Los guácharos: Esos negros barones de las cavernas
Alex Ayala Periódico La Razón - La Paz December 2004
Junto a vampiros y murciélagos, mantienen el equilibrio natural en
el Parque Nacional Carrasco. Razón de más para reírse de los mitos
y leyendas que se tejen sobre ellos.
Hubo un tiempo en que las luminarias se prendían gracias a la
grasa de los guácharos. En el Chapare no había luz eléctrica y los
candiles quemaban aceite a manos llenas. Hubo un tiempo de
vampiros, en el que los niños aparecían por las mañanas con sus
caras aderezadas por un baño de sangre. Hubo un tiempo en el que el
hombre persiguió a guácharos y murciélagos. Hubo un tiempo de caos,
en el que los barones de la noche casi desaparecen.
En las Cavernas de Repechón, a 13 kilómetros de Villa Tunari, los
guácharos (Steatornis caripensis) anidan ajenos a este pasado que
casi los extermina. Son los únicos pájaros de hábitos nocturnos en
el mundo que se alimentan de frutos silvestres. Sus ojos son
fluorescentes y profundos. Y sus graznidos parecieran extraídos de
las entrañas del infierno.
Hoy sobreviven en el corazón del Parque Nacional Carrasco, un lugar
privilegiado por una biodiversidad grandilocuente, donde se dan
cita más de 300 especies de aves, más de 300 de helechos y más de
300 de orquídeas. Con una de las humedales más altas de Bolivia,
los guácharos han encontrado allí su sitio. Y sus cuevas, porque
nada podrían ser sin ellas.
Los hábitos del guácharo
Empujado por el rumor del río, un grupo de curiosos se acerca a las
cavernas. Desde el campamento del Servicio Nacional de Áreas
Protegidas (Sernap) la caminata es de un kilómetro y medio. Tras
cruzar las aguas por roldana -deslizando una cabina metálica
por dos cables de acero-, Edwin Jaimes Fernández, guardaparque,
conduce a los turistas. A veces le acompaña gente de Kawsay Huasi,
una empresa de turismo comunitario que reúne a comunarios de siete
poblaciones de la zona, que cobra por visitante de tres a cinco
dólares.
Edwin viste pantalón y camiseta de batalla. Por la senda, un
empedrado bien cuidado, se cruzan las lianas. A su alrededor, los
helechos, los palo santo y las palmeras, entre otras especies, se
estiran hacia el cielo. Cuando el canto de los guácharos ya
acribilla los oídos, el suelo cambia. Y una gruesa capa con
cáscaras de nueces de las palmas y otras semillas de árboles
forestales hacen que cada pisada parezca que resbala por una
esponjosa alfombra.
Los guácharos, orientándose con su propio eco, salen por su comida
en la noche. "A eso de las seis y media -explica Edwin-. Lo primero
que hacen es sobrevolar la entrada de la gruta. Entran y salen
hasta que se van alejando poquito a poco y pueden recorrer hasta 80
kilómetros en busca de alimento". Cuando lo encuentran, arrancan el
fruto en vuelo con su pico ganchudo y lo engullen entero. Digieren,
únicamente lo comestible. Mientras, la semilla, intacta, la
escupen, la regurgitan. "Realmente son excelentes dispersores de
semillas".
En el Parque Nacional Carrasco viven unos 3.000. En el resto de
Sudamérica, pocos más. Sólo se conocen algunos miles en Perú,
Venezuela, Colombia, Ecuador y las Guyanas. "Es un ave endémica,
que casi desaparece porque fue perseguida por su carne y su
grasa".
El vuelo nupcial de invierno
Ahora el asunto parece haber cambiado. Se las protege hasta el
punto de que un cartel avisa de lo que les hace daño. "Está
prohibido enfocar con las linternas y el uso de flash en las
cavernas. Se ruega no alzar la voz", reza el mismo. De costumbres
emparentadas solamente con la noche -no por nada los llaman
vulgarmente luceros nocturnos-, los guácharos elaboran sus pequeños
nidos en los salientes de la roca utilizando sus propios
excrementos.
