Honorable Mention
Historia de las orquídeas
Alexander Hirtz Revista Ecuador Terra Incógnita - Quito September 2004
El filósofo griego Theophrastus (300 años a.C.) es reconocido por
muchos como el primer botánico por su manuscrito "Indagaciones
sobre las Plantas", en el que describe algunas orquídeas del
Mediterráneo y les da el nombre genérico de Orchis (en griego) que
significa testículo.
En el siglo I, el cirujano de Nerón, Dioscorides, en su libro Materia médica atribuye a las orquídeas propiedades que influyen en la sexualidad del hombre. Por 16 siglos se aceptaron estas teorías médicas y se creía que la orquídea era un afrodisíaco que incrementaba la sexualidad masculina e inclusive que podía influenciar para que un niño por nacer sea varón.
La Iglesia Católica consideraba a las orquídeas como el alimento
de Satanás, y que las orquídeas impulsaban al hombre a los excesos.
En el tratado Tragus de Hieronynus Bock (1489-1554) y
posteriormente en el libro Mundos Subterraneus del jesuita
Athanasius Kirchen en 1665, se afirmaba que las orquídeas no
producían semillas y que las plantas brotaban del semen perdido del
emparejamiento de los mamíferos.
En 1737, las orquídeas son rescatadas de la superstición por
Carolus Linnaeus en su obra Genera Plantarum.
En cambio, en la China las orquídeas ya habían sido dibujadas y descritas científicamente desde el siglo III.
La primera referencia sobre orquídeas americanas se encuentra en el Codex Badianus, un tratado de plantas medicinales aztecas, en 1552. En este libro se describe la vainilla; con el fruto de esta orquídea se preparaba el tlilxochitl, una poción usada como perfume, especería o medicina.
Cabe mencionar que es muy probable que la vainilla, al igual que el cacao, sea original de los territorios que hoy pertenecen al ecuador y que hayan sido domesticadas y comercializadas en la fase tardía de la cultura Valdivia con otros pueblos de Mesoamérica.
El interés por las orquídeas recién se despertó en Europa cuando
floreció la primera orquídea del Nuevo Mundo, Bletia verecunda.
Esta planta fue enviada de las Bahamas a Inglaterra en 1733. En esa
ocasión se llevó del Pacífico a Inglaterra 15 especies
espectaculares de orquídeas, y, lo que en un inicio fue una
especialidad para botánicos se convirtió en la orquideomanía de los
nobles.
Todos los ricos tenían que construir un orquideario como una
obligación acorde con su estatus, y cuando una orquídea florecía,
el evento daba lugar a grandes fiestas y la noticia cubría las
primeras planas de la prensa.
El comercio de las orquídeas realmente comenzó a ser factible con el descubrimiento del barco a vapor, a mediados del siglo XVIII, época del apogeo de la orquideomanía.
Grandes compañías surgieron en el continente Europeo, especializadas en la recolección y venta de orquídeas. Se armaron grandes y costosas expediciones al Asia y al trópico del Nuevo Mundo, especialmente hacia la Real Audiencia de Quito.
Estas expediciones duraban varios meses en mula a través de los Andes y meses en el océano, por lo que solo muy pocas de las orquídeas sobrevivían. Por algunas especies raras se pagaban grandes sumas; hay registros de una orquídea cotizada en 3 000 libras esterlinas, que significaba un poder adquisitivo que hoy se podría equiparar con 65 000 dólares americanos. Gracias a estos precios, algunos empresarios se volvieron millonarios en pocos años.
Los amantes de la aventura viajaban a América y al lejano Oriente, ya no en busca de tesoros perdidos, minas de diamantes o del fabuloso Dorado, sino en busca de la legendaria orquídea azul o de una verdadera orquídea negra.
El hábitat de las especies raras era un secreto celosamente guardado. Algunas especies de orquídeas no se han vuelto a encontrar en este siglo. El único dato registrado de su origen puede ser tan escueto como "estribaciones en la Nueva Granada", virreinato que incluía a los actuales territorios de Panamá, Colombia y Ecuador.
