Etnias en extinción
Guisela López Rivas Periódico El Deber - Santa Cruz August 2004
Etnocidio: Tres etnias viven sus últimos días
Los pacahuara, araona y guarasugwe entraron en un proceso de etnocidio cultural.
Sobreviven en lo más recóndito del territorio boliviano y lo único
que conservan intacta es su lengua.
Bolivia multicultural, ¿hasta cuándo? Investigaciones históricas dan cuenta de que más de 1,5 millones de indígenas (es el cálculo más bajo) habitaban el Chaco, la Amazonia y el Oriente boliviano antes de la conquista española. 500 años después esa población se redujo a la cuarta parte.
Cinco siglos atrás, Santa Cruz registraba alrededor de 80 etnias, de las que quedaron cuatro: guaraní, chiquitana, guaraya y ayorea, que ahora son considerados pueblos fortalecidos.
Actualmente el territorio nacional cobija 40 grupos étnicos, de los cuales tres están a punto de desaparecer y otro tanto es vulnerable a diversos factores, naturales, sociales y de interés económico. Sin embargo, la mayoría indígena boliviana vive un proceso de fortalecimiento, excepto un grupo de tribus amazónicas y algunas altiplánicas.
XXX estuvo con dos de las tres etnias que, según los antropólogos, están en vías de extinguirse. Una de ellas, la araona (La Paz), probablemente fue la más grande de la Amazonia boliviana a finales del siglo XIX (entre 30.000 y 40.000 habitantes), y ahora su población no llega a un centenar.
La más disminuida en habitantes es la pacahuara (Beni) que, según el último censo indígena (actualizado en 2003), debería tener 25 integrantes. El Deber llegó hasta ellos y constató la presencia de 11 personas.
Otro grupo que se apaga de a poco es el guarasugwe (frontera de Santa Cruz con Brasil) donde, oficialmente, habitan 31 personas. Sin embargo, un científico que estudió esta etnia presume que la población es inferior.
Una de las características que tienen en común estas tres tribus amazónicas es que están en lo más recóndito del territorio nacional. Para sobrevivir, en épocas en que eran aniquilados como animales salvajes, por los "blancos", se cobijaron en las tierras donde ahora habitan.
Pacahuaras y araonas fueron victimados por los rescatadores
del caucho durante el auge de la siringa (finales del siglo XVIII y
durante el XIX), según informes
antropológicos.
Aculturizados por religiosos protestantes, las tres tribus han
perdido la mayor parte de sus rasgos culturales, aunque gracias a
los mismos evangelistas, preservan sus lenguas.
La constante disminución de sus habitantes (tienen problemas de reproducción), la distancia del mundo civilizado (viven aislados) y la pobreza en la que viven (no tienen atención de salud ni servicios básicos) son factores que conducen a los araona, pacahuara y guarasugwe a un proceso de etnocidio cultural.
Otro grupo de etnias, si bien no está en vías de extinción, es vulnerable a agentes económicos que repercuten en la disminución de su población y territorio, además a la pérdida de sus valores culturales.
La explotación hidrocarburífera, sin respeto al medio ambiente y a los territorios originarios, comienza a golpear a etnias pequeñas como los tapiete y los weenhayek. También hay tribus de población intermedia, como los guaraníes, cuyos territorios fueron afectados por la explotación de gas y petróleo.
El Deber recorrió gran parte del territorio weenhayek, que en su mayor extensión está afectado por la actividad hidrocarburífera; otro porcentaje fue invadido hace más de 50 años por ganaderos.
Esa etnia sufrió una merma de su población en los últimos cinco años, perdió la mayoría de sus costumbres y sufre una crisis interna que la pone al borde de la división debido a que varios de sus ex líderes fueron sobornados por las empresas petroleras.
Las compañías aludidas niegan esas acusaciones y aseguran que invierten en infraestructura social (viviendas, educación y servicios) para los aborígenes.
Pero el mayor problema de las etnias es el avasallamiento de los territorios que ancestralmente ocuparon. Una publicación internacional (El Mundo Indígena 2004, editada por el Grupo Internacional de Trabajo sobre asuntos indígenas, en Dinamarca) da cuenta de que en Bolivia, desde 1990, las etnias demandaron 158 Tierras Comunitarias de Origen (TCO) por una superficie de 35 millones de ha. Después de más de siete años de vigencia de la Ley del Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA), que reconoce gran parte de las demandas, el Estado tituló cuatro millones de ha (10% de lo requerido).
Ese mismo documento estima que los empresarios tienen ocho veces más cantidad de tierras que los indígenas y campesinos. Sostiene que la mayor inequidad se registra en las tierras bajas, donde 76.000 empresarios concentran 22 millones de hectáreas (el país tiene 109 millones de ha), en tanto que 78.000 pequeños propietarios poseen tres millones de ha.
