Bichos nuevos soldados contra plagas

Francisco Mendez Vedia   Revista Extra (El Deber) -Santa Cruz de la Sierra   June 2004


A 60 kilómetros de Santa Cruz, un laboratorio maneja cuatro tipos de hongos y un gusano. Son los biorreguladores, es decir, bichos que atacan a otros bichos. A fin de mes se inaugurará un centro de convenciones que recibirá a científicos de la subregión. También se prepara el banco de germoplasma más completo de Bolivia.

Los laboratorios brasileños son avanzados, pero trabajan con tres biorreguladores. Bolivia utiliza cinco variedades. Ya se abrieron paso entre los agricultores. Además del precio reducido, no dañan el medio ambiente.

Doña Beauveria tiene pocos amigos. Vive en el campo, esperando siempre que alguien aparezca. La odian por su detestable costumbre de encaramarse encima de cualquier bicho que le gusta. Es su naturaleza. Qué más se podía esperar de un hongo que vive en el suelo. Lo interesante de este hongo es que en su dieta están los picudos de la caña, el camote y el guineo; la broca del cafeto; la mariposa de la col.

Estos bichos, detestados y temidos por los agricultores, pueden arruinar una cosecha de soya, papa, maíz, frejol y fruta. Sería interesante que todos los hombres de campo pudieran contar con doña Beauveria bassiana (su nombre completo, es decir, el científico) para controlar esas plagas. El problema es dónde encontrarla en cantidad suficiente y convencerla de que se reproduzca y trabaje en un cultivo.

Se sabe que ella vive en cualquier suelo que no haya sido afectado por plaguicidas. Félix Durán, agrónomo de Probioma (Productividad, Biosfera y Medio Ambiente) sabe cómo encontrarla. Con su ojo entrenado, busca petillas, picudos o piripintos atacados por doña Beauveria. Generalmente están muertos y lucen como si les hubiera caído una nevada. Sólo que la nevada está formada por los microscópicos hijos, nietos, bisnietos de la voraz Beauveria. Félix coloca el insecto en un frasquito esterilizado y se lo lleva al laboratorio, ubicado a 60 kilómetros sobre la antigua carretera a Cochabamba.

Ahí separa el hongo del insecto muerto y le da de comer. Esa 'comida', en la jerga laboratorial, es un caldo de cultivo. Hay varios de esos caldos que a los hongos les resultan irresistibles. Tienen melaza, miel, carbohidratos, proteínas, vitaminas. Con tanta comida, comienzan a reproducirse. Hay que tener cuidado al servirles esa 'comida', llamada también sustrato. El caldo se prepara en el laboratorio, un reluciente edificio de una planta.

Por fuera luce como una casa común, pero por dentro, está lleno de pasillos y pequeños cuartos. Hay exactamente 25 puertas. Luego se verá por qué.

Con el sustrato esterilizado en hornos y autoclaves, queda ahora hacer la siembra. Y ésta consiste en colocar los microorganismos en un frasco con un líquido, que se agita en una zaranda durante siete días. El batido, llamado también inóculo, tiene la finalidad de que la reproducción se haga en todas las partes del envase, no sólo en la superficie.

Una vez que los hijos de doña Beauveria se reproducen mediante esporas, se los lleva a una sala que se mantiene caliente y con una humedad de 70%, es decir, pasan un período de vacaciones de siete días, tendidos en bandejas. Ahí, las esporas se secan.

Ya sólo falta interrumpir las vacaciones, llevando el contenido de las bandejas a un tamiz, esta vez para separar las esporas. Muchas se han transformado en conídeas, que es la forma que ataca a los insectos.

Después del tamizado, el resultado es un polvillo verde. Ese polvillo se pesa, se envasa en un frasquito con algo de líquido, se coloca una etiqueta y ¡listo!, el Probiobass está en condiciones de que el agricultor lo ponga en su mochila de riego y lo aplique sobre el arroz o caña de azúcar o cualquiera de los 13 cultivos que protege.

Basta un frasquito pequeño para 20 litros de agua. Cada uno cuesta Bs 8. La ventaja es que los hijos de doña Beauveria se quedarán a vivir en esa tierra, eliminando cualquier picudo o petilla que llegue a aparecer en el campo.

Otro de los soldados contra las plagas que vive en el suelo boliviano es el Metarhizium. Controla al insecto que produce el salivazo de la caña, una plaga que disminuye la cantidad de sacarosa en la planta. Ocho son los enemigos que huyen de este hongo.

Un arma muy especializada es el Tricoderma. Este tercer hongo tiene la particularidad de luchar contra otros hongos. Es muy agresivo. Se aplica en raíces, tierra de almacigueras y hojas.

