Castaña: El color de la esperanza en Pando
Francisco Mendez Vedia Revista Extra (El Deber) - Santa Cruz December 2004
Brasil ha sido superado por Bolivia en la exportación de castaña.
La almendra boliviana satisface el 80% de la demanda internacional.
El vecino vende menos de 7.000 toneladas, mientras que Bolivia se
acerca a las 20.000. Es el segundo rubro después de la soya
Esperábamos encontrar, en las comunidades castañeras que rodean la ciudad de Cobija, a gente explotada, maltratada y engañada. Y la hay. Más de 5.000 familias, es decir, 35.000 personas, se movilizan cada año en las regiones castañeras de la capital pandina y Riberalta. La palabra que las reúne suena como un antiguo latigazo: ¡zafra!
Pero también encontramos una sorpresa: hay gente que se está organizando. Buscan contacto con los compradores internacionales y exigen un mejor precio por su producto. Antes, les pagaban Bs 8 por una caja de almendras. Ahora que están mejor informados, reciben hasta Bs 300. Así de injusto era el trato.
Para tener una idea del área del territorio nacional dedicado a
la castaña, se puede mencionar la fantástica cifra de 100.000
kilómetros cuadrados, es decir, más del doble de la superficie de
Holanda. En ese extensa área amazónica crece un gigante llamado
Bertholletia excelsa. La ansiedad que este gigante verde tiene por
el sol lo lleva a extender sus ramas a más de 20 metros de altura.
Incluso llega a superar los 50 metros.
Junto a la mara, el bitumbo y el majo, el castaño es uno de los
reyes de la inmensa floresta. Suele haber un árbol por hectárea,
aunque no es raro que, sobre todo en la Amazonia boliviana, haya 13
por hectárea.
Este 'extraño de tronco largo' demora tres décadas en madurar y empezar a dar su fruto. En realidad, lo deja caer. Es imposible para los hombres, enanos inermes cuando están en la selva, trepar hasta su mayestática altura para recolectar los cocos. Cada uno pesa hasta dos kilos y se convierte en un arma mortal cuando cae. Las historias de recolectores que murieron con el cráneo destrozado o de quienes sufrieron fracturas no son meros cuentos. Esos accidentes siguen ocurriendo en el norte amazónico.
Dentro de cada coco, que debe ser partido a machetazos, hay unas 30 semillas. Esas semillas blanquecinas, cubiertas por una delgada capa marrón, esconden el precioso selenio, capaz de evitar el cáncer. Tiene un 20% de proteínas de primera calidad, además de hierro, calcio, fibras, grasas y carbohidratos.
Un descubrimiento realizado hace siete años comenzó a impulsar aún más el consumo de nueces. La Universidad de Harvard presentó en la Asociación Americana del Corazón un seguimiento detallado de lo que habían comido 22.000 médicos durante once años. El informe fue contundente: "A mayor consumo de nueces, menor riesgo de muertes súbitas y ataques cardíacos", fue la conclusión del extenso estudio.
La poco amable cara de un hongo
Si bien el selenio de las almendras puede evitar el cáncer, las aflatoxinas que desprenden dos hongos que viven en la selva pueden provocarlo. Aspergillus flavus y Aspergillus parasiticus son dos nombres que causan terror entre los productores y entre los compradores de Europa y Estados Unidos.
La ventaja es que el hongo suele invadir una semilla y 'olvidarse' de otra. Así, cuando se retira la semilla invadida, la posibilidad de que haya menos infección baja considerablemente. El problema ha sido ampliamente estudiado por Jonathan Williams y David Wilson, dos investigadores de la Universidad de Georgia.
Por eso, cuando se visita la beneficiadora Tahuamanu, que es la más grande del país, el gerente Carlos Molina no pone precisamente cara de buenos amigos. Cualquiera puede ser portador del hongo. Desde que llegan los camiones brasileños y bolivianos con almendras sin pelar, empieza la selección en grandes cilindros construidos por los técnicos y mecánicos de la Tahuamanu.
