Honorable Mention

El amanecer del cóndor en su santuario

Miguel Angel Vargas Saldías   Revista Escape (Periódico La Razón) - La Paz   February 2005


La leyenda convive con la realidad en San Agustín, donde las aves voladoras más grandes del mundo han encontrado un hogar. En Bolivia los datos sobre esta especie son inexistentes.

Hilvanado entre los astros y las peñas, el dormidero de los cóndores escala a cientos de metros sobre el alcance humano, mientras el humo de una huat'ía que se cocina en la noche trata de llegar a él a través de la leyenda.

El aroma a cordero cocido se saborea a 478 kilómetros de la ciudad de Oruro, ya en Potosí. A una hora del pueblo de San Agustín, ubicado en la provincia potosina Enrique Baldivieso, la presencia de los cóndores siempre ha sido motivo de respeto. Y por la mañana un grupo tendrá la oportunidad de observarlos.

"En esa rinconada que se ve oscureciendo, un día, dos pastoras estaban en el campo con sus ovejas, cuando se les apareció un hombre alto, vestido de negro y con una chalina roja en el cuello". Macario Bautista Apaza cuenta con misterio esta historia, como otras que suele tejer con sus 65 años a la luz de la fogata. "El hombre se les acercó, les habló para hacerse su amigo. Luego de un rato les preguntó a las muchachas si querían conocer su casa, que estaba muy cerca de ahí. Ellas no se animaban, pero les dijo que para ir sólo tenían que apoyarse sobre su hombro. Entonces el hombre se agachó y las pastorcitas se agarraron cada una de un hombro. Ese momento, el hombre se transformó en un cóndor grande que abrió las alas y se las llevó volando hasta su nido, allá arriba.

La familia de las pastoras estaba muy triste porque no podía encontrar a sus hijas. Una noche se acercó un zorro a la casa. El padre trató de botarlo hasta que escuchó que el zorro se quejaba: 'No me maltrates. Yo he venido porque te quiero avisar dónde están tus hijas. El cóndor se las ha llevado a las peñas, están llorando'.

El padre estaba agradecido y preguntó: '¿Cómo las bajo?'. Y el zorro le dijo: 'El cóndor sale todos los días y regresa en las noches. A esa hora las puedes rescatar'.

En la mañana, el hombre esperó a que el cóndor se fuera. Entonces rescató a las dos jóvenes que estaban muy asustadas.

Pero el cóndor no se conformó porque se había enamorado y se pasó todas las noches llorando en el techo de la casa, esperando que las pastorcitas salgan para poder llevárselas de nuevo".

"¿Y qué sucedió?", surge la duda entre los que escuchan el relato, apenas distraídos con las papas cocidas bajo tierra. "No sé, yo me fui del pueblo, qué habrá pasado", responde Macario con una carcajada. Las sombras cubren los restos de la hoguera y a primera hora será el encuentro con el rey de los aires.

La vida en el santuario

El calor del amanecer indica que llegó la hora del encuentro. A por lo menos 300 metros de suelo, las altas colinas del Santuario de los Cóndores -que es como los lugareños han bautizado al lugar- ostenta un cielo azul y despejado. La sola idea de un avistamiento impresiona, pues no es lo mismo ver al animal en cautiverio que dominando las alturas.

Son varias horas de caminata y espera las que emprende el grupo conformado por habitantes del pueblo, un periodista, dos fotógrafos y una bióloga.

Rojizas piedras que lucen como gigantescas galletas volcadas permiten el avance entre arbustos silvestres de gran valor medicinal, mientras la mirada se dirige a las manchas blanquecinas que carcomen puntos estratégicos de la montaña. Las heces fecales de estas aves de cerca de 1,30 metros de altura sirven para ubicarlos.

Estar tan cerca de tales majestades del altiplano es un verdadero lujo, pues su temperamento tímido y receloso hace que huyan lejos cada vez que sienten el avance del ser humano.

En 1973, el ave voladora más grande del mundo fue puesta en la lista de animales en amenaza de extinción. Su nombre científico es Vultur Griphus. Y a pesar de ser un símbolo patrio que se ostenta en el Escudo Nacional, no existen estudios locales del cóndor. Y verlo es cada vez más difícil.

En este santuario cercano a San Agustín viven cerca de 20 cóndores. Reunidos los juveniles en grupos -mientras que a prudente distancia están las parejas adultas- llega la hora de despertar.

"A este le llamaremos Pancho", sugiere alguien en broma, pero la bióloga Jehan Ninón Ríos, comenta que no es mala idea, pues al colocarle un nombre se puede facilitar la identificación del animal y también su seguimiento. Así es que luego de escuchar la explicación, el grupo decide bautizar a la hembra con el nombre de Lola.

Al despertar, Pancho toma sol por un lapso largo de tiempo. De esta manera logra recuperar el calor perdido. Y es que el cóndor permite que su temperatura baje durante la noche, lo cual le ayuda a conservar su energía. En cambio, con la llegada de la mañana, el ave abre sus alas para elevar su temperatura y enderezar sus plumas, las cuales tienden a doblarse por la intensidad del vuelo.

Mientras Pancho -con un brillante collar blanco en el cuello y las negras plumas brillando con los rayos de sol- se despereza, Lola lo acicala con el pico. Según la explicación de Ríos, esto le ayuda a mantener las plumas en buen estado y a librarse de las molestias de los parásitos.

Debido a su tamaño y belleza, Pancho destaca como el macho dominante. Los demás miembros del grupo le tienen respeto y su jerarquía se siente al momento de comer y de elegir dónde dormir.

