PER-71: Machu Picchu, el santuario al natural
Walter H. Wust Bienvenida, Lima, Lima junio 2005
Historia grabada sobre piedra. Bosques que cubren montañas. Cielos voluptuosos en los que cabalgan nubes que se estrellan unas con otras y que se descuelgan por acantilados de granito casi verticales, ocultando unas veces y regalando otras, el espectáculo de un entorno natural que parece haber sido destinado a los dioses.
Pocos lo notan, incluso cuando ven admirados aquellas fotografías en las que la ciudadela de roca gris plateada parece emerger de la nada dominando ese paisaje salvaje de picachos y profundas quebradas. Machu Picchu es -y fue desde siempre- un refugio natural. No es casualidad que sus selvas impenetrables alberguen a grandes osos andinos que recorren, como fantasmas silenciosos, las empinadas laderas cubiertas de bambú de altura; no por nada los quetzales y gallitos de las rocas son visiones frecuentes entre las ramas cubiertas de musgo de los añosos pisonayes. Aquí las aguas cristalinas y siempre turbulentas del impetuoso Vilcanota se convierten en el patio de juegos de los patos de los torrentes y las coloridas flores de fucsia en adornos de Navidad que atraen a decenas de colibríes de picos extraños y plumajes que parecen haber sido diseñados por artistas contemporáneos. En este privilegiado escenario verde y siempre húmedo decenas de colibríes de picos extraños y plumajes apenas alcanzan el tamaño de un perro faldero -el elusivo pudú o sachacabra- y los escarabajos crecen hasta alcanzar el tamaño de un gorrión; las orquídeas tienen nombres sugerentes -wakanki, 'llorarás', o wiñay wayna, 'siempre joven', son sólo algunos ejemplos- y los paucares entonan cantos que imitan la lucha de dos espadachines. Ese es el Machu Picchu misterioso y oculto, reservado para aquellos que se atreven a descubrirlo tras las grandes hojas de las begonias y los helechos arborescentes.
El bosque de neblina que rodea al Santuario, permanece cubierto siempre por un abrigo eterno de niebla. Un territorio siempre verde que viste las abruptas laderas de la cordillera y donde la constante humedad es la pieza principal del intrincado engranaje natural. Aquí cobran fuerza los ríos, descendiendo espumosos hacia el este y arrancándole sedimentos a las montañas. Es una tierra de cascadas cristalinas y criaturas tan bellas como esquivas.
LA TIERRA DE LAS MARAVILLAS
Lo que más impresiona al viajero que visita los alrededores de Machu Picchu es su exuberancia e increíble profusión de vida. Mucho de ello radica en que para acceder a ella es preciso trasponer la cordillera de los Andes, cruzando los austeros territorios de la puna, donde la supervivencia parece casi un lujo. Una vez traspuesta la gran barrera que crean los macizos andinos, la naturaleza parece explotar en un mosaico de color y movimiento. Un mundo de arroyos donde la humedad domina los ciclos y donde las plantas y animales alcanzan los máximos niveles de diversidad del mundo entero.
El clima es aquí cálido y muy húmedo, con variaciones marcadas en función a la altitud. Como regla, tiende a ser cálido en la parte baja y templado a medida que se acerca a las alturas andinas. Aquí llueve más que en ningún otro lugar del país (generalmente por encima de los 1.800 mm), lo que favorece la formación de numerosas cascadas de agua cristalina. En algunas zonas, donde la lluvia es casi una constante a lo largo de los 365 días del año, los niveles de precipitación llegan a los 7.000 mm, formando verdaderos 'mundos semiacuáticos' en tierra firme.
Su relieve es montañoso y complejo, con valles angostos y profundas quebradas de selva impenetrable recorridas por infinidad de ríos y quebradas. En sus partes más altas, entre los 2.500 y 3.800 msnm, se desarrolla una singular formación vegetal conocida con el nombre de bosques enanos. Aquí los árboles son achaparrados (raramente exceden los 10 metros de altura) y abundan los musgos, orquídeas y ericáceas. Algo más abajo, en zonas generalmente envueltas en niebla y lloviznas, se ubican los bosques de nubes (1.300 a 2.500 msnm), con abundantes epifitas (musgos, líquenes, bromelias, tillandsias), helechos de muchas clases y amplios manchales de bambú. Finalmente, en las zonas más bajas (600 a 1.300 msnm), las colinas que forman la ceja de montaña se pueblan de árboles altos y un denso sotobosque que impide el paso de la luz.
La vegetación en la selva de montaña es quizás la más exuberante de los trópicos, con gran cantidad de orquídeas (de hecho, las más bellas se encuentran en esta región), begonias gigantes y helechos del tamaño de árboles (Cyathea sp.). Este es también el hogar de especies singulares y poco conocidas de fauna silvestre como el cucarachero del Inca y varias especies de picaflores.
PROTECCIÓN LEGAL
Establecido el 8 de enero de 1981 mediante Decreto Supremo N° 001-81-AG, el Santuario Histórico de Machu Picchu abarca un total de 32.592 hectáreas pertenecientes a la provincia de Urubamba, departamento del Cusco. Además de la famosa ciudadela, el Santuario protege otros 34 grupos arqueológicos enlazados por el Camino Inca. El objetivo principal de su creación es proteger los valiosos testimonios de la arqueología y la cultura andina y su espectacular entorno paisajístico, que constituye el hábitat natural de importantes especies de flora y fauna que se hallan en situación vulnerable o en peligro de extinción.
CONSERVACIÓN Y AMENAZAS
Desde el punto de vista ambiental, el principal valor del Santuario reside en el rol que juegan los densos bosques de sus montañas para el mantenimiento del equilibrio hídrico de la región, captando el agua de las lluvias y conduciéndola -sin causar erosión- hacia el curso del Urubamba. Si estos bosques desaparecieran, se perderían con ellos numerosas especies de flora y fauna únicas y casi desconocidas para la ciencia; pero sobre todo, se iniciaría en el área un irreversible proceso de deterioro ambiental que traería consigo consecuencias devastadoras para el hombre, como la destrucción de las vías de comunicación, la desaparición de zonas de cultivo, inundaciones y deslizamientos de tierra.
En la actualidad, la principal amenaza contra el Santuario, además del crecimiento desproporcionado del turismo, son los incendios forestales. Iniciados por agricultores residentes en las zonas altoandinas colindantes con esta área protegida, los fuegos estacionales -dirigidos a renovar los pastos naturales- se vuelven incontrolables e ingresan, ayudados por el viento y la fragilidad de la vegetación, ladera abajo hacia el corazón de los bosques de neblina. A menudo, el fuego arrasa con todo a su paso, destruyendo enormes extensiones de selva virgen, hasta que el efecto de las lluvias aplaca la furia de las llamas. En años recientes, la magnitud de estos incendios ha sido tal, que su efecto devastador llegó incluso a trasponer los límites de la ciudadela inca de Machu Picchu.
Afortunadamente, la administración del Santua-rio, en coordinación con los diferentes sectores involucrados en su conservación, y con el apoyo de la cooperación internacional, viene trabajando en el desarrollo de un plan de uso múltiple de recursos, capacitando a los agricultores acerca de los peligros de la quema anual de pastos y ofreciendo alternativas de aprovechamiento no destructivo de los recursos del área a los pobladores que dependen de ella.
MACHU PICCHU, A TAJO ABIERTO
El Santuario Histórico de Machu Picchu es mucho más que un conjunto de sitios arqueológicos enclavados en la abrupta selva nubosa. Su ubicación estratégica, en la vertiente oriental de los Andes y a ambas márgenes del río Urubamba -que corre en esta sección con dirección noroeste-, permite a esta singular área protegida abarcar lo que podría considerarse como uno de los transectos altitudinales más extraordinarios del país, y proteger, en sólo unos veinte kilómetros lineales, ecosistemas tan dispares como las nieves eternas, a más de seis mil metros de altura, y las tórridas selvas tropicales, a poco más de 1.700 msnm.
El territorio del Santuario podría ser comparado a una gran manzana abierta por la mitad, con el caudaloso río Urubamba discurriendo en su parte central y dos grandes macizos montañosos que se precipitan hacia ambos lados de un profundo valle cubierto por vegetación tropical. En cada margen del río, los límites de esta área natural protegen de manera integral secciones completas de dos de las subcuencas más importantes de la región: en su extremo norte la Cordillera del Urubamba y, en el sur, la de Vilcabamba. Y con ellas, dos de sus cumbres más importantes: el Wekey Willka o Verónica (5.750 msnm) y el majestuoso Salkantay (6.271 msnm), considerado el Apu o divinidad tutelar de la región. Completan los linderos del Santuario los valles del Cusichaca y Aobamba, al este y oeste, respectivamente.
El Santuario Histórico de Machu Picchu fue renocido internacionalmente por la UNESCO en 1983, otorgándosele la categoría de Patrimonio Cultural y Natural de la Humanidad. Sólo dos áreas en las Américas ostentan esta distinción (la otra es Tikal, en Guatemala).
En el interior del Santuario se han registrado un total de 250 especies arbóreas y 180 especies de orquídeas. Evaluaciones más detalladas revelaron que el número de especies de árboles por hectárea ascendía a 90, mientras que el promedio para bosques de neblina es de 50 especies.
Los científicos han registrado en su interior hasta diez zonas de vida y dos ecorregiones naturales bien diferenciadas, siendo las más relevantes desde el punto de vista ecológico, los pajonales alto andinos, los bosques enanos de altura y la selva alta o yungas, representada por los bosques de neblina y la ceja de montaña.

