El Río Grande

Ruben Darío Azogue Molina   Revista Escape, La Razón - La Paz   March 2005

Travesía de dos días en bote por sus rápidos

Dos aventureros emprendieron un viaje de 39 kilómetros entre Tatarenda y el puente ferroviario de Abapó. Las cachuelas, la fauna y el paisaje embriagaron sus sentidos, más allá de lo imaginado.

Esto surgió como surge la aventura, con más carga de entusiasmo que de otra cosa. Un amigo y yo nos propusimos realizar un viaje de 39 km en un bote a remo sobre el Río Grande de Santa Cruz, el mismo que hizo noticia cuando se desbordó en la reciente época lluviosa.

Para tamaña hazaña contábamos con un bote inflable de 250 kilos de capacidad, y los expertos en este tipo de travesías nos dijeron que era muy pequeño para las características del viaje. Pero decidimos arriesgarnos y conseguir navegar la salida del coloso en el sector que atraviesa las últimas estribaciones de la cordillera hacia la llanura oriental.

Como principal precaución, improvisamos un forro para prevenir que se pinche la base del bote y con un par de remos nos fuimos hasta Abapó, donde unos familiares nos esperaban para llevarnos hasta nuestro punto de partida. Arrancaríamos al día siguiente.

Día uno, la partida

Apenas salió el sol, emprendimos la nueva carretera Abapó-Camiri, hasta la localidad de Tatarenda, a 170 kilómetros de Santa Cruz, donde tomamos un camino ripiado de siete kilómetros para llegar a orillas del Río Grande.

No recuerdo cuánto tiempo nos llevó inflar el bote, porque lo único importante era cargar nuestro equipo de campo cuanto antes y empezar nuestra travesía. Y lo hicimos, con la brisa saludándonos en el rostro y la musical bienvenida de las aguas en su cauce.

Íbamos bien acompañados por un equipo de GPS (sistema de posicionamiento global, por sus siglas en inglés) para tener siempre datos de nuestra posición, recorrido y calcular nuestro avance; también llevábamos cartas geográ- ficas para conocer en cada momento nuestra ubicación.

Habíamos calculado navegar todo el día hasta la confluencia del río Rositas que, según nuestros mapas, se encontraba a 26 kilómetros. Nuestros primeros cálculos nos daban un promedio de velocidad de cuatro kilómetros por hora; sin embargo, en algunos sectores el bote se detenía completamente, cuando el viento del norte nos golpeaba la cara. Entonces lográbamos avanzar a remo dos kilómetros por hora, sin imaginar lo que nos esperaba.

La noche anterior, en Abapó, nos habían recomendado bajar del bote antes de ingresar a las cachuelas o rápidos, pero fue imposible, ya que no supimos en qué momento nos encontramos frente a frente con la primera cachuela.

Aquello fue como montar un potro salvaje empeñado en sacarnos del bote. A lo único que atinamos fue a remar para ganar velo- cidad y evitar que las corrientes adversas del oleaje pongan de lado la embarcación o la vuelquen.

Pero las cachuelas eran cada vez más largas y correntosas. Hubo una que por poco nos saca del río. Recuerdo que eran las 15.00 cuando vi a mi compañero sentado en la parte delantera del bote, como quien se encuentra parado al borde de una enorme grada. Bajamos de ella, sí, pero estrepitosamente.

La corriente, cada vez más rápida, nos dio tiempo para prepararnos para impactar contra una pared de roca en una de las tantas curvas del río. Sin embargo, faltando unos cinco metros, el agua que rebotaba en la piedra también nos frenó y nos hizo perder el control, haciéndonos girar en un remolino.

Los rápidos se sumaron uno a uno, alternándose con tramos de aguas mansas en donde aprovechamos para fotografiar y filmar las aves que parecían acompañarnos volando a nuestro alrededor; garzas, espátulas, batos, cigüeñas y algunos pequeños halcones eran comunes.

Llevábamos más de cinco horas remando y aún faltaban unos seis kilómetros para llegar hasta el río Rositas. Cansados, pero alertas, fuimos recompensados con los paisajes que el río y su entorno nos regaló a la vuelta de cada meandro.

Cerca de las 17.30 nos encontramos con el cauce del Rositas. Aún nos quedaba una hora y media de luz, pero decidimos acampar, tal y como lo habíamos previsto.

Día dos, meta cumplida

El río Rositas tiene aguas cristalinas y una temperatura agradable. El anterior había sido agotador, pero este nuevo día amaneció con el canto de las aves, como augurio de una jornada feliz.

Después de nuestra partida, habíamos navegado el sector en que las corrientes danzan de sur a norte en medio de dos serranías: Yatehurenda al este y San Marcos al oeste. En medio de ellas, el Río Grande se abre paso hasta la confluencia del Rositas, donde cambia su rumbo hacia el este, atravesando la serranía de Abapó, en medio de paredes de más de 50 metros de alto en algunos tramos.

Allí no existen playas, el río es más angosto y más correntoso. A decir verdad, las cachuelas del día anterior habían sido juego de niños en comparación a las que encontraríamos en este tramo de apenas nueve kilómetros.

A escasos metros de nuestra partida -que ocurrió poco después de las 6.00- nos encontramos con una cachuela de unos 200 metros de longitud, algo suave para lo que nos esperaba.

El río nos dio un impagable margen de aguas tranquilas, donde las golondrinas y otras aves nos recibían revoloteando sobre nuestras cabezas, planeando en medio de las paredes de piedra que se erguían a nuestros costados con sus formas impresionantes.

El murmullo del agua nos anunciaba la cercanía de los rápidos que atravesamos con la pericia ganada en la víspera.

Cerca de las 10.00 llegamos a la puerta del río, es decir, a donde el Río Grande sale de la serranía hacia la llanura. Aquí nuevamente el cauce se empieza a ensanchar y disminuye la velocidad.

Nos quedaban tres horas para llegar hasta Abapó, según nuestros cálculos. El cansancio intentaba hacernos presa, pero debíamos afrontar estos últimos 11 kilómetros y seguir remando.

Al fin, cerca de las 13.00 divisamos el puente ferroviario de Abapó, nuestro destino.

Nuestra meta se había cumplido. En Abapó y Tatarenda nos comentaron que este mismo recorrido lo realizan cazadores que bajan el Río Grande atrapando todo lo que a su paso encuentran.

Lo único que se me ocurre pensar es que la maravillosa avifauna y paisajes de la zona podrían ser más que suficientes para declarar la serranía de Abapó como un área protegida regional, tal cual lo son las Lomas de Arena en Santa Cruz.

Mientras eso ocurra -si ocurre- me queda acariciar la idea de nuestra próxima travesía: navegar las correnteras entre el Vado del Yeso y Tatarenda.