En las tierras altas se divisa a una de las culturas más antiguas del continente, la uru murato, que sobrevive arrancándole los pocos peces que le quedan al lago Poopó, cuyas aguas están contaminadas por la actividad minera de la región.
El Deber estuvo en una de las comunidades murato, que es vulnerable a factores naturales y a los impactos del desarrollo.
Familias guaraníes cautivas y explotadas
La explotación de la mano de obra indígena en condiciones de esclavitud es otro elemento que atenta contra los originarios. Una comisión compuesta por autoridades de Gobierno (Ministerio de Asuntos Indígenas y Viceministerio de Justicia), la Asamblea del Pueblo Guaraní (APG), Derechos Humanos y el Defensor del Pueblo constataron que hay más de 100 familias guaraníes cautivas en el Chaco.
Nelly Romero, presidenta de la APG, recorrió junto con la comisión oficial toda la zona del Chaco boliviano (Santa Cruz, Chuquisaca y Tarija) y verificó la situación. "Hay hermanos que todavía llevan guasca de sus patrones cuando se resisten a trabajar sin sueldo y sin horario", relató.
El ministro de Asuntos Indígenas, Ricardo Calla, conoce en detalle el tema. "Es una vergüenza que en nuestro país exista esta práctica. Es inadmisible que, después de dos siglos de la abolición de la esclavitud, existan remanentes. Y será una vergüenza que yo termine mi gestión sin resolver este problema", dijo la autoridad, y se comprometió a gestionar la liberación de las familias cautivas.
El Viceministerio de Asuntos Indígenas y Pueblos Originarios (Vaipo) registró las denuncias de algunas madres guaraníes que acusaron a una familia de ganaderos de traficar con sus hijos. En esa dependencia informaron de niñas y adolescentes que fueron engañadas y separadas de sus progenitores con rumbo desconocido. Las madres informaron de que hace varios años salieron sus hijas y no regresaron más, y que tampoco mantienen comunicación con las menores.
"A nosotros todavía nos tratan como a objetos, no como a personas", denunció Nelly Romero, que espera que el Estado dote 3.000 hectáreas (polígono 7-1) para ubicar a los cautivos después de liberarlos.
Las culturas grandes y medianas se consolidaron
Avance. Los quechuas, aimaras, chiquitanos y guaraníes encabezan la lista de pueblos que se han fortalecido. Los analistas dicen que los indígenas están viviendo procesos de emancipación y reemergencia-
Las cifras frías demuestran que las comunidades indígenas de poblaciones mayoritarias e intermedias aumentaron sus habitantes en los últimos años; pero comparadas con la población no indígena, han disminuido. Lo evidente es que la mayoría de las culturas autóctonas de Bolivia han ingresado en un proceso de fortalecimiento.
Cuatro pueblos son un claro ejemplo del fenómeno que los antropólogos y sociólogos denominan "reemergencia y emancipación indígena": quechua, aimara, chiquitano y guaraní.
Hay dos versiones, con sustento científico, acerca de la población étnica en Bolivia. El Instituto Nacional de Estadísticas (INE) sostiene que hay 4,1 millones de originarios (censo de 2001); en tanto que el antropólogo Wigberto Rivero Pinto afirma que hay 5,1 millones de nativos (su trabajo fue elaborado con datos del Censo 2001, del Ministerio de Asuntos Campesinos, el Viceministerio de Asuntos Indígenas, la oficina de Tierras Comunitarias de Origen y proyecciones y validaciones de campo, en 2003).
El antropólogo Ricardo Calla opina que los pueblos originarios están viviendo un proceso de reivindicación cultural.
El sociólogo Álvaro García Linera identifica tres factores que han influido en el fortalecimiento de aimaras y quechuas: la transmisión cultural generacional (herencia de valores), el surgimiento, en los últimos 30 años, de una elite de intelectuales indígenas, y el éxito que han tenido campesinos y originarios en la política y el sindicalismo (caso Evo Morales), lo que les ha dado poder y los ha vuelto influyentes.
El estudio de Wigberto Rivero establece que los más numerosos
son los quechuas (2,5 millones) y los aimaras (2 millones). En
poblaciones intermedias figuran la cultura chiquitana (184.248), la
guaraní (133.393), la moxeña (76.073), la afro-boliviana (22.000) y
la movima (10.152); siguen otras etnias con poblaciones inferiores
a 10.000.
Los estudiosos de las culturas tienen la teoría de que aquellas
poblaciones que están por debajo de los 150 habitantes corren
serios riesgos de extinguirse, ya que no pueden reproducirse
normalmente. Ése es el caso de cinco etnias bolivianas, de las
cuales tres están por expirar (pacahuara, araona y guarasugwe).
Poblaciones similares tienen los moré del Beni (101) y los tapiete
de Tarija (63). Al borde de esa franja roja están los pueblos
pandinos machineri (155) y yaminahua (188).
Sobre el fortalecimiento de las culturas chiquitana y guaraní, la historiadora Ana María Lema sostiene que se debe a que esos pueblos se relacionaron con la sociedad colonial y republicana, aunque eso tuvo también un costo cultural, debido a la influencia en sus identidades.
Reivindicaciones quedaron en el papel
Por Carlos Romero Bonifaz | Director de Centro de Estudios Jurídicos e Investigación Social (Cejis)
Bolivia adoptó el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en 1991. El marco jurídico emergente puede sintetizarse así: la reforma constitucional de 1994 sustituye la concepción de Estado nacional por la de Estado multiétnico y reconoce los derechos económicos, sociales y culturales de los pueblos indígenas, especialmente los referidos a sus tierras comunitarias de origen (TCO), el uso y aprovechamiento de los recursos naturales renovables, el reconocimiento de sus autoridades y la justicia comunitaria.
La ley del Intituto Nacional de Reforma Agraria (INRA) reconoce las TCO y ordena su titulación, previa clarificación de derechos agrarios. La ley forestal establece la integridad jurídica entre el suelo y el bosque, reconociendo derechos forestales a favor de los pueblos indígenas y prohibiendo sobreponer concesiones forestales sobre sus tierras. La ley del medio ambiente declara la compatibilidad técnica entre TCO y áreas protegidas; la de reforma educativa adopta el sistema educativo intercultural bilingüe; la de participación popular reconoce a sus organizaciones como personas jurídicas y les permite participar en la planificación y control de la gestión municipal. La última reforma constitucional los reconoce como instancias de representación popular.
Empero, la mayoría de estas disposiciones quedan sólo como
declarativas; los pueblos indígenas ven inefectivizados sus
derechos por la imposición de políticas macroeconómicas y
estructuras de poder que configuran relaciones de dominación a
favor de terratenientes, madereros, compañías petroleras, mineras,
biogenetistas, etc.
Una de las prioridades de la Asamblea Constituyente será la de
ampliar y profundizar los derechos de los pueblos indígenas y
establecer garantías para su realización.
Pacahuaras: Aislados, quedan once
-HISTORIA. Esta cultura vive sus últimos días, aislada, en un territorio ajeno y casi forzada a fusionarse con otra etnia. El siglo pasado estuvo a punto de ser aniquilada por siringueros-
Bose Yacu es la última pacahuara que conserva rasgos de su cultura original. Ella es hija de la única familia que sobrevivió a la masacre ocasionada por siringueros, a orillas del Río Negro (Pando), a mediados del siglo pasado.
En pacahuara, su lengua originaria, Bose sabe relatar la
historia de su pueblo. Con ayuda de un traductor y perturbada por
su timidez, recuerda que su familia fue trasladada del Río Negro a
Alto Ivon (Beni), donde habita otra etnia:
chacoba.
Según el antropólogo Wigberto Rivero, que estudió a este grupo
originario en la década del 80, el traslado de los pacahuara hasta
Alto Ivon fue para salvar a la etnia. "Estaban siendo aniquilados
como animales salvajes. Los siringueros los cazaban con rifles,
como a fieras", relató. Detalló que unos misioneros evangélicos
norteamericanos los evacuaron e intentaron juntarlos con los
chacobos, debido a la similitud de las lenguas que
hablaban.
Bose utiliza los dedos de las manos para contar que, cuando emigraron a Beni, eran nueve los miembros de su familia.
De acuerdo al último censo indígena (validación de campo a 2003), los pacahuara son 25. El Deber llegó hasta su aislada aldea y constató la presencia de tres familias, que suman once personas. Es probable que los demás se hubiesen integrado completamente a los chacobos, justificó Wigberto Rivero.
A Bose la sorprendimos pescando, pero nuestra brusca presencia la ahuyentó del riachuelo que bordea su pueblo, cuyas aguas le proveen de sardinas pequeñas.
Es la única pacahuara que mantiene la nariz perforada, por donde atraviesa una tacuara pequeña que lleva dentro una pluma roja de tucán. Aún conserva el colorido collar de perlas de plástico que heredó de su progenitora y se sigue cortando el pelo tal como lo hacían sus antepasados (con cerquillo). Ella y su marido no tienen descendencia, habitan una rústica choza y crían a Shinu, una mona, además de cuatro perros visiblemente desnutridos y enfermos.
La pacahuara no supo explicar los motivos por los que no
procreó hijos. Pero los estudiosos de las culturas indígenas tienen
una interpretación a este tipo de casos.
El antropólogo Juergen Riester, que ha estudiado a los guarasugwe
(otra etnia en extinción), sostiene que "los indígenas, en momentos
de desesperanzas, dejan de reproducirse por voluntad
propia".
