PER-69: San Juan de Marcona, entre sargazos y arrecifes
Luis Alberto Yupanqui Mesías El Comercio, Lima, Lima febrero 2006
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a la segunda fase de evaluación.
Guarida de pingüinos y de lobos de mar, de pescadores y
mineros, de gente aventurera y amante de la naturaleza, estas
playas crean la ilusión de que nadie antes las hubiera
descubierto.
San Juan de Marcona se encuentra en la costa sur del Perú, a 530 Km. al sur de Lima. Cuentan sus pobladores, que por el año 1940, cuatro pescadores de oficio, llegaron para habitar la bahía de San Juan de Marcona, ellos eran los señores, Erasmo Condori, Roberto Ramos, Constantino Camacho y Julián Muñoz Cabrera. Eran épocas en las que abundaba el pescado, los lobos marinos y los mariscos.
Años después, en 1953, se construyó el "Muelle San Juan" de 217 metros de largo y 13 metros de ancho. En él atracaron buques de gran tonelaje que transportaron hierro al exterior y a la Siderúrgica de Chimbote. Convirtiendo la hermosa bahía, de paradisíacas playas, en un pueblo minero, residencia de los trabajadores de las diferentes minas que ocuparon sus costas.
Su población es de aproximadamente 18,000 habitantes y la mayoría de ellos son trabajadores de la mina Shougan Hierro Perú.
Felizmente, aún en nuestros días es posible caminar por sus playas, admirar sus paisajes vírgenes, conversar con los curtidos hombres de mar, compartir con ellos sabrosos mariscos recién extraídos de sus peñas, en una experiencia fantástica que les invitamos a recorrer con nosotros.
La bahía de Punta San Juan se localiza en Marcona, al sur de Ica. Desde Lima, en bus, son aproximadamente ocho horas. El recorrido es relativamente tranquilo, pues se avanza por la Panamericana Sur pasando por Cañete, Chincha, Pisco, Ica, Palpa, Nasca y finalmente, a la altura del kilómetro 492, se llega al puerto de San Juan de Marcona.
Son las siete de la mañana; en Marcona hay hoteles, restaurantes y cabinas de Internet como cualquier ciudad del Perú. Desayunamos jugo, leche fresca y panes con queso en un buen restaurante al costado de la agencia Tepsa. Quedamos listos para acomodar las pesadas mochilas sobre nuestras espaldas y así empezar a caminar para descubrir lo que nos brindaría este lugar.
Al salir del pueblo, rumbo al litoral, nos encontramos con un conjunto de viviendas desocupadas, es la infraestructura donde antes vivió el personal que laboraba en las minas. Hoy, se ven como inmuebles fantasmales que debemos atravesar para llegar al paraíso. Llevamos caminando 20 minutos y delante, se encuentra el desierto, nuestra primera parada es una cruz en el camino, al borde de un corte del terreno desde donde podemos ver toda la larga ruta que nos espera por recorrer y al fondo, el mar.
Desde este punto existen dos opciones, hacia el norte se encuentra la ensenada San Fernando, reserva que concentra la mayor población de lobo marino fino del Perú y donde también, habita la mayor colonia de pingüinos de Humboldt, (cincuenta por ciento de la población total de esta especie en el Perú) y las tres principales especies de aves guaneras. Pero el paso no esta permitido por letreros que indican que es propiedad privada y que hay que pedir permiso desde Lima a la empresa minera Shougan.
Nuestra segunda opción, es ir hacia el sur; hacia Punta San Juan. La brisa del mar toca nuestro rostro durante los primeros diez minutos que nos toma llegar a la primera playa, bajamos y caminamos hacia una formación rocosa, un conjunto de túneles y arcos por donde ingresa el mar. Es un lugar muy hermoso. Me apoyo en una roca y contemplo cómo el mar revienta sobre ese enorme arco e ingresa mansito a través de él. Esto es sólo el principio, antes de continuar, recorremos la pequeña playa, esta llena de islotes que los lugareños han bautizado con diferentes nombres. Paisajes desconocidos, anónimos, que nos transportan a lugares donde alguna vez, en algún sueño, hemos estado.