En ellos cada uno pone de dos a cuatro huevos. "En la incubación,
que demora 33 días, intervienen macho y hembra. Y probablemente, en
un vuelo nupcial, se aparean durante la migración que realizan en
invierno, en el mes de julio. No sabemos a dónde van, pero pensamos
incluso que los más viejos aprovechan morir en ese viaje, pues
apenas hemos visto guácharos muertos en las cuevas", sostiene Hugo
Vargas, otro guardaparque.
Los que no perecen en la travesía, lo hacen a veces por las garras
de los rapaces, sus enemigos íntimos, pero son los menos. Bajo el
ala de los guardaparques, el graznido de los guácharos se siente
cada vez menos tullido en los límites del Carrasco. Y sus sombras,
tibias, se cruzan entre los contraluces de la boca de la
caverna.
Desvistiendo los mitos
En las cuevas la entrada es restringida: no más de 30 personas al
día, sin más implementos que sus linternas y sus botas. En algunas
de las grutas conviven guácharos y murciélagos cual si no pasara
nada. Comparten el espacio además con otros seres: anfibios,
protozoos, arañas, escarabajos, peces diminutos, lagartijas de
agua, ranas de panza transparente...
Mientras, los pequeños riachuelos son una constante bajo las
pisadas cautas de los visitantes. Por encima de sus cabezas los
murciélagos cuelgan moviendo sus manos de manera revoltosa. Y Edwin
le da rienda suelta a su pasatiempo favorito: desvestir los mitos.
"Ni todos chupan sangre ni son ratones que vuelan ni son ciegos
-reconoce-. De las 110 especies que tenemos en Bolivia sólo el tres
por ciento son vampiros. ¿Cómo reconocerlos? Normalmente son los
que no tienen cola ni una ojuela nasal, como banderita, encima de
la nariz. Tienen, además, dedos pulgares más desarrollados, lo que
les permite incluso arrastrarse para rastrear utilizando sus alas
como patas, cosa que los murciélagos no hacen".
Actualmente, el miedo a los "chupasangre" es injustificado. Aunque
pueden ser portadores de la rabia, sólo uno de cada 1.000 la tiene.
"Y antes atacaban al hombre porque no había tanto ganado doméstico,
pero ahora se ensañan con los corderos, las vacas y las gallinas".
Detectan la parte más caliente de su presa con los termosensores de
sus labios, dan un mordisco y absorben como chisguete hasta
saciarse gracias a su lengua y su labio leporino.
Como la herida no coagula, eso ha sido una señal durante décadas
para los comunarios del Chapare, quienes reconocían a su atacante
por el hilo de sangre que quedaba. Durante años eso ha sido la
perdición de los vampiros, pero también de los murciélagos, pues
los exterminaban a todos quemando las cuevas que habitaban. Hoy,
sin embargo, las cosas ya no son así. "Aprovechando la sociabilidad
de los vampiros, que limpian a sus compañeros de retorno a la
caverna, se ha optado por pasar por la espalda de alguno de ellos
vampicida, para acabar así con todo el grupo sin afectar a las
especies no perjudiciales de murciélagos".\
De profesión: murciélago
En la caverna, entre tanto, es muy fácil detectar a los vampiros.
"Sus heces son del color de la sangre coagulada", señala Hugo
Vargas. Las de los murciélagos, en cambio, adquieren los tonos de
los frutos que degluten. Por lo que bajo las cabezas colgando uno
puede deducir a qué especie pertenecen. Y en el Carrasco se agrupan
por lo menos unas 45 de ellas.
