Microflora andina: Un capricho de Dios en las alturas

Mabel Azcui Matos   Revista ESCAPE (Periódico La Razón) - La Paz   January 2005


El investigador Hugo Boero encontró jardines en miniatura que sólo se ven con lupa en los resquicios de las cumbres andinas.

El lirio silvestre emerge entre la luz proyectada por el hielo.

Son minúsculas. Algunas flores alcanzan hasta dos milímetros y se muestran a menudo esplendorosas. Su perfume se pierde entre los resquicios como las mismas flores que permanecen escondidas de la vista del hombre, pero prestas a salir a la luz desde las grietas de las cumbres entre los 4.000 y 5.800 metros de altura.

Fueron un regalo para quienes miraron el suelo que pisaban y, maravillados como quedaron ante un universo en miniatura, recogieron sus imágenes en varias fotografías.

Fue hace más de 20 años. Desde entonces nadie, por lo menos que se sepa públicamente, volvió a buscar y fotografiar este jardín escondido en las alturas andinas y, por ello, ESCAPE se decidió a desempolvar estos tesoros para que las nuevas generaciones conozcan y se deleiten con la flora de un microcosmos que les pertenece.

El investigador Hugo Boero (1930 -1997), oriundo de La Paz, descubrió la microflora en las excursiones familiares que, con frecuencia, solía realizar por el Takesi (camino del Inca), por las cumbres de los Yungas, Mururata, el cañón de las Ánimas, el cañón de Palca, Zongo y las laderas del Huayna Potosí, entre otros sitios.

Al pequeño grupo de Hugo, Sonia y Hugo César, se unieron después el entonces embajador de España en Bolivia, Tomás Lozano de Escribano y su esposa Blanca. Todos, armados de lupas y lentes de aproximación, salían en busca de estas plantas pequeñísimas que se desarrollan en condiciones más bien inhóspitas y a considerable altura aun para la vida vegetal.

Fue un encuentro con la naturaleza que dejó especialmente maravillado a Boero, un conocido apasionado por su país, al que siempre llamó "Bolivia Mágica".

Boero escribió un texto de presentación para la exposición de la microflora andina, en 1985, en el que definió como "un capricho de Dios" la existencia de estas plantas, que correspondían a varios pisos ecológicos, pero que aprendieron a vivir en las cumbres cordilleranas".

La diversidad que existe es enorme: desde helechos hasta cactus; lirios, margaritas o gramíneas, por citar lo más común y conocido.

Pero estos ocasionales botánicos encabezados por Boero se limitaron únicamente a fotografiar la flora, pues una identificación de especies y familias de cada una de las pequeñas maravillas encontradas correspondería ya a profesionales especialistas en la materia.
Los cristales del hielo enmarcan el campo de margaritas.

En el caso de los helechos, por ejemplo, se sabe que en Bolivia existen 1.200 especies distintas, que corresponden a varios pisos ecológicos. Se han clasificado al menos otras 1.500 hepáticas o musgos que en una buena parte se encuentran en la región andina, conformando una gran biodiversidad junto a las más de 20.000 especies de flora que suponen los entendidos existen en Bolivia.

Han pasado 20 años y todavía no hay estudios, al menos públicos, de la riqueza vegetal existente en las alturas de los Andes. Pero en algunos círculos se menciona que muchas plantas son endémicas, únicas en el mundo.

Investigación en familia

Amantes de la naturaleza y los paseos al aire libre, los Boero solían organizar caminatas y excursiones que abarcaban regiones de todo el país y, para cada una de ellas, cargaban como norma con sus cámaras y sofisticados equipos de fotografía.

En estas lides, en una oportunidad, llevaron unos lentes de aproximación para probarlos y, cuando así lo hicieron, descubrieron lo insólito.

"Lo que a simple vista parecía una matita en el suelo no era realmente una simple matita. Me di cuenta cuando Hugo me invitó a ver la maravilla que decía. Fue ahí que pude admirar lo que me parecía era un jardín japonés en miniatura", recuerda Sonia Kavlin de Boero, reviviendo ese momento tan particular de encontrar la creación escondida de gran belleza.

Y así empezó un trabajo minucioso de recolección de imágenes en excursiones específicamente preparadas para encontrar nuevas muestras de la microflora andina.

"A veces teníamos que cubrir al fotógrafo (Hugo) y a los equipos con un plástico. Él hacía las tomas con mucho cuidado mientras nosotros intentábamos mantener bien firme la cubierta. En ocasiones nos llovía o nos caía nieve, y estábamos a más de 4.000 metros".

Fueron decenas de excursiones y cientos de fotografías, a cuál más hermosa, las que se tomaron, pero sólo se seleccionaron las mejores para conformar la exposición que con mucho empeño preparó Boero a fin de compartir con todos los bolivianos la deslumbrante belleza que guarda el país en sus cumbres nevadas, debajo de la tierra o bajo el agua. Y la muestra no solamente convenció sino que conmovió a propios y extraños, y de ello dan buen testimonio los recortes de prensa que Sonia de Boero guarda cuidadosamente en sus archivos.

Cantos de alabanza

Tan pequeñitas pero tan resistentes a la altura y a las heladas, su presencia entre las rocas como puntitos de color es un canto eterno de alabanza a su Creador.

Boero intentó resumir toda su maravillada impresión por la microflora andina, en la presentación de su exposición, pero sólo lo consiguió a medias, sin embargo las fotografías que tomó fueron mucho más elocuentes que la palabra.
Insólitos colores que iluminan la roca agreste de los Andes.

"Su belleza, no siempre accesible a los ojos humanos, yace oculta entre las oquedades protegidas del viento helado de las cumbres nevadas. Otras veces, las atrevidas florecillas nacen entre musgos y líquenes", decía Boero. Y agregaba a continuación con gran acierto: "Con el único recurso de una lente de aumento, quien se acerque a una pequeña porción de terreno, arriba, junto a los hielos, descubrirá imágenes de la Creación que jamás soñó que pudieran existir".

"Los más audaces colores, los más delicados pétalos exaltarán su presencia ante el curioso que los contemple. Seguramente que de esas cajas de sorpresa saldrán las más exultantes criaturas de una naturaleza que miniaturizó la belleza, comprimiéndola. Nosotros sólo intentamos que la vean, que puedan observar todo aquello que pisan sin mirar, pues encierra un microcosmos sutil y además esplendoroso. Lo cierto es que en nuestros andes bolivianos, por un capricho de Dios, plantas de diversos pisos ecológicos, aprendieron a vivir entre las cumbres".

Son minúsculas y viven entre las grietas y resquicios de las montañas, esperando tal vez a otro curioso como Boero que las vuelva a descubrir para maravillar a quienes caminan por la vida sin mirar siquiera el suelo por donde pisan.

Y es que disfrutar cuesta muy poco. Basta armarse de una lupa y resignarse a pasar frío para descubrir la espectacular naturaleza. Estemos atentos. El paraíso, aunque parezca mentira, está a veces bajo nuestros pies y nosotros, malviviendo en el despiste, ni nos enteramos.