El comerciante de orquídeas Oversluys envió del Perú a la compañía Sanders en Inglaterra 17 000 plantas de una sola especie: la Cattleya rex, que se vendían a un equivalente de 100 dólares cada una.
Ya en 1885, el inglés B. S. Williams se quejó de esta depreciación de la naturaleza y de la consiguiente falta de respeto a las futuras generaciones.
A principios del siglo XX la era de la orquideomanía llegaba a su fin. El costo de mantenimiento de los invernaderos era extremadamente alto.
En algunos casos se requería hasta 7 toneladas de carbón al día para mantener las condiciones tropicales necesarias en los inviernos crudos de Europa. Con la carestía energética, agudizada por la Primera Guerra Mundial, se dificultó el mantenimiento de un orquideario. La locura por las orquídeas terminó de un golpe con la detonación de una carga de explosivos que puso el duque de Devonshire en sus templos de vidrio.
Con la depresión de 1929, el cultivo de orquídeas a gran escala
definitivamente pasó a manos de empresarios comerciales.
Recién en 1904 se descubre que la semilla de la orquídea requiere
de hongos microscópicos para que estos le surtan de la alimentación
necesaria a fin de que la semilla, carente de féculas, pueda
germinar.
18 años después, el norteamericano Lewis Knudson descubre un medio sintético esterilizado denominado agar, idóneo para que germinen las millones de semillas que produce cada orquídea. Con este descubrimiento se inicia la comercialización de flores cortadas de orquídeas.
Pero este fue solo el inicio de lo que constituye hoy una multimillonaria industria. El francés Georges Morel descubre cómo reproducir vegetativamente las orquídea en el año 1956.
Esta técnica, hoy día perfeccionada, permite reproducir y multiplicar las orquídeas a base de una célula de la planta tomada del rizoma, de una hoja o inclusive de un pétalo de la flor. Con esta técnica denominada meristemación se pueden obtener más de 100 000 plántulas en menos de un año a un costo total de menos de 5 000 dólares.
Las células son divididas y multiplicadas por ultravibración y de cada nueva célula brotará una nueva planta que guarda exactamente las mismas características de la planta original. Así, por ejemplo, una planta premiada que florece justo el Día de la Madre es multiplicada miles de veces en el laboratorio y el empresario puede firmar contratos a futuro asegurando la entrega, a la fecha indicada, de miles de flores cortadas de características iguales a la foto del catálogo.
Pero los japoneses sorprenden al mercado mundial en los años 70. Ellos adquirieron, de la noche a la mañana, todas las orquídeas híbridas premiadas posibles, especímenes únicos, a un costo de 1 000 a 5 000 dólares por planta y las multiplicaron egetativamente, convirtiéndolas en decenas de miles. Así inundaron el mercado mundial vendiendo a pocos dólares cada una.
Las orquídeas, hoy
La venta de las plantas de orquídeas o sus flores cortadas es
hoy en día una agro-industria masiva. Solo en Estados Unidos se
vende al año más de un billón de plantas. Pero todas estas son
plantas de orquídeas híbridas; esto significa que diferentes
géneros y especies silvestres han sido cruzadas artificialmente
para mejorar sus características, de acuerdo al gusto, tanto en
color y tamaño como en forma, tiempo de floración y facilidad de
cultivo.
Hay más de 120 000 híbridas registradas en el mercado y las
orquídeas silvestres ya no tienen importancia en el comercio
mundial.
Únicamente los centros de investigación botánica y un número muy reducido de orquideólogos se interesan todavía por el cultivo de especies silvestres. Esto es una pena, porque el cultivo es el único método que asegura la supervivencia de las especies en peligro de extinción, ya que su hábitat se encuentra seriamente amenazado por la agricultura extensiva.
Curiosamente, los ecólogos de los países industrializados, despistados de la evolución que ha sufrido el mercado mundial de orquídeas, deciden en 1976 firmar en Washington el Tratado Internacional de Protección de las Especies en Peligro de Extinción (CITES) en el cual, además de algunos animales, del sinnúmero de familias de plantas solo se incluyen las orquídeas, los cactus y las euforbias.