Con este procedimiento, el llamado mal de almacigueras, el pasmo amarillo y el pasmo negro se mantienen a raya. Todos estos detalles han sido una gran novedad para Ileana Toraño, microbióloga cubana que hace tres años trabaja en Probioma, que hace 14 años investiga a estos biorreguladores. Y eso que en su país se conoce el control biológico de plagas, aplicado a la caña, cultivo estrella de la isla, y al maíz.

El soldado más agresivo del arsenal biológico es un gusano microscópico. Es un enemigo mortal de los insectos como el gorgojo de los Andes, la tucura y los picudos.

Ni bien siente a un gusano cogollero o a un gusano medidor, lo invade. Se reproduce dentro del gusano o insecto hasta que lo mata. Luego perfora el cuerpo y sale, listo para seguir invadiendo. Este nematodo hace quedar como un plagiador a Ridley Scott y su Alien.

Orlando Sandoval, técnico del laboratorio, es el encargado de mimar al violento nematodo. Cría polillas para alimentarlo con sus larvas. En tres días, los gusanos se reproducen dentro de las larvas, que, según el criador, tienen un sabor dulce. Al tercer día, cuando las larvas están tiesas y negras, Orlando las abre y sale a borbotones un líquido amarillo, plagado de nematodos que, en el microscopio, se ven como fideos cortos con puntas filosas. Pone unos cuatro millones de gusanos en una esponja, que sella en una bolsa plástica.

El agricultor exprime esa esponja en su mochila llena con 20 litros de agua. Bastan diez esponjas para una hectárea. El nematodo ha mostrado que, en 48 horas, puede matar al 70% de la plaga. Es el único biorregulador capaz de moverse en el suelo, encontrar los insectos, parasitarlos y matarlos. Un verdadero comando entrenado.

En un ambiente del todo lejano al recogimiento científico del laboratorio, trabaja Gilberto Rojas. Es asesor de ventas de DBI (Distribuidora Boliviana de Insumos), una empresa que instaló su espacio de atención al cliente de forma parecida a la redacción de un periódico. Rojas dice que desde hace dos temporadas se está usando el hongo trichoderma. Ha tenido éxito. Los soyeros lo prefieren porque un fungicida tradicional funciona durante 30 días, y el trichoderma controla el cultivo durante todo el ciclo.

Además, es más barato. Según los cálculos de Rojas, el Vitabax puede costar $us 3,6 por hectárea. Con el hongo, el precio se reduce a $us 1,8 por hectárea. Eso, sin contar que se evitan los daños a la microflora y la microfauna benéficas del suelo.

Hace más de tres años que Rosa Rueda también hizo números y llegó a la conclusión de que este sistema le conviene. Tiene una huerta en El Salao, comunidad de las estribaciones del Amboró.

El paisaje es una postal con cerro, río cristalino de aguas salobres, árboles frutales y cultivos. Rosa tiene la sonrisa franca pero curiosamente tímida. Se interna en su chacra y entre espinaca, perejil y zanahoria, cuenta que cada lunes envía su producción a la ciudad. Le pagan bien. Mejor que cuando usaba químicos.

En la parcela de pruebas de Probioma hay una réplica de las condiciones en las que trabaja el agricultor de la zona. La parcela intercala cultivos de hoja con los de raíz, en lo que se llaman asociaciones. De esa manera, algunas plantas que exudan sustancias repelentes de insectos pueden proteger a las otras.

En ese mismo lugar están las almacigueras y la caja donde se va poniendo a punto la gallinaza que se usará para el fertilizante.

Uno de los abonos para hojas que se utiliza en la zona es un preparado que incluye chacaguano. Según el 'ranking' de abonos, es el más rico en proteína, por lo tanto, el más eficaz. El chacaguano es el estiércol de hormiga. Estos insectos, explica el agrónomo Oscar Ichaso, tienen un agujero donde depositan los hongos, otro para el estiércol y otro para la basura. Después del chacaguano siguen en efectividad el estiércol de gallina, el de ganado bovino, el equino y el del conejo.

También hay un caldo sulfocálcico, que puede controlar la leprosis y la cancrosis de los cítricos. Rosa Rueda lo usa con frecuencia. La cancrosis, que mancha el fruto con pequeños puntos oscuros, no impide consumirlo, pero poco a poco va debilitando a la planta, que va soltando los escasos frutos que produce hasta que muere a los tres años de haber sido infectada.

