Bosque Protector La Perla
Manuela Botero Revista Ecuador Terra Incógnita - Quito November 2004
La gringa que se negó a tumbar el bosque
Hace apenas 60 años, la zona húmeda de la planicie costera del Ecuador que hoy registra uno de los más rápidos crecimientos poblacionales en el país, era un terreno exuberante e insondable que ni siquiera había sido pisado por los más avezados expedicionarios del siglo XIX como Alexander Von Humboldt o Joseph Kolberg.
Todas las tardes, Susy Sheppard prepara un huevo duro y una taza de café para dárselo a un loro que llega, muy puntual, a su casa ubicada cerca de La Concordia, ahí donde las provincias de Esmeraldas y Pichincha se encuentran y desencuentran.
A más del loro, Susy debe alimentar a dos tucanes, a un perico ligero, a Anabel una mona perezosa que toma mamadera en su regazo y come cogollo de matapalo, y a un número indeterminado de perros y gatos. Y como si fuera poco, no para de pensar en cómo salvar las 266 hectáreas de bosque primario que conserva gracias a un capricho que hace ya 60 años le asaltó el corazón.
Esta mujer, que pasa los 80 y a la que jamás le hizo falta un televisor o una radio porque el palpitar de la selva le fue suficiente, es una de los dos sobrevivientes de un singular grupo de estadounidenses que, a finales de la Segunda Guerra Mundial, y seducidos por las crónicas de un periodista aventurero (el padre de Susy), decidieron domar la exuberante selva que había entre Santo Domingo y Quinindé.
Gracias a dichas crónicas (publicadas en revistas como Readers Digest y American Fruit Grow Magazine) y a otras notas de diversas publicaciones, ciudadanos norteamericanos de diversos orígenes se enteraron de que el gobierno del Ecuador regalaba vastas extensiones de bosque de la costa para fomentar el desarrollo de la zona.
La idea original era establecer a 500 familias estadounidenses pero solo se instalaron una decena de hombres y una mujer: Susan Sheppard, quien desembarcó en 1949 y es la única que se quedó viviendo allí, según ella, para siempre...
El asunto funcionaba de la siguiente manera: los estadounidenses solicitaban las tierras (la figura legal se llamaba "denuncia") por correo en coordinación con Jack Sheppard -quien les enviaba mapas de la zona para que escogieran- y el Instituto Ecuatoriano de Colonización (que todavía no se llamaba IERