La hoja de coca, tradición de los Andes
Graciela Leita Revista Pasajero Aerosur - La Paz February 2005
No obstante hoy en día sea satanizada por el uso que se le da para elaborar una de las drogas pesadas más difundidas en el mundo, esta singular planta posee una especial importancia en la historia de las civilizaciones andinas.
Chaskis, mochicas y aimaras
Seiscientos años atrás, un hombre delgado y atlético corría resueltamente en la despoblada inmensidad del desierto de las costas australes del Perú, cargando a la espalda un cesto con unos peces recién atrapados en las frías aguas del océano Pacífico.
El ágil y veloz individuo que correría treinta kilómetros hasta ser reemplazado por un substituto fresco y descansado, era uno de los famosos chasquis, el cuerpo de infatigables mensajeros incas que en un eficiente sistema de relevos se aseguraban de llevar noticias y encargos por todo el imperio e incluso, pescado marino fresco al soberano, residente en el palacio del Cuzco a muchos kilómetros del litoral.
Lo que llenaba sus organismos de tanta energía y disposición, al punto de desafiar las distancias y la sed en una topografía agresiva y difícil, era el jugo verde leed las hojas de coca (a pesar de que en el incario eran restringidas a las castas superiores, los chasis tenían el derecho de usarlas que cargaban en una bolsita y que ya era utilizada desde miles de años antes, como lo demuestran las cerámicas de la cultura Mochica (600 años después de Cristo) halladas en el norte del Perú, donde aparecen posibles sacerdotes, con las mejillas infladas por el clásico acullico (masticación de las hojas). Esto demuestra que su vinculo con la religiosidad de los pueblos andinos vienes de épocas remotas.
Hoy como en aquellos tiempos donde eran de uso cotidiano en los feudos de los señoríos aimaras, esto todavía puede ser visto en las diversas ofrendas a l as deidades ancestrales hechas en el campo y en la predicción del futuro a través de un médium que lanza las hojas sobre una manta y luego las interpreta.
Fuera de eso, aún participan de forma importante en la medicina popular de los famosos kallawayas de los Andes, a través de infusiones, polvos, cataplasmas, además d mitigar el soroche o mal de altura.
Un sorprendente arbusto
Para entender un poco el por qué, de la resistencia de muchas comunidades indígenas a su erradicación forzada, debemos despojarnos del prejuicio que sin duda llevamos con la relación a esta controvertida planta, y sumergirnos en el tiempo hasta llegar a un contexto diametralmente opuesto al de las problemáticas contemporáneas en especial al terrible flagelo de las drogas.
Es que la historia de la cocaína es muy reciente, si la comparamos con la trayectoria que las hojas de coca tienen en el tiempo, dentro de la cosmovisión de los pueblos andinos originarios y donde el concepto de ilícito y prohibido con relación a ella, no era ni imaginable ya que hacía parte de sus necesidades básicas rutinarias.
Arbusto nativo de América del Sur, cultivado desde tiempos inmemoriales y cuyas hojas se cosechan cuatro veces al año sin mayores cuidados, se diseminó desde Argentina hasta Nicaragua e incluso algunas islas del Caribe. En 1499, el misionero dominicano Tomás Ortiz observó plantaciones de coca a lo largo de las costas venezolanas. Francisco Pizarro, el temerario conquistador del imperio inca, comprobó en 1533 que los habitantes nativos masticaban las hojas secas del arbusto, que luego sería denominado de Erythroxylon Coca y llevado a Europa junto con el tabaco, donde desencadenaría las más diversas reacciones, desde admiración incondicional hasta la persecución más declarada.
Mientras eso sucedía en el Viejo Mundo, aquí en Sudamérica, la iglesia la tildaba de hoja diabólica que había que exterminar, ya que estaba ligada a la religiosidad andina que los jerarcas católicos consideraban idólatra y demoníaca.
A su vez, los administradores de las colonias decían que era muy importante desde el punto de vista económico, ya que sin coca los indígenas no soportarían las condiciones infrahumanas de explotación a las que eran sometidos. Además de eso, su comercialización representaba fortunas en dinero a tal punto, que irónicamente los ingresos de la catedral del Cuzco procedían de los diezmos sobre su venta.
Sus efectos
En las inclementes alturas de los Andes, la sensación de bienestar y energía suministrada por la coca, ha permitido superar el hambre, el cansancio y el abatimiento a los pueblos andinos durante milenios.
Esto lo consiguen manteniendo las hojas en la boca (durante largo tiempo), entre los molares y la cara interna de las mejillas acompañadas de lejía, una bola sólida elaborada de cenizas de algunas plantas como la quinua. Este procedimiento permite extraer sus alcaloides, además de ricos nutrientes como el caroteno, la tiamina, la riboflavina, el calcio y el hierro, que la en apariencia modesta hoja, posee en índices sorprendentes.
Así ha sido durante toda la historia de la minería boliviana en el altiplano, desde hace siglos atrás, ya en la época del apogeo del Cerro Rico en Potosí, cuando los mineros (explotados hasta la última gota de sudor), para hurtarle el cuerpo al frío, al agotamiento y al hambre, la utilizaban en el laberinto de socavones taladrados en la mole de la montaña. Si no hubiese sido por la compañía de las hojas de coca, sostén y pilar de la actividad minera en esas alturas, jamás habría sido posible montar una estructura de extracción de la envergadura que llegó a ser en la Bolivia colonial.