Durante el proceso de selección manual, los trabajadores llevan barbijos, que protegen a la castaña del ubicuo hongo y al trabajador del polvillo que desprende la cáscara. Para ingresar al lugar donde otro grupo selecciona las almendras ya peladas, el procedimiento es riguroso. Se registra al visitante, que debe vestir una indumentaria especial, libre de gérmenes. Antes, es necesario ducharse.
El quisquilloso mercado internacional, que compra a esta empresa 50.000 cajas al año o 3.000 toneladas, bien vale una ducha. Lo mejor es fotografiar a los empleados, que trabajan bajo luces de neón, desde afuera, a través del vidrio.
En los patios de la empresa hay montañas de cascarilla de almendra. Literalmente, montañas. Esta materia prima se ha acumulado durante años, sin otro uso que quemar la cuarta parte para emplear el vapor y el calor durante el beneficiado. Ahora, la cascarilla se usará como biomasa, es decir, se pondrá a fermentar para que genere un gas que, a su vez, se convertirá en energía eléctrica. "Estamos hablando de 700 kilovatios por hora". Esa cantidad de energía es suficiente para abastecer a dos familias de cinco miembros durante un mes.
En Riberalta, en cambio, hay interés en el carbón activado. Ese carbón sirve para filtrar agua. Es uno de los mejores filtros. Actualmente, se importa de Estados Unidos. Con la cascarilla de castaña se tendría un carbón activado de primera calidad.
Creció y sigue creciendo
A sus 99 años, Cobija sigue joven y está más hermosa. Aún es
complicado llegar a ella, porque es necesario volar desde La Paz.
Pero ya no se tardan 28 días en llegar, cruzando selvas y
remontando ríos, como ocurría durante la primera mitad del siglo
pasado.
Durante su época de esplendor, hacia 1925, tenía 3.000 habitantes,
según el escritor Carlos Saavedra. Hasta la década del 70 seguía
con la misma población. Con el auge castañero, saltó a 10.000 en
1990 y ahora tiene 30.000 habitantes. Después de El Alto -la
segunda ciudad más joven de Bolivia-, Cobija es la que más crece en
el país. Su ritmo de 8,5% supera al crecimiento cruceño, que es del
6% aproximadamente.
Hasta el próximo año, la capital tendrá el 100% de su población con agua potable y se espera que el alcantarillado llegue al 70%. Todo eso costará $us 9 millones.
Pese a que hay poca gente, su condición de capital de departamento implica que tiene todas las oficinas públicas: renta, aduana, migración, contraloría. Pero no es por eso que al recorrer las calles se observa una inusual profusión de banderas bolivianas. Nuestra bandera flamea no sólo en los edificios públicos, sino en varias casas. ¿Por qué? Se podría decir que por dolor. No debe ser fácil para un departamento perder más de 250.000 kilómetros cuadrados de territorio. Esa fue la extensión que entregó Melgarejo a Brasil, además de lo que se perdió durante la guerra del Acre, en 1903.
El alcalde Miguel Becerra, que ya lleva tres gestiones desempeñando el cargo, dice que el pandino se siente orgulloso de ser boliviano. "Pese a tener un coloso como vecino, mantenemos nuestras costumbres. Hay civismo en Cobija". Lo que no hay es resentimiento. Bolivianos y brasileños cruzan confiadamente la frontera sobre el histórico río Acre. En las fechas cívicas se cantan los himnos de Brasil y Bolivia, y el carnaval en la vecina Brasilea se llena de bolivianos. Para conocer de cerca el trabajo de una familia castañera, hay que recorrer 150 kilómetros desde Cobija. Ahí, en Chivé, espera la familia Quetehuari. El lector encontrará la historia en la página 15.
El bosque de todos
En la selva, los controles fronterizos están ausentes. No es raro que peruanos y brasileños busquen la preciada madera de los bosques bolivianos y se internen en ríos como el Madre de Dios a buscar oro.
Omar Max es uno de los guardabosques que cuida la reserva Manuripi Heath, que en los papeles tiene 850.000 hectáreas, pero en la memoria del guardia llega a 747.000. Su punto de control está ubicado a orillas del río Manuripi. Por ese punto pasan diariamente más de 20 camiones cargados con almendra, autos y motocicletas. Los pontoneros cobran entre Bs. 6 y 30 por cada vehículo. Entre Cobija y Chivé hay que cruzar dos ríos: Tahuamanu y Manuripi.
Omar tiene muchos problemas para hacer cumplir las normas, que estipulan la cacería sólo para consumo y la comercialización de madera en ningún caso. "Reserva nacional de vida silvestre amazónica de Pando" es el nombre completo de este espacio cuyo largo nombre es ignorado en los límites con Perú y Brasil. "La excusa de los peruanos es que no saben si están dentro o fuera del país", comenta. En Porvenir, los comunitarios han decomisado madera boliviana a varios ciudadanos brasileños.
Tres tristes tigres y una yoperojobobo
Ese cuerpecito que está tirado a la orilla de la carretera es un cachorro de puma. Mide un poco más de un metro y si se cuenta la cola, casi dos. Tiene las garras fuertes, la dentadura firme y la mirada perdida por culpa de una bala certera. El huequito en el pecho le permitió caminar herido, tal vez, unos cuantos metros, hasta que fue a dejar su vida en el claro del camino. Contado así, es doloroso. Pero fue más doloroso para Miguel, un recolector de 17 años que recogía almendras dentro de la reserva Manuripi. En algún momento, fue atacado por el más temible de los tigres. "Era un 'pintao'. Esos son más bravos", cuenta Darwin, su amigo. El 'pintao' es el jaguar. La fiera intentaba agarrarlo y él se escudaba en los árboles. Su perro atacaba al felino por detrás, y lo distraía mientras Miguel intentaba hundirle su puñal.
Uno, dos, tres veces hundió el cuchillo en el cuerpo vigoroso del animal. Ninguna herida fue mortal, pero después de una hora, el jaguar se puso a descansar, acezando y mirándolo fijamente. Mientras los músculos alevosos del felino se relajaban, Miguel se alejó, caminando hacia atrás, lentamente.
¿Será verdad, don José Pérez? El ex corregidor de Chivé dice que sí. No sólo eso. A 20 kilómetros de la comunidad, un joven de apellido Iragua fue atacado por un jaguar. Cuando sus amigos lo encontraron, vieron que el animal había devorado la mitad del pecho. Arrastraron unos metros al infortunado y luego lo llevaron hasta su casa. El jaguar los siguió hasta escasos metros de la vivienda.
¿Y las serpientes, don José Pérez? "Aquí en Chivé, a un trabajador lo mordió una yoperojobobo. No había suero, así que le pusimos el jugo de la raíz de una palmerita y se mejoró. Le bajó la fiebre. Él estaba con mujer nueva, una chica Justiniano. A los dos días quiso hacer uso de su mujer y se enfermó otra vez. Cuando a uno lo pica la víbora, tiene que evitar a la mujer por lo menos un mes. A ella le dijimos que no le 'invite' durante ese tiempo".
La gente ha empezado a desaparecer
Unos cuantos números muestran qué es lo que está ocurriendo en Pando. Durante décadas, la caja de castaña se pagaba a Bs 5, 8 y 15. La única vez que aumentó el precio hasta Bs 40 fue en 1997. Desde entonces, bajó hasta Bs 25. Pese a que la gente pasaba su vida trabajando en la recolección, nadie sabía por qué los precios fluctuaban. "Los patrones nos decían que no se podía vender en el mercado internacional", cuenta Juan Carlos Egüez, que desde hace dos años ya no trabaja para ningún patrón. Ahora es cooperativista.
Por un jornal de Bs 20, los obreros tienen que viajar hacia las barracas. Si se atrasan, el transporte contratado por los barraqueros parte. El jornalero debe arreglárselas para llegar hasta la barraca. Con las distancias que es necesario recorrer y la condición de los caminos, no es raro que la gente pierda el transporte, que en la Amazonia es carísimo. (un litro de diésel cuesta Bs 5).