Unos peñascos más arriba, despierta otro espécimen. De gran belleza, este macho se hace notar sobre un acantilado en que descansa un grupo de aves sin pareja. Su nuevo nombre es Romeo.

El hábitat del cóndor se extendía por todos los Andes desde Venezuela hasta Tierra del Fuego en el sur del continente. En países como Argentina o Chile hay proyectos específicos que realizan el conteo y control de esta especie amenazada, además de tratarla en cautiverio para reincorporarla luego a su hábitat natural.

Para Bolivia -explica la bióloga durante el ascenso- el costo es muy alto, pues se necesita de avanzados dispositivos para rastrear a los animales que pueden efectuar vuelos de hasta 400 kilómetros, a fin de no equivocarse en un conteo. Además, para ponerles el dispositivo hay que capturarlos. Y por razones obvias, dejar que los comunarios vean esto puede resultar contraproducente.

Pancho y Lola, luego de asearse, se aprestan al despegue, desplegando las alas que extendidas abarcan unos tres metros. Poco a poco los demás miembros del grupo los siguen y se pierden en las alturas en busca de comida.

Como son tan grandes, los cóndores no despegan inmediatamente, sino que toman corrientes de aire caliente -las térmicas- y empiezan a planear en círculos hasta que logran tomar alturas de hasta dos mil metros.

¿Qué ruido hacen los cóndores? "Ninguno", responde Ríos y explica que esta ave carece de laringe, por lo cual no puede emitir sonidos ni cantos como lo hacen otros tipos de plumíferos.

La hora de comer

Para facilitar su alimentación, el cóndor tiene los ojos hacia los costados, lo que le permite tener un mayor dominio visual para encontrar a su presa. Si bien los campesinos han creado la leyenda de que el ave puede matar ganado e, incluso, levantarlo en vuelo prendido en sus garras, tal cosa es sencillamente imposible.
Con un peso entre los 44 y los 66 kilos, el cóndor no puede darse el lujo de despegar de cualquier lugar cargando ningún peso adicional. Es más, a veces, para huir se ve en la necesidad de vomitar a fin de tener el peso necesario para realizar un despegue de emergencia.

Ni siquiera puede agarrar a una presa. Sus patas tienen poca musculatura, uñas redondeadas y, lo más importante, el dedo posterior está atrofiado, por lo que su pata es más parecida a la de una gallina que a la de un halcón que tiene cuatro dedos desarrollados.

Además, el cóndor es carroñero, por lo que un animal vivo no es de su agrado. "O sea, necesita de un bouquet especial", bromea un fotógrafo. Y es así. La función de este animal es limpiar el lugar de animales muertos y enfermos.
Con la escasez de alimento, un cóndor puede vivir unos 50 años cuidados con esmero. El cóndor depende de su visión y de su alta capacidad de asociación para dar con sus fuentes de alimento.

La jerarquía se hace valer al momento de comer: empieza el macho dominante, le siguen los demás machos, luego los juveniles y después las hembras.

Su método es impresionante: primero se comen los ojos de la presa, luego le arrancan la lengua y después con el pico le sacan los intestinos por el ano. Además, al desgarrar el cuero de estos animales posibilitan que otros carroñeros puedan alimentarse.

Su cabeza y cuello carecen de plumas, lo cual les permite mantener el cuello y cabeza limpios, porque los deshechos de los animales que le han servido de cena no pueden adherirse a su piel.

Ahorrar energía es una de las premisas de este animal que no demuestra agresividad y, por el contrario, evita confrontaciones.

El retorno al nido

El viento dispersa el frío sobre las crestas. A las 16.00 aparecen los primeros ejemplares. Su majestuosidad se siente al verlos planear. La experiencia es simplemente irreproducible en texto o fotografía.

Los más jóvenes, con el plumaje color marrón, llegan primero y poco a poco van acomodándose en las empinadas cimas rocosas.

Lola llega a eso de las 17.00 y toma su lugar acostumbrado. De pronto, elegante, irrumpe Romeo en los aires y se acomoda junto a ella. Nada lo mueve hasta que al despuntar la tarde aparece Pancho en un vuelo espectacular.

La situación se pone incómoda, pues el cóndor es bastante meticuloso al momento de elegir pareja. Puede andar con la elegida por 10 años antes de decidirse a procrear -lo que sucede cada dos años- a una sola cría, que los acompañará hasta los dos años.

Macho y hembra se ocupan de cuidar y alimentar al recién nacido, ya que puede volar únicamente a los siete meses. En caso de que haya escasez de alimentos o que alguien extraño se acerque, la pareja no procreará hasta que tenga las garantías de sobrevivencia.

Anochece en el santuario de San Agustín. Los ojos rojos y brillantes de Lola dejan la invasión en las garras de Pancho, quien con su sola presencia espanta a Romeo. Sí, anochece y los demás miembros del grupo llegan poco a poco en un descenso similar al despegue. Pero Romeo continúa acechando a la pareja líder.

En varias ocasiones trata de botar de su dormidero a Pancho, quien simplemente lo ignora y se acurruca. Ahora es Lola quien hecha a Romeo, quien debe resignarse a dormir con los demás machos. Pero quién sabe, la escena puede repetirse indefinidamente hasta que Romeo se coloque como el nuevo macho dominante.

La luna ahuyenta a la tarde y los cóndores bajan la temperatura de sus cuerpos para recargan energías y encarar una nueva jornada. Mientras tanto, embelesados por el espectáculo, los integrantes de la comitiva de observación, armados de cámaras, largavistas y telescopios, aprovechan para nutrir nuevamente la leyenda del ave más grande del mundo