Esta enfermedad llegó desde Brasil hasta San Julián. La trajeron agrónomos bolivianos que trataban de introducir variedades de cítricos. La cancrosis viaja no sólo en las frutas, sino en las ropas de quienes tocaron frutos infectados.
San Luis es una de las 62 comunidades que utilizan sistemas orgánicos en sus cultivos. Hay 300 hectáreas de cítricos y 700 de caña. La soya orgánica llega, según los registros de Probioma, a 400 hectáreas, y la superficie en la que se aplica en combinación con los sistemas tradicionales, llega a 24.000 hectáreas. San José, La Victoria, San Isidro, son otros lugares donde en los últimos años ha ganado terreno el cultivo orgánico.

Paradójicamente, al frente de la casa de Rosa Rueda, la familia de Ana Colque no conoce estas ventajas. Quema su chaco, lo cual es un pecado en agricultura orgánica, que aprovecha todo para fabricar compost. Usa el peligroso metamidofos, que puede causar visión borrosa y espasmos musculares.

No usa protección para aplicarlo y deja los envases en el campo. "Tal vez use esos otros venenos si son más baratos. Ojalá no sean tan simples", dice, demostrando con sus palabras que ha recibido la herencia de cuarto siglo de aplicar plaguicidas, receta de la ahora cuestionada 'revolución verde'.

Cómo opera un 'caza insectos'

El primer paso empieza en el campo, donde se buscan insectos atacados por algún hongo. También se busca en los cultivos que ya han sido afectados.

El segundo paso consiste en colocar el insecto enfermo en un frasco esterilizado.

El frasco es llevado al laboratorio. Ahí se separa el hongo, con metodologías de aislamiento.

Los expertos preparan un caldo de cultivo con vitaminas y proteínas. Colocan el hongo en ese medio, para favorecer su reproducción.

Cuando el hongo se reproduce, es observado nuevamente. Los investigadores deben estar seguros de que se trata de la variedad que buscan. Lo hacen basándose en un estudio morfológico. Dentro de poco, se piensa en usar la marcación molecular.

Se aplica el hongo a insectos sanos para probar su efectividad (virulencia).

Las muestras se almacenan a temperaturas bajas. Pueden estar activas hasta dos años, si están correctamente almacenadas, a 4 grados de temperatura.

Para la multiplicación se utilizan equipos que protegen de la contaminación bacterial, como la cámara de flujo laminar. En la reproducción no haymanipulación genética ni uso de productos sintéticos que alteren las características naturales. Una vez llevado acabo este proceso, con la ayuda de equipos de microbiología, se separan las esporas y se lleva a cabo una formulación en líquido de acuerdo a las necesidades de los usuarios en los distintos cultivos ya sean hortalizas, cítricos, soya, café, cacao, caña, frutales y otros.

Las conídeas quedan sueltas. Se envasan en frascos.


La avispa mimada en El Vallecito

En El Vallecito, centro de investigación de la Universidad Gabriel René Moreno, Fernando Copa cría la diminuta avispa tricograma. Mide menos de un milímetro, lo que le permite poner sus huevos en los huevos de otros insectos como el cogollero del maíz. La avispa fue introducida por los cañeros en la década del 70. Los huevos se colocan en un papel, que luego se introduce en un frasco. Cuando las avispas eclosionan, en 24 horas, se abre el frasco en el cultivo. La avispa atacará los huevos de la plaga inmediatamente.

Vallecito también está trabajando con hongos como Beauveria bassiana, paecilomyces, trichoderma y metharizium. Aún no tiene un producto comercial.

Centro de convenciones con banco incorporado

Las habitaciones del centro de entrenamiento en biodiversidad y biotecnología que será inaugurado a finales de mayo, tienen nombres de frutas tropicales: guapurú, maracuyá, quitachiyú. El baño para damas se llama cayú y el de varones ocoró. El diseño, elaborado por el arquitecto Hugo Daza, combina la teja colonial con el acerado cuchi, usado en las columnas. A su sombra se reunirán científicos de todo el continente para hablar de control integrado de plagas, ecoturismo, biorreguladores, fertilizantes naturales y abonos sin químicos. Dieciocho podrán hospedarse al mismo tiempo.

Cuando despierten, lo primero que verán será el banco de germoplasma más completo de Bolivia.

El germoplasma es la parte entera de una semilla. Un banco de germoplasma es una reserva natural de semillas nativas. Según el agrónomo Oscar Ichaso, con la hibridación y el uso de transgénicos, varias de estas semillas se están alterando. Maíz, frejol, soya y tubérculos estarán en ese banco. El Programa de Investigación de la Papa (Proinpa), por ejemplo, tiene registradas más de 220 variedades de este sabroso tubérculo. Realizó el trabajo con instituciones como la Universidad Politécnica de Madrid, con fondos de la Comunidad Económica Europea (CEE), apoyo de Overseas Development Administration (ODA) y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), entre otras.