Subimos a la parte alta, ya que el mar no nos permite caminar directamente, nuevamente bajamos, son las diez de la mañana y llegamos a la siguiente playa que podría llamarse "las pocitas", es una playita con pequeñas rocas muy cerca de la orilla que forma pozas de agua donde uno puede bañarse, nos sacamos los zapatos y sentimos como el mar nos acaricia y deja rastros de espuma en nuestros pies al retirarse. Sobre una de las rocas "cordelea" un pescador, se acerca a nosotros y nos ofrece parte de su pesca del día; inmensos pescados que prometemos probar a nuestro regreso. Seguimos nuestro camino, al final de la playa otra vez el mar se une con el acantilado, pero esta vez hay un pequeño margen de tiempo en que el mar se retira para cruzar al otro lado, sólo hay que esperar un poco y aprovechar ese instante.
Después de esto, llegamos a la playa Oso Hormiguero, en realidad la gente la llama "El elefante" pero a nosotros más nos pareció un "Oso Hormiguero"; formación rocosa al final de la playa que descansa su trompa en el mar. Paramos a disfrutar de nuestro descanso y a fotografiar al "Oso Hormiguero"; es que al estar en el edén, en medio de playas desconocidas, nos sentimos dioses poniéndole nombre a las playas. Hay rocas muy cerca a la orilla y un poco más lejos, pequeños islotes de formas caprichosas, nos regalan hermosos paisajes que capturamos con nuestras cámaras fotográficas.
Luego del descanso empezamos nuevamente nuestro recorrido; otra vez mar y acantilado se unen, llegamos a una pequeña cueva que atravesábamos cuando un par de juguetones "labradores" aparecieron del otro lado, eran los perros de un pescador que nos indicó que estábamos en la playa "La Lobera". Lamentablemente encontramos un gran basural de botellas plásticas de gaseosa de todas las marcas, prueba irrefutable que esta playa es usada por los pobladores los fines de semana (cosa que comprobamos al día siguiente). Es muy penoso, encontrar tanta basura, pero es más triste saber, que es la propia población de Marcona que deja estos desperdicios regados en sus hermosas playas.
Luego encontramos una larga playa de arena, llena de arrecifes y sargazos. Vemos un camino a nuestras espaldas y decidimos subir. Desde arriba la vista es impresionante, se siente paz y tranquilidad, pero la casi ausencia de hombres se interrumpe por tres pescadores vestidos con "wetsuit" y que llevan cámaras infladas, parecen mimetizados con el paisaje y se internan en el último refugio de un mar rico en mariscos. Nos toma cuarenta y cinco minutos atravesar la larga playa para llegar a Punta Colorada, en realidad no es una punta, tiene la forma más bien de un cerro trunco, de tierra arcillosa, de color rojizo. Creímos ver un cóndor (los hay por estas costas) pero fue un gallinazo de cabeza roja que voló sobre nosotros.
Recorremos una zona de dunas inspiradoras, muy cerca vemos las tres lomas, que le dan el nombre a este lugar, la ensenada "Tres hermanas". Son casi las cuatro y treinta de la tarde y por fin hemos llegado a nuestro destino. Nos remojamos en el mar. Instalamos nuestro campamento en la casita abandonada, que alguna vez sirvió para almacenar el abundante guano extraído de sus diferentes islotes, de la que sólo quedan paredes desgastadas, sin techo.
El mar acaricia la orilla, percibimos el silbido del viento junto con el graznido de las aves y las loberías repletas de lobeznos en permanente alboroto. Nos preparamos para presenciar el atardecer, un bote anclado en el mar nos ayudó a componer el cuadro. Puesto el sol e instalado nuestro campamento, cenamos y descansamos, para al día siguiente contemplar este paradisíaco paraje en el camino de retorno.