El día del Referéndum fue cuando El Deber llegó a la aldea
pacahuara. De los once habitantes, el único que tiene cédula de
identidad es el esposo de Bose, pero como es ajeno a todo lo que
sucede en el mundo de los "blancos", ese día el hombre se internó
en la selva, de cacería.
"Es una etnia en franca extinción, su futuro está en riesgo. No
pueden reproducirse porque son muy pocos", advirtió Wigberto Rivero
y explicó que para que un grupo originario garantice su
reproducción normal, requiere tener como mínimo 150
habitantes.
Juergen Riester baraja dos alternativas cuando habla del futuro de esta tribu: "Es probable que desaparezca como cultura o que quede como chacoba", opinó, aunque considera muy difícil la fusión de pacahuaras y chacobos pese a la similitud de las lenguas.
Este grupo originario no cuenta con ningún servicio básico y
entre sus habitantes ronda el paludismo, enfermedad que tiene
debilitada a la única niña que hay en el
pueblito.
Rosmery, de once años, es sobrina de Bose. Habla sólo pacahuara y
es huraña pero, al mismo tiempo, hospitalaria. La encontramos
navegando en su rústica canoa y no dudó en acercarse a la orilla
para transportar a los periodistas forasteros que pretendían llegar
hasta su aldea. No se dejó arrancar ni una sola
palabra.
La niña abandonó la escuela chacoba debido a su enfermedad. Sólo cuando la fiebre la atormenta, su madre la lleva a la posta sanitaria que hay en Alto Ivon.
Bose Yacu preserva algunos rasgos físicos, pero en general, los indígenas pacahuara han perdido sus hábitos culturales.
Desde que salieron de Río Negro nunca más volvieron a ser itinerantes (antes se trasladaban a distintos lugares de acuerdo a la actividad que querían hacer, como cazar, pescar, recolectar miel o frutos y rendir culto a sus dioses).
Eran expertos cazadores con flechas; ahora utilizan rifles y
atrapan animales cuando pueden (antes lo hacían en determinadas
épocas del año, cuando las presas estaba gordas). Uno de los
valores que sobrevivió a los embates es la lengua
pacahuara.
Esta etnia, junto a los guarasugwe, son las únicas que, de forma
individual, no demandaron tierras ante el Estado boliviano, pero el
pedido de títulos del territorio chacobo incluyó a la única
comunidad pacahuara.
Chacobos y pacahuaras practican la agricultura de subsistencia (cultivan arroz, maíz, yuca y plátano); algunos crían animales domésticos (chanchos, ovejas y gallinas) para consumo propio y para venderlos o canjearlos por otros artículos.
El rol de los evangelistas
En la década de los 50, dos organizaciones religiosas
protestantes, estadounidenses, ingresaron a la Amazonia boliviana:
la misión Nuevas Tribus y el Instituto Linguístico de Verano.
Llegaron con la tarea de evangelizar a los aborígenes y salvarlos
del pecado.
Lo primero que hicieron fue "vestir" a las etnias que se mantenían
en estado original (desnudos) incrustadas en la selva. La apertura
de los pueblos les permitió a los religiosos cambiar muchos de los
hábitos culturales; por ejemplo, los indígenas dejaron de adorar a
sus dioses y se alejaron de la práctica de la poliginia (matrimonio
de un hombre con varias mujeres) y poliginia sororal (matrimonio de
un hombre con dos o más hermanas). "Los protestantes manipularon
los símbolos religiosos y tergiversaron la Biblia para evangelizar
a las tribus amazónicas", opinó Wigberto Rivero. El profesional
destaca más el rol positivo de los misioneros, que promovieron la
conservación de las lenguas originarias hasta estos
días.
Los chacobo aceptaron a los pacahuara
Los chacobo son poco más de 500 personas y tienen una aldea que alberga a la mayoría de sus 40 familias, aunque existen algunos grupos aislados de esa central. Presentaron una demanda de más de 400.00 hectáreas de territorio y están a punto de lograr la titulación de 300.000.
Caco Morán (58) recuerda bien cuando aceptaron el traslado de los pacahuara a su territorio. "Esa vez, (los líderes chacobos), se pusieron de acuerdo con los gringos para aceptar a los pacahuara", relató el indígena.
La aldea chacoba cuenta con una posta de salud y una escuela primaria.
Weenhayek: Identidad amenazada
-DENUNCIA. Aculturizados por evangelistas e invadidos por ganaderos, hoy son víctimas de las petroleras, que corrompen dirigentes y fraccionan el pueblo. Las compañías lo niegan-
Es, probablemente, donde más duro está golpeando el desarrollo. El precio de explotar hidrocarburos lo están pagando muy caro los weenhayek, no sólo porque su población sufrió una merma en los últimos años debido al impacto en el medio ambiente sino porque, ante todo, la presencia de las transnacionales está carcomiendo las raíces de identidad de este pueblo que siempre se consideró superior a las demás culturas del Chaco.
La secuencia de desgaste de los valores originarios de esta
etnia es similar a la mayoría de las amazónicas: comenzó con la
presencia de religiosos.
En la época de la colonia no se dejaron evangelizar por los
jesuitas, pero en la República no pudieron evitar la presencia de
los protestantes que influenciaron en su ideología religiosa y los
indujeron a cambiar sus mitología y creencias ancestrales por el
cristianismo.
Ese primer impacto fue contundente, ya que no tuvo el mismo efecto que en otros pueblos indígenas evangelizados (por los franciscanos), donde lograron sincretizar ambas tradiciones religiosas.
La incursión de los misioneros fue sistemática y produjo
transformaciones lamentables en la identidad étnica. Sin embargo,
los religiosos aportaron en educación y en la protección jurídica
del territorio cuando los weenhayek estaban
desorganizados.
El segundo golpe lo dieron los ganaderos que comenzaron a
incursionar en el territorio weenhayek después de la Guerra del
Chaco y se establecieron durante la implementación de la Reforma
Agraria.
De las 195.600 hectáreas que poseía legalmente la etnia (respaldadas con el decreto supremo 23500, de 1993), el Estado le recortó más del 100% en el proceso de saneamiento de la tierra y está evaluando la posibilidad de titular 89.500 hectáreas. La diferencia, 106.000 hectáreas, beneficiará a terceros. El estudio de identificación de necesidades espaciales (EINE), realizado por el mismo Estado, recomendó más de 300.000 hectáreas para que el pueblo weenhayek se desarrolle.
La hecatombe siguió, pero con mayor fuerza cuando las
compañías hidrocarburíferas entraron al territorio indígena
avaladas por el Estado. Más de 100.000 hectáreas weenhayek fueron
dadas en concesión a diferentes empresas
petroleras.
El efecto de las petroleras no sólo impacta en su territorio. La
cultura weenhayek se encuentra seriamente afectada debido a los
métodos que ejercieron las petroleras para convencer a los
dirigentes indígenas e ingresar a realizar operaciones de
exploración, en la mayoría de los casos, y explotación en menor
escala.
"Las empresas petroleras llevan regalos a los dirigentes y algunos se han vuelto corruptos por poco dinero", dijo el sociólogo Guido Cortez, un tarijeño que trabaja en el Centro de Estudios para el Desarrollo de Tarija (Cedet), la organización no gubernamental que asesora jurídicamente a los weenhayek en la demanda de titulación de ese territorio indígena.
Una de las petroleras que opera en el lugar, Repsol, negó enfáticamente esa situación a través de su responsable de Desarrollo Comunitario, Óscar Barrientos. "Nosotros nunca hemos dado dinero en efectivo o beneficios especiales a ningún dirigente weenhayek", aseguró.
"Las compañías utilizan a los relacionadores comunitarios para que les faciliten las actividades en los territorios indígenas. Estos funcionarios han introducido la prebenda para corromper a los dirigentes originarios", denunció el boliviano Eulogio Núñez Aramayo en una publicación belga (Alternativas Sur, 2003) que analiza temas de economía y geopolítica del petróleo en el mundo.
La Confederación Indígena de Pueblos del Oriente y la Amazonia
de Bolivia (Cidob), denunció que las compañías hidrocarburíferas
que operan en tierras originarias asumieron una "política de
corrupción y clientelismo" en las comunidades. "Cuando los reclamos
son fuertes, sea por los daños provocados o por la falta de una
consulta pública a los pueblos afectados, las empresas corrompen a
los dirigentes", señala un documento de la organización matriz de
los aborígenes del Oriente y la Amazonia.
En el caso específico de weenhayek que, ancestralmente fue un grupo
solidario y unido, últimamente ha enfrentado problemas de división,
situación que la nueva dirigencia trata de
superar.
Cidob sostiene que, en los casos en que las comunidades se reúnen para presionar a las empresas a que cumplan con compensaciones justas por la utilización de sus territorios y por el impacto que provocan las operaciones, las compañías despliegan acciones dirigidas a dividir a los pueblos.
En Cerdet también informaron que las compañías petroleras llevan beneficios a las comunidades, como la construcción de viviendas, escuelas y tanques de agua. Una de ellas, Transierra, edificó más de 100 casas para la comunidad de Capirandita, citó como ejemplo.
Petrolera niega afectación
La base de datos del Centro de Planificación Territorial Indígena (CPTI), que tiene como fuente de información la Superintendencia de Hidrocarburos e YPFB (datos hasta el 2000), contempla que más de 100.000 hectáreas del territorio weenhayek fue dado en concesión a media docena de petroleras.