Las orquídeas solo se tomaron en cuenta, porque alguno de ellos leyó en algún libro que la Compañía Sanders exportó del Perú (como ya hemos dicho) 17 000 plantas de Clattleya rex, poniendo a esta especie en aparente peligro de extinción. Pero se olvidaron de un detalle: eso fue hace 100 años. Hoy muchas especies de orquídeas están en peligro, pero muchas otras definitivamente no.
La recolección de orquídeas silvestres en los bosques tropicales recién talados es una necesidad imperiosa, ya que la continua expansión agropecuaria asegura la total destrucción de los ecosistemas de las áreas no declaradas como naturales, y la extinción de las especies endémicas en los sectores bajo colonización es un hecho incuestionable.
Las asociaciones de orquideología tienen como objetivo el asegurar la supervivencia de algunos ejemplares de cada especie, ubicándolos ya sea en jardines botánicos o promoviendo el intercambio entre los miembros particulares de diferentes países, para que en el futuro los ejemplares de cultivo de especies extintas en la naturaleza, sean multiplicados (ya sea por semilla o meristemáticamente) y, bajo parámetros ecológicos muy rigurosos, haya la posibilidad de reintroducirlas en áreas protegidas que tengan condiciones parecidas a su hábitat original.
Este programa ya es extensivo con especies silvestres de Inglaterra, donde científicos de Kew Gardens están replantando en las áreas naturales miles de plantas de las especies de orquídeas que casi llegaron a su extinción en ese país.
Todas las personas naturales y jurídicas que deseen cultivar especies de orquídeas, así como reproducir y comercializarlas, requieren en cada caso de un permiso especial de manejo del Ministerio del Ambiente.
Esto es debido a que las orquídeas nativas están protegidas por las leyes forestales y de vida silvestre y el comercio y tráfico internacional de especies de orquídeas está regulado por el CITES.
Así, por ejemplo, el contrabando de especies de orquídeas a Estados Unidos esta penado en ese país con multas de hasta 250 000 dólares y hasta 5 años de prisión.
Las personas que quieren cultivar orquídeas en el Ecuador, ya sea en la ciudad o en la provincia, requieren de una patente y un permiso del Ministerio de Agricultura y Ganadería. Este mecanismo se instauró para evitar que estas sean incautadas y evitar también posibles sanciones penales que, como en todos los otros ciento setenta países signatarios del CITES, incluyen multas y prisión.
Para obtener estos permisos es necesario presentar un plan de manejo y es recomendable que la persona esté afiliada a una asociación de orquideología, como la de Quito, la Ecuatoriana de Guayaquil, la de Azuay o la de Loja.
Las leyes de Vida Silvestre en el Ecuador prohíben la colección
de orquídeas silvestres, así como cualquier otra planta nativa, aun
si estas se encuentran en propiedad privada.
Para poder colectar, reproducir o comercializar especies de
orquídeas se requieren permisos adicionales. Una vez obtenidos
estos permisos, los cultivadores también recibirán los necesarios
permisos CITES otorgados en cada instancia por el Ministerio del
Ambiente para que las plantas reproducidas puedan ser exportadas.
En el Ecuador solo hay dos empresas que tienen un permiso legal de comercialización de orquídeas y tres empresas con permisos temporales.
La mayor de estas empresas es Ecuagenera en Gualaceo, una de las más grandes y eficientes en Latinoamérica, que cuenta con 15 invernaderos con más de 2 000 diferentes especies e innumerables híbridos importados.
Las flores comercializadas son producto de su moderno laboratorio, donde se generan cada día miles de plantas.
Esta empresa (que es familiar) con los ganancias generadas en la última década, ha construido en su propiedad el colegio "Nuevo Mundo" para 700 estudiantes y está planificando la edificación de una futura universidad.
Las personas que quieran conocer más sobre orquídeas y su
cultivo, pueden visitar Gualaceo y conocer las plantaciones
abiertas al público o pueden visitarlos por Internet en www.ecuagenera.com