Desde ese momento, empieza a gastar el pequeño adelanto que ha recibido. Son apenas Bs. 1.000, y es el inicio de lo que se llama 'el habilito', tradición iniciada durante la explotación del caucho, a principios del siglo pasado.
Una vez en la barraca, es necesario internarse en la selva y empezar a construir el payol, una estructura de madera con techo de jatata. El piso está elevado del suelo y sobre él se almacena toda la castaña recolectada en el monte. Desde ahí, es necesario llevarla hasta los camiones o tractores que luego partirán hacia las beneficiadoras. Un detalle curioso: los camiones que entran a esas zonas no usan frenos. El barro arruina los tambores de freno.
De diciembre a marzo, este trabajo no se detendrá.
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Excepción. Darwin García explotó durante un mes las tierras de su padre. Con las ganancias, pudo comprarse esta moto que costó más de $us 1.200. Quien no tiene tierra propia, puede recolectar castaña como 'medianero', es decir, dividiendo en dos el beneficio.
Tesoro. Dentro del coco hay hasta 30 semillas. Dentro está la almendra, con su preciosa carga de selenio, proteínas, minerales e hidratos de carbono. Se la usa junto a otras clases de nueces en repostería y en cosmética. El aceite compite con el de oliva. Se usa incluso para fabricar lubricantes de aviación.
Oro. En ríos como el Madre de Dios, abundan las barcazas explotadoras de oro o 'garimpos'. Peruanos y brasileños entran al territorio nacional a buscar el metal precioso. También extraen madera.
Transporte. Esta barcaza lleva más de 3.000 bolsas de castaña. Pilar Marupa y Luis Chono la cuidan para una empresa. Hace 20 años recorren el río Madre de Dios.
Cuidado. Las beneficiadoras abren los ojos para evitar las aflatoxinas, un cancerígeno dejado por un hongo
Perjuicio. Así queda la floresta cuando se introduce el ganado. Una hectárea de bosque rinde más que una con vacas. Peruanos y brasileños no respetaron su bosque
Comunidad de la selva al gran mercado
El edificio no es nuevo. Tiene por lo menos 20 años. Hay dos grandes salas y enorme depósito donde Fernando Fernández está viendo televisión. Lo rodean cientos de sacos de castaña. En ese lugar reside la esperanza de mejores días para los castañeros de Pando: Coinacapa, que significa Cooperativa Integral Agroextractivista de Campesinos de Pando. Su sede es Porvenir, pueblo cercano a Cobija.
Siempre existieron cooperativas en Pando. Ese viejo edificio perteneció a una de ellas. La diferencia con Porvenir es que ésta sí ha empezado a funcionar y el edificio antes vacío está ahora lleno de actividad.
En 2001, cuando empezó a formarse la cooperativa con unas 250
personas, la caja de castaña costaba Bs 8. Una caja tiene más o
menos 23 kilos. Para tener una idea del esfuerzo que requiere
reunir esa suma, durante una jornada que oscila entre 12 y 14
horas, un zafrero puede recolectar hasta tres cajas al día.
Con ese dinero debe pagar los víveres que son llevados por los
barraqueros. El precio del arroz, el pan y las conservas nunca es
bajo. Por lo tanto, el recolector jamás logra pagar su deuda.
"Los empresarios nos tomaron el pelo toda la vida. Somos los
mayores productores de almendra, pero nunca nos beneficiábamos",
cuenta Leopoldo Vaca Nishiga, el hombre que maneja el dinero de la
organización. Es el secretario de Hacienda y sabe hasta dónde
pueden llegar si continúan por ese camino: "Sólo la beneficiadora
Urkupiña exporta más de 250 contenedores por año. Eso significan
$us 10 millones". Fernando Fernández, el contador recientemente
contratado que es a la vez cuidante del edificio, lo ayuda a
registrar los números.
Los cooperativistas están conscientes de que una meta de exportación como la de Urkupiña está lejana. Sin embargo, han empezado a dar los primeros pasos hacia el mercado internacional. Actualmente, exportan cuatro contenedores. Y lo hacen a un precio justo.
