar la iniciativa del ingeniero Peter Rizo Patrón de propiciar, a largo plazo, un desarrollo ecoturístico sostenible entre las comunidades asháninkas y la empresa privada. Grupos de conservación y científicos nacionales y extranjeros han reconocido la biodiversidad única de Vilcabamba: solo en aves la zona es el Edén soñado por ornitólogos: alcanza a 450 especies de un total de 1,760 en el país entero.

La avioneta es preparada para las tomas, quitamos la puerta derecha y dispongo la cuerda con la que me amarraré durante el vuelo por los cañones de Vilcabamba, el puente natural Pavirontsi y la catarata de Parijaro. El puente natural, motivo de esta aventura, fue descubierto en 1961 gracias a una serie de aerofotografías comisionadas en 1960, por el ingeniero Alfonso Rizo Patrón, minero y ministro durante el go-bierno del presidente Prado. Posteriormente, en 1987, la Asociación para la Conservación del Patrimonio del Cutivireni (ACPC), una organización fundada por el difunto expedicionario Diego de Almenara, logró llegar hasta el puente natural, después de largos días de caminata, dándolo a conocer en toda su magnitud.

Para Iván Brehaut, de la ACPC, la biodiversidad en la zona es sorprendente. Existen especies amenazadas como el mono maquisapa (Ateles paniscus), el mono lanudo (Alouatta seniculus), el tití pigmeo (Cebuela pigmea), el oso hormiguero gigante (Mymercophaga tridactyla), los osos de anteojos (Tremarctos ornatus), el gallito de las rocas (Rupicola peruviana) y el caimán blanco (Caiman crocodylus). En condiciones vulnerables se encuentran el águila arpía (Harpia haryja) y dos especies de felinos menores cuyo estado es indeterminado: el ocelote (Felis pardalis) y el margay (Felis wiedii). Sin duda un destino ideal para el ecoturismo.

Las sombras generadas por un techo de nubes bajas tiñen de azul los cerros cubiertos por el bosque tropical. Tomo la decisión de hacer un vuelo exploratorio a baja altura entre las nubes y las estribaciones selváticas de la cordillera para probar suerte con las imágenes. Las condiciones en la cordillera de Vilcabamba son extremadamente cambiantes debido a la geografía abrupta que sube desde los 500 hasta los 4000 metros de altitud. Presenta enormes farallones en su lado oriental y cataratas en el lado occidental con mesetas boscosas y pajonales abundantes sobre los 2500 metros. Volando en círculos a baja altura comprobamos que las condiciones son favorables. El equipo está alerta.

Inmediatamente se presenta la primera catarata, espectacular e inesperada ya que no teníamos datos de su existencia. Damos media docena de giros a su alrededor y decido continuar el vuelo. Contamos con la luminosidad suficiente para obtener excelentes tomas. Ahora se presenta ante mí la catarata de Parijaro, una maravilla de la naturaleza de más 250 m de altura. Entre cañones aparecen luego las Tres Hermanas, tres espectaculares caídas de agua escalonadas de cerca de 200 metros cada una, alimentada por un afluente del Cutivireni que nace en una imponente meseta que domina la región. A izquierda y derecha del cañón registramos al menos una docena de importantes cataratas de diversa envergadura.

Sobrevolamos el cañón de Cutivireni, una quebrada sinuosa flanqueada por farallones donde no cabe ni un árbol más. Humberto Saco no deja de grabar las paredes de la cordillera mientras que el ingeniero Jorge Mattos registra locaciones con su GPS que luego servirán para elaborar un mapa satelital. El espectáculo aquí es sobre-cogedor. La avioneta es un diminuto puntito blanco entre paredes de roca cubiertas de árboles que se elevan abruptamente por más de 50 metros. Minutos después aparece una de las bocas del túnel que forma el puente natural o pavirontsi. Varios giros cerrados sobre ésta formación única en el mundo son necesarios para completar las complicadas tomas. No es fácil la maniobra. En varias ocasiones quedo de cara al vacío, ama- rrado por mi cuerda salvadora ya que la avioneta debe inclinar el ala para darme el ángulo adecuado y así quemar mi película. El puente natural, un gigantesco arco macizo de roca de aproxi- madamente 200 metros de largo y 130 metros de ancho, forma un túnel, semejante a una catedral, de 62 metros de alto y 65 de ancho.

Nos elevamos hacia la meseta que domina el gran cañón. Siento que mi rostro se congela por el frío húmedo en la altura. A continuación, las huellas de un gigantesco huaico en un extremo de la refulgente laguna de Mayoventi nos enseñan lo salvaje de ésta tierra de contrastes. Las nubes se hacen más densas y el vapor de agua crea una atmósfera gélida en la cabina. Aterrizamos en Cutivireni, a 420 msnm, junto a lo que quedó de la iglesia del sacerdote franciscano Mariano Gagnon, quien fue el símbolo de la resistencia contra las huestes de Sendero Luminoso, en los 80. Gagnon se preparó para la guerra, se armó y luchó defendiendo el paraíso que tanto le costó levantar. Pero su valentía no fue suficiente, los terroristas acabaron con su misión.