La que mayor cantidad de área en concesión tiene es Repsol
(más de 60.000 hectáreas), según esta misma fuente. Sin embargo,
esta compañía negó esa información. "Esos datos son falsos e
inventados", aseguró Miguel Sirbián, gerente de relaciones externas
de Repsol. La empresa informó que afecta sólo seis hectáreas por
donde construye un oleoducto y que, por esos trabajos, indemnizaron
a los weenhayek con $us 17.000, además de otros $us 3.000
entregados a una organización de
pescadores.
En el CPTI, que es la base de datos de la Cidob, ratificaron la
información que tiene sustento oficial (Superintendencia de
Hidrocarburos e YPFB).
Los guaraníes son los más vulnerables
Charagua Norte, una TCO guraní, es el ejemplo más claro del efecto que ocasiona la actividad petrolera en una comunidad indígena. De sus 227.476 hectáreas, 223.188 (el 80%) fueron dadas en concesión a tres petroleras que ingresaron a realizar trabajos de
exploración en 1998.
La comunidad demandó compensaciones sociales para sus habitantes y terminaron enfrentados con las compañías.
En el CPTI informaron de que los guaraníes son los más afectados por las concesiones petroleras (más de un millón de hectáreas tienen actividad hidrocarburífera).
Cifras: En 2003, los weenhayek eran 2
Uru Chipaya: La joya de Los Andes
-Sensible. De los tres grupos urus de Bolivia, los chipayas sobresalen por su resistencia. Es una cultura petrificada, más antigua que la aimara, pero vive arrinconada-
Algo mágico tienen los urus cuyos rasgos étnicos permanecen casi intactos con el paso de los siglos. Más antiguos que la aimara, esta cultura presolar se ha mantenido petrificada en el tiempo y, pese a las adversidades de la naturaleza, uno de los tres grupos urus de Bolivia, los chipaya, está fortalecido.
Los putukus (viviendas en forma de conos típicas de los urus) siguen erguidos en los salitrales orureños y, como hongos, se los ve dispersos en el área rural de Chipaya. Pero el pueblo central ya se urbanizó y cambió su fisonomía; ahí brillan las calaminas, las casas las hicieron rectangulares y les pusieron ventanas con vidrios.
El corregidor de Chipaya, Nicolás Felipe, calcula que hay 1.500 personas en su territorio. No es muy hospitalario porque cree que pierde el tiempo dando información a los forasteros. "Vivimos de nuestro ganadito, sembramos quinua y a veces papa", relató y se excusó de seguir conversando con El Deber porque tenía mucho trabajo (arreglar, con los vecinos, la plaza central del pueblo).
Más acogedor es Francisco Mamani, jilacata de Aransaya, uno de
los cuatro ayllus chipaya. El líder no se hace problemas en tocar
su pututu (cuerno de un animal) para demostrar que es el medio con
el que convoca a los pobladores en caso
de reuniones.
Pese a la solidez de los chipaya, cuya población no crece
aceleradamente pero tampoco merma, no deja de ser un pueblo
arrinconado en una inhóspita parte de la geografía nacional y en
vías de ser asimilado por la cultura moderna.
El territorio chipaya es comunitario; muchos tienen una vivienda en el pueblo y conservan su putuku en el campo, adonde van a pastorear a sus animales y a sembrar cereales.
Los más ancianos se resisten a salir de los ranchos y no quieren saber de cambiar sus tejidos de lana por la ropa de algodón o de nylon; las mujeres siguen haciéndose decenas de simbas en el pelo y, como antes, caminan descalzas. Tampoco han cambiado las condiciones de vida en el campo; los putukus mantienen sus estrechas dimensiones y dentro duermen los chipayas sobre los cueros de ovejas tendidos en el suelo; ahí mismo procesan y consumen sus alimentos y no poseen ningún tipo de mueble. Ni hablar de servicios básicos, en las viviendas rurales, porque no existen.
Los urus suelen recrear mitos, leyendas y fábulas, mediante las que tratan de reconstruir su historia perdida. Anselmo López se ofreció para relatar, brevemente, una de sus leyendas: "Mi abuelo me contaba que nosotros éramos hombres especiales; decía que éramos del agua y que nos convertíamos en ranas. Parece que practicábamos mucha magia", dijo.
El joven chipaya hace mucho tiempo que mudó su atuendo originario, se vistió de camisa y pantalón, cambió las abarcas por zapatos deportivos y cruzó la frontera chilena en busca de trabajo. Lo encontramos visitando a sus padres en uno de los paupérrimos ranchos chipaya.
Históricamente, el territorio en que vive esta etnia lo tiene ganado desde 1572, durante las reducciones del Virrey Toledo, que en esa época creó el pueblo y lo denominó Santa Ana de Chipaya. Actualmente, los chipayas han presentado una demanda territorial de 168.000 hectáreas para su TCO.