Casildo Quispe, el presidente de la cooperativa, viajó a Holanda e Italia para conocer de cerca a los compradores de la almendra. Se dieron cuenta de que el precio internacional les permitía exigir hasta Bs 125 por cada caja. La diferencia entre Bs 8 y Bs 125 es un escándalo. El viaje tuvo el apoyo de Acra, una ONG que ha estado asesorando a los comunitarios en temas que los preocupan: comercialización, gestión de créditos y asistencia técnica.
Una de las instituciones que conoció en Italia es otra cooperativa, que lleva el nombre de Chico Mendes, defensor de la Amazonia brasileña fronteriza con Bolivia (ver XXX). Chico Mendes compra castaña y la revende a todos los supermercados italianos. La organización Alter Eco también compra la producción de los cooperativistas.
Quispe estuvo, en octubre del año pasado, en un encuentro de Slow Food. Este movimiento internacional se opone a la moda del 'fast food'. No sólo busca preservar las formas tradicionales de alimentación, sino informar a los consumidores acerca de lo que se llevan a la boca.
Este viaje los hizo conocidos. Poco después, cuatro mujeres viajaron a Italia y aprendieron a preparar, con chefs internacionales, delicias como el pan de almendra, y la torta de almendra. Tambien hornean galletas y preparan una irresistible tablilla. Esos productos forman ahora parte del desayuno escolar en la comunidad Nueva Esperanza. El gran anhelo de Coinacapa es contar con una beneficiadora, porque pagan $us 21.500 por cada contenedor beneficiado. Como van las cosas, parece que lo van a lograr.
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Familia. Nacira Ortiz) y Shirley Segovia viajaron a Milán. Ahí aprendieron a hornear panes y tortas de almendra. También elaboran una tablilla que es irresistible. En Milán vendían cada brigadeiro a un euro.
OIT: hay 30.000 personas en peonaje por deudas
El trabajador entra a la barraca y no se le permite salir. Recibe un monto de Bs 1.000 como adelanto y está obligado a pagarlo con trabajo. Si no cubre su deuda, deberá pagarla en la siguiente zafra de castaña o permanecer haciendo otros trabajos hasta que la cancele totalmente. Así pueden pasar años.
Hay autoridades que tienen un registro detallado de lo que debe el trabajador, en una abierta parcialización que favorece a los contratistas y barraqueros.
Cuando el zafrero sufre la picadura de una víbora o se enferma, el acuerdo inicial consiste en que el tratamiento se paga a medias entre el empleador y el zafrero. "Pero nunca funciona así. Nosotros terminamos pagando todo", cuenta Juan Carlos Egüez, que hace dos años se ha independizado de patrones y empresarios para trabajar con la cooperativa Coinacapa. Un reciente informe de la OIT, elaborado por el consultor Alvaro Bedoya, sostiene que el número de zafreros, mujeres y niños sometidos al peonaje por deudas en las barracas, alcanza la cifra de 32.250.
Esta práctica, conocida con el nombre de aviamento en Brasil, empezó con los enganchadores profesionales durante la época del caucho. Así conseguían obra de mano barata, sumisa y cautiva.
Hay instancias del gobierno que están trabajando para solucionar este tema. El proyecto Pueblos Indígenas y Empoderamiento, dependiente del Viceministerio de Justicia, ha empezado a visitar la zona. El proyecto tiene oficinas en Riberalta, Challapata y Monteagudo. Cubre así las zonas andina, chaqueña y amazónica.
El equipo que trabaja en Riberalta, que está a cargo del abogado Johnny Cárdenas y el promotor Héctor Añez, ha realizado en su zona talleres sobre derechos humanos, justicia comunitaria, tierra y territorio y organización comunal. También estuvo presente en Cobija, Porvenir y Chivé la coordinadora nacional del proyecto, Miriam Campos, y su asistente Marino Zeballos.
Esta instancia ha trabajado exitosamente en coordinación con la Comunidad de Derechos Humanos para visibilizar la situación de familias guaraníes del Alto Parapetí. Ahora, lo harán con los zafreros en la Amazonia. Los cooperativistas conversaron con los funcionarios y les pidieron que, por favor, los capaciten en esos temas. "Nos hace falta esta capacitación", dijo a XXX el secretario de Hacienda de Coinacapa, la cooperativa extractora más exitosa de los alrededores de Cobija.