Hoy, entre los muros carcomidos por el tiempo y la vegetación, César Bustamante, un líder rondero que conocí en los años de la guerra, me recibe con el infaltable masato y sonrisas de amistad. Con él vienen una docena de niños. De lo que era una comunidad con más de 800 nativos hoy quedan 5 familias. El resto tuvo que migrar a las tierras bajas debido a lo difícil de cargar agua desde el río hasta la meseta donde está asentada Cuti. Los nativos quieren agua en la comunidad pero las autoridades hacen oídos sordos a sus reclamos.

Nuestra base será en la casa de César, como jefe de la comunidad se siente honrado de recibirnos. César ha aumentado su familia desde la última vez que nos vimos en el 95. Hoy tiene 10 hijos, me dice que parará cuando tenga 12. Un aromático plato consistente en sachavaca ahumada y yuca hervida nos llena de energías para nuestro primer baño en el Mamiri. El río se tiñe de ocres al final del día y una nube de mariposas multicolores nos sigue por la orilla atraída por la sal de nuestros cuerpos. Dos niñas juegan en la corriente que fluye hacia el Ene. Un nativo pesca con arco y flecha. Toda la Amazonía estalla en una sinfonía de sonidos y aromas llegado el anochecer. César me cuenta, a la luz tenue del fogón, sus aventuras como guerrero que confirman su valentía. "Yo fui con 15 ronderos a Cachingiari buscando a los terrucos, nos emboscaron pero nosotros combatimos con flechas y algunas escopetas, las balas me silbaban en la cabeza pero no huimos, nosotros seguimos combatiendo sin dudar, así ellos huyeron, y dejaron sus heridos. Muchas veces más combatí y aquí sigo vivo listo para defender a mi pueblo".

Son las 8.30 a.m., preparo mis equipos fotográficos para una travesía de dos días mientras espero que nuestros cuatro porteadores acomoden los bultos. Nuestro destino es una quebrada misteriosa donde existe una catarata escondida, en el corazón de la nación asháninka. Caminamos río arriba, primero por la orilla del Cutivireni, luego por parcelas cultivadas de yuca y papaya, por terrenos aún humeantes deforestados para la futura siembra, luego continuamos por una trocha en el bosque, ascendemos por una colina, para luego bajar al lecho del río donde seguimos avanzando con el agua hasta la cintura.

Luego de casi 4 horas desde nuestra partida de Cuti llegamos a una quebrada escondida entre la vegetación prístina donde la última chacra anuncia el ingreso a un mundo salvaje, selva inexpugnable y árboles ciclópeos. Subimos por el lecho del río, pisando una loza granítica, roja, irre-gular y resbaladiza. La noche es inminente. En el ambiente se respira misterio, se siente lo remoto de este paraje.

Después de media hora de ascenso y varias caídas al río, llegamos al paraíso. Varias cataratas en un anfiteatro natural hacen el escenario perfecto para el final de la marcha. Bromelias, orquídeas, y helechos se ven en los farallones. En las orillas, nubes de mariposas de formas caprichosas y variados colores nos rodean. Estoy extasiado. Después de algunas tomas, estudio locaciones para el día siguiente y decido retornar a la brevedad con la última luz de la tarde.

Llego al tambo agotado, con fuerzas para armar mi catre y alistar el mosquitero por la presencia de insectos y de murciélagos. El recuerdo reciente de una mordida de murciélago que trajo como secuela 16 inyecciones contra la rabia en la zona del ombligo hacen que nunca más me olvide de llevarlo conmigo. Los murciélagos abundan en esta área. Se han registrado 123 especies, siendo tres de ellos nuevos para la ciencia.

Bajo una choza veo desenvolverse la vida como milenios atrás, con otros ritmos, otras lenguas. Una joven madre asháninka llega en la penumbra cargando a su pequeño además de una cesta conteniendo al menos 30 kilos de yuca. Me enseña que aquí todo se resume a sobrevivencia. En el hábitat humano hay calma y contemplación. Escucho conversaciones serenas al calor del fuego y la música de la selva, una delicada sinfonía natural ejecutada por legiones de insectos. La naturaleza impone sus sacrificios pero también otorga. Un joven toca el tambor, pero ya no son canciones de guerra. Otro nativo se suma con su flauta y alguien canta en asháninka con orgullo y profundo sentimiento. Ellos son uno con la noche y con el bosque, hijos de este inmenso universo vegetal, dueños del cielo y las estrellas que son su propio techo.