De acuerdo a estudios especializados sobre esta cultura, desde
la época de la conquista española fue rechazada y su población
diezmada. El marginamiento y repudio continuó durante la colonia y,
desde la creación de la República, se mantiene
abandonada.
Sin embargo, hay chipayas que trabajan en el rescate de su
identidad, revalorizando sus costumbres, su lengua, sus mitos y su
historia. Una de ellos es Sebastiana Kespi, una indígena chipaya
que, a principios del 50, protagonizó un cortometraje
cinematográfico de contenido antropológico. En esas fechas,
Sebastiana tenía 12 años y ahora pasa de los 60.
"Búsquen a Sebastiana, la de la película, ella trabaja en el
rescate de la cultura chipaya", recomendó el profesor Alberto
Guerra.
Pero Sebastiana no estaba en Chipaya, porque esos días viajó a
Oruro a vender la carne de los corderos que
sacrificó.
Esa chipaya no sólo fue protagosnista de una película, también interpretó papeles importantes en la historia de su comunidad. 20 años después de la filmación de Vuelve Sebastiana, cuando Chipaya quedó anegada debido a una inundación, la mujer, convertida en una dirigente indígena, no dudó en viajar a La Paz, buscar al director del filme (Jorge Ruiz) y pedirle ayuda para su pueblo. Esa vez, la película se volvió a proyectar en beneficio del pueblo uru y Sebastiana retornó con una caravana de asistencia social.
Los chipayas son vistos como un verdadero modelo cultural que está reestructurando su espacio vital, sus creencias, sus prácticas religiosas mezcladas con las cristianas como una muestra de resistencia y lucha contra más de 500 años de opresión, aculturación y sometimiento ejercidos primero por españoles y luego por bolivianos.
Pueblo trilingüe y con bajo analfabetismo
Así como ha mantenido vivos muchos rasgos de su cultura, el
pueblo chipaya tiene un nivel de educación superior al de otras
comunidades originarias de Oruro y del país.
El profesor Alberto Guerra Gutiérrez, en una de sus publicaciones sobre los chipayas, apuntó que la comunidad registra un 10% de analfabetismo. Destacó que sus habitantes se comunican con su lengua originaria, la uru; con sus vecinos, hablan aimara; y, cuando viajan a la ciudad de Oruro, hablan el quechua.
Desde mediados del 80, tienen el colegio "Uru Andino", con los ciclos primaria y secundaria.
Cultura dividida en tres y dispersa
Actualmente, en Bolivia se identifican tres grupos dispersos
que pertenecen a la cultura uru, de los cuales dos están en Oruro
(chipaya y murato) y uno en La Paz (irohito).
Los chipayas son los únicos que, según investigaciones académicas, están fortalecidos, aunque su densidad poblacional permanece estática. Están cerca del salar Coipasa, al sureste de Oruro.
Murato e irohito son grupos suceptibles de desaparecer. Los primeros están luchando contra las adversidades de la naturaleza a orillas del lago Poopó (suroeste de Oruro), vertiente que, por estar contaminada, ya no les provee peces. Los segundos tratan de sobrevivir en el borde del río Desaguadero (hay poca información reciente sobre ellos): históricamente, los irohito fueron los más grandes constructores de balsas de totora y ahora están siendo absorbidos por la cultura aimara. Un grupo irohito que estuvo a orillas del lago Titicaca ya desapareció, probablemente se volvió aimara.
Uru Murato: Vulnerables al embate
-Vestigios. Perdieron su lengua original y poco a poco son absorbidos por los aimaras. Su fuente de vida, el Poopó, está contaminado y disputan territorio con los ayllus vecinos-
Mientras los chipayas están enfrascados en una lucha por reivindicar sus valores culturales y rescatar su identidad, los muratos tambalean, y poco a poco son absorbidos por otras culturas altiplánicas. Hace mucho tiempo perdieron su lengua original y cada vez se asimilan más a los aimaras.
"Nosotros somos la nación uru. Somos una raza pura. No nos hemos mezclado como los aimaras, que son mestizos", puntualizó Dionisio Mauricio Ajhuacho, un murato cincuentón, trilingüe y con experiencia sindical (fue dirigente de la Confederación Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia). Dionisio desató su lengua para hablar contra los ayllus aimaras vecinos del lago Poopó, territorio que, según él, perteneció a sus antepasados. Uno de esos ayllus destruyó su casa que hace unos meses se construyó a orillas del legendario lago. El hecho fue producto de una disputa de tierras con los aimaras.
Dionisio es un ejemplo del destierro que sufre la mayoría de los muratos, que terminaron arrinconados en tierras salinizadas e infértiles, que antes fueron parte del Poopó.