El novedoso y revolucionario sello 'comercio justo'
Es muy conocido el 'sello verde' que ostentan algunos productos agrícolas. Eso garantiza que la comida no contiene pesticidas dañinos. Con el sello de certificación forestal, el comprador consciente sabe que la madera que adquiere viene de bosques sostenibles. Con el sello 'comercio justo', el consumidor tendrá la garantía de que durante la elaboración o siembra de lo que compra, se han respetado los derechos humanos. Eso implica, en el caso de la castaña, pagar lo justo a los que intervienen en todo el proceso. A ese sello aspira la cooperativa pandina Coinacapa. Su presidente, Casildo Quispe, se reunió en Europa con la Federación Comercio Justo (Fair Trade Federation), para certificar su castaña. Esta Federación trabaja informando a artesanos y agricultores para que consigan precios justos por su labor. También busca que los menos favorecidos reciban un trabajo digno.
Hay café, miel, salsa de soya, té y artesanías certificados.
Sin protección legal
Son pocos los que se llevan la mayor parte de las ganancias
Los zafreros y quebradoras (mujeres que pelan la castaña) forman el 55% de la mano de obra de la industria, pero reciben el 17% de los pagos totales. Los dueños de las beneficiadoras (no más de 25 individuos o grupos familiares), que representan menos del 0.1% del total de la mano de obra, reciben el 25% de las ganancias totales de la industria (es decir, el valor de exportación).
Meta de la OIT: erradicación del trabajo forzoso
Si se le entrega dinero a un trabajador y luego se lo obliga a pagar con trabajo, se incurre en trabajo forzoso. Los expertos de la OIT sugieren elaborar un plan de acción nacional para erradicarlo en la zafra de la castaña, del azúcar y en las poblaciones guaraníes del Chaco.
Pueblos Indígenas y Empoderamiento, una opción
La Cooperación Suiza para el Desarrollo (Cosude) ha aprobado una nueva fase del proyecto Pueblos Indígenas y Empoderamiento, que se iniciara en agosto de 2005 y concluirá en agosto de 2008. Los responsables esperan, en esta fase, convertir las oficinas de Challapata y Monteagudo en centros integrados de justicia. Según las necesidades de cada región, se conformarán equipos interinstitucionales para dar atención directa a pueblos indígenas, campesinos y a la población en general.
Mujeres y niños, mano de obra fuera del sistema
Las recomendaciones de consultores que observaron la zafra estipulan que la esposa y cualquier hijo en edad de trabajo deben ser formalmente reconocidos como trabajadores por las empresas castañeras o azucareras. Ambos deben recibir la misma paga por el mismo trabajo realizado por el hombre.
Subvaloración y engaño en el trabajo del castañero
Un castañero entrega una caja gratis cada dos días, porque es estafado en el peso de almendra que recolecta.
Con una familia en el monte
Con sus breves pasos apresurados, Nilda Quetehuari Tito intenta
seguir el ritmo de las siete personas que han empezado a recorrer
la selva. Desde la comunidad Chivé hasta el punto de recolección
de castañas, en un lugar profundo de la selva pandina, hay 11
kilómetros. La pequeña tiene que hacer ese recorrido dos veces.
Parece demasiado para sus cuatro años. Aún no asiste al kinder,
porque es demasiado chiquita. "La empujan y la molestan los más
grandes", dice Hilda Tito, su mamá. Hay que apuntar que las clases,
en la zona castañera, empiezan en marzo, hacia el final de la
zafra.
Hilda Tito lleva una botella de diésel para recargar los mecheros
y, de paso, espantar con el humo las nubes de mosquitos que se
arremolinan sobre los brazos y torsos sudorosos. Hilda se ha
ofrecido a guiar al grupo de periodistas y funcionarios de Derechos
Humanos del Viceministerio de Justicia hasta un payol (una
plataforma techada que resguarda la castaña de la lluvia) donde se
están recolectando las últimas castañas de la zafra de este
año.