"No sólo viven en las cuevas -apunta Edwin-. También debajo de
hojas grandes y largas, en troncos huecos, grietas, minas
abandonadas, puentes e incluso en los entretechos de las casas". En
Bolivia pueden encontrarse fácilmente en Yungas, bosques tropicales
y sabanas. En el Chaco, la Chiquitania y el altiplano, por contra,
existen menos ejemplares.
Eso se nota, pues en los lugares donde hay miles cumplen una
función privilegiada. "Los carnívoros comen pequeños animales
manteniendo el equilibrio natural del ecosistema; los insectívoros
pueden cazar hasta 1.200 mosquitos por hora, lo que ayuda a
combatir plagas y controlar ciertas enfermedades; los frugívoros
dispersan las semillas por el bosque reforestándolo; y los
nectarívoros forman parte del proceso fundamental de
polinización".
Tan sólo una mínima parte se alimenta de sangre, los conocidos
vampiros. "Pero incluso éstos se usan en investigaciones
científicas y sus encimas anticoagulantes se emplean en el
tratamiento de enfermedades cardiacas". Son ellos los que dan a
todos mala fama.
Aunque más peligroso que el exterminio directo que a veces sufren,
resulta destruir su hábitat. Colonizaciones como las que recibe el
parque en su parte norte son ahora una de las amenazas más
importantes que agobian a los murciélagos, los únicos mamíferos que
vuelan del planeta. Otros factores, como la tala ilegal, la pesca
con dinamita, la minería, el turismo no regulado y la caza furtiva,
también se están alzando contra los bosques tropicales.
No hay que descuidarse. De las 110 especies de Bolivia, una está en
peligro de extinción, ocho son vulnerables y otras 67 resultan
potencialmente vulnerables. Pero al menos tienen quien les vele.
Guardaparques y biólogos se han unido y un programa -el Programa
Para la Conservación de los Murciélagos de Bolivia (PCMB)- trabaja
en pos de su conservación.
¿Suficiente? Dejemos hablar mejor a guácharos y murciélagos, los
barones de la noche, como hizo Conservación Internacional en un
documental: "Vivimos en estas cuevas, en la oscuridad, tanto tiempo
que ni siquiera se sabe. Cada día se van algunos de nosotros. Los
más antiguos nos preguntamos si los volveremos a ver. Dicen que más
allá de las montañas estaban las palmeras, pero vinieron los
hombres y las cortaron. Ahora nuestro vuelo es cada vez más lejano.
Tal vez es hora de irse. No sé, depende de lo que suceda. Lo que ya
no podemos evitar es que los guácharos más jóvenes no preguntan,
simplemente se van...".
El Parque Nacional
El Parque Nacional Carrasco se encuentra al este del departamento
de Cochabamba, limitando a su vez con el Parque Nacional Amboró,
ubicado éste en el departamento de Santa Cruz. Administrado por el
Servicio Nacional de Áreas Protegidas y 18 de sus guardaparques, su
extensión es de más de 622.000 hectáreas. Creado en 1991, alberga
en su interior a cerca de 3.000 especies de plantas y 383 especies
de animales registrados en siete pisos ecológicos y distribuidos en
altitudes que van de los 4.700 a los 280 metros. Alrededor del área
protegida, un edén para el turismo, viven 180 comunidades entre
originarias y campesinas.
La carpa
La Carpa Verde es una herramienta de educación ambiental
desarrollada por la organización no gubernamental Conservación
Internacional para que los niños que habitan cerca de las áreas
protegidas entiendan y aprendan sobre la importancia de proteger la
naturaleza.
En el Parque Nacional Carrasco, Rodrigo Terquino es una de los
guardaparques encargado de ponerlo en práctica. Para él la
experiencia es única. "A los niños se les enseña con juegos, con
materiales elaborados por artesanos de la zona. Ya hemos trabajado
con 2.000 pequeños visitando más de 35 comunidades", explica.
En el Carrasco, fauna como los guácharos y murciélagos es ya
respetada por los pequeños que han entendido su importancia en la
naturaleza.