Cuando se refieren a los muratos, investigadores de culturas antiguas comentan que "hoy sólo quedan residuos aimarizados de esta etnia".
El antropólogo y ministro de Asuntos Indígenas, Ricardo Calla, considera que esta cultura está en riesgo. Y el viceministro de Asuntos Campesinos, Ernesto Muñoz, advierte que la etnia está en extinción.
El Deber llegó hasta Llapallapani que es, probablemente, la comunidad más grande de muratos, donde viven unas 450 personas distribuidas en 80 familias. El pueblo fue urbanizado y cambió sus rasgos culturales (las casas son rectangulares y a los pocos putukos les pusieron ventanas y vidrios).
Pescados a cambio de lana, chuño y papa
Definitivamente los muratos tienen una economía de sobrevivencia. Aprendieron algo de agricultura, pero la tierra no les favorece; crían animales para el consumo interno, cazan aves, pero insisten más en la pesca.
"El lago está contaminado, queremos que las empresas culpables lo limpien", expresó Germán Choque, dirigente de Llapallapani.
Una práctica frecuente es el intercambio de pescados por productos que generan los aimaras. "Ellos nos dan lana, chuño y papa a cambio de lo que pescamos", explicó el dirigente.
Araonas: Refugiados para sobrevivir
-Investigación. Fue una de las etnias amazónicas más numerosa de la región. Dos antropólogos dicen que está a punto de colapsarse-
Primero fueron víctimas de las escopetas de los siringueros, que los aniquilaron como si fueran fieras salvajes. Escaparon a lo más impenetrable del territorio boliviano y ahí fueron invadidos por los evangelistas, que los aculturizaron y, por si fuera poco, hace 40 años mermó su población femenina. Desde entonces cayó su índice reproductivo.
Esta etnia, según una compilación histórica fue, probablemente, una de las más numerosas en la Amazonia. Los que la han estudiado estiman que a finales del siglo XIX tuvo unos 40.000 habitantes. Su cultura dejó huellas indelebles en la geografía nacional; prueba de ello son los nombres de afluentes de la región norte de Bolivia (ríos Manuripi, Tahuamanu, Manurimi, Manurape, etc.), que son términos araonas ("manu" quiere decir río).
Originalmente, esta cultura se expandió en el norte de Bolivia y parte de Perú y Brasil. Según el antropólogo Wigberto Rivero, que vivió con los araonas en la década del 80 e hizo una tesis sobre ellos, la tribu fue exterminada por los explotadores de la siringa, que invadieron sus territorios para extraer el caucho.
Dos familias sobrevivientes, que estaban cautivas, escaparon y se refugiaron en lo más recóndito del norte paceño, donde hasta hoy es muy difícil llegar. "Fue una estrategia para sobrevivir", explicó Rivero.
Cuando empezaron a multiplicar su población, un fenómeno biológico los volvió a frenar: en la década del 50 se registraron más nacimientos de varones y la población femenina se vio mermada. El problema se acrecentó debido a la práctica de la poliginia, ya que algunos hombres poseían más de una mujer y otros se quedaban sin pareja.
Chanana Matahua, probablemente el araona más anciano, mueve
las manos en señal de escasez cuando le preguntamos si durante su
juventud había mujeres en la tribu.
Wigberto Rivero fue testigo, 20 años atrás, de este fenómeno. "Conocí el caso de un bebé que nació sin rostro. Fue procreado entre parientes cercanos", relató.
El actual capitán grande araona, Pale Huashima, es una prueba de este fenómeno. "Mis padres son hermanos", contó.
Shanito Matahua, el único profesor bilingüe, realizó un censo
y constató que hay 32 mujeres y 30 hombres adultos actualmente.
Pero varios de los varones siguen practicando la poliginia y eso
ocasiona que algunos se queden sin pareja y sin descendencia,
situación que ha creado disputas y amenazas de muerte entre
ellos.
El antropólogo Juergen Riester cree que la etnia está a punto de
colapsarse. Wigberto Rivero sostiene que la cultura araona no
sobrevivirá.
La influencia religiosa afectó a la cultura
Los religiosos comenzaron a acercarse a los araonas
regalándoles víveres y ropa. Les dejaban las cosas en un
determinado lugar de la selva y luego los indígenas, cuando los
misioneros se iban, las recogían. La influencia evangelista eliminó
gran parte de sus hábitos originarios. La Biblia fue traducida al
araona y tergiversaron su contenido. Incluyeron el nombre del dios
principal de la etnia traducido como "demonio" y al Dios cristiano
le inventaron un término sin sentido, dijo Wigberto Rivero.
Juergen Riester explicó que una de las características de los indígenas es la apertura a otros conceptos religiosos. Esto los ha llevado a la pérdida de sus valores y a la destrucción de sus culturas.