"Al paso lento que estamos yendo, vamos a tardar unas dos horas", comenta Hilda, y los del grupo se miran: en realidad, el paso no es lento. "Es que seguramente ella está acostumbrada a caminar", comenta uno de los caminantes.
Los primeros once kilómetros son un apresurado paseo para los sentidos. Como un experto, Adilson, el hijo de 11 años de Hilda, va mostrando los frutos silvestres. Nombres sonoros van estallando sobre los paladares: el mururé, el suave y aterciopelado isigo, el jugoso aguaí, el seco paquió y la fiesta lujuriosa del chocolate silvestre.
Adilson es diestro en el manejo del machete. De un tajo corta una vara, de dos o tres machetazos la deja limpia de ramas y hace una palca en la punta. Engancha la ramita de donde pende la mazorca de chocolate y la retuerce hasta que el fruto fragancioso cae y se entrega a los caminantes.
La Amazonia ha mostrado su cara más amable, pese a los pajonales altísimos y a las insistentes hordas de mosquitos. Está nublado, pero bajo los inmensos árboles la temperatura se mantiene a unos 30 grados. Y la humedad lo invade todo. Es el lugar ideal para contraer malaria.
Los mosquitos ni siquiera son tema de conversación para Hilda. Hay otros peligros que ella cuenta sin dejar de caminar. Los chanchos troperos, por ejemplo. Suelen aparecer en manadas de 50, 60 y hasta cien individuos. Son como una marea ebria que no piensa dos veces antes de atacar. Después que el primero de los chanchos ha mordido, el olor de la sangre hace que el resto se abalance sobre la víctima. De nada sirve disparar sobre uno, dos o diez. El resto se quedará hasta devorarlo todo. Y si por mala suerte se mata al líder, la manada se desorienta y se queda paralizada por horas, con el peligro de sus colmillos de diez centímetros amenazándolo todo. La única solución consiste en treparse a un árbol y esperar que la manada se aleje.
Nilda se ha cansado y hay que cargarla en andas por unos cientos de metros. Pero la valiente pequeñita llega y abraza a su hermano. Wilson Quetehuari (20) y su amigo Nelson Cartagena (35) han llenado ya dos payoles. Nilda se ha puesto a juguetear sobre el pequeño cerro de castaña, y sus manecitas expertas son capaces de partir, a golpes, unas cuantas.
Hoy es 12 de marzo y ellos están en la selva desde el 20 de
enero. Todavía les quedan unas tres semanas para sacar a pie las
pesadas bolsas. Tienen que llevarlas hasta el tractor que ingresa
unos cuantos kilómetros sobre la senda. Nelson tiene una
preocupante enfermedad en la piel que parece sarna. "Me salió hace
tiempo", cuenta.
"¿Quieren ver los árboles?", pregunta, tal vez porque ve que los
visitantes están ansiosos. Luego se viste para la selva: calza
zapatos de goma para evitar la humedad; el pantalón está dentro de
las medias, por las ramas; una bolsita de coca y otra para recoger
la almendra cuelgan de su cintura. Del hombro, pende el protector
salón Merlin, por si aparece algún animal que luego podrá comer
(los huesos del último jochi aún están en la precaria cocina).
Al volver, Adilson y Nilda proponen con su infantil entusiasmo: "¡Vamos al arroyo!". A 40 metros, corre el agua lenta y cristalina. Nadie sabe en qué momento los niños fueron a buscar siringa, un gusanito que crece en el árbol del mismo nombre. Con eso pescan el patemichi o algún pacú. Llega el momento de regresar y, claro, ese peligroso lugar de la selva es el paraíso para los niños. Nilda empieza a sollozar, pobre angelito, porque quiere quedarse con su hermano. Ese trabajo sacrificado, con la familia unida, es para ella su universo.
A los cinco kilómetros, se oyen resoplidos y chasquidos. Son los chanchos. Al regreso, en lo que ya era una huida, no faltó quien pise una yoperojobobo. Ojalá que al año, Nilda pueda asistir al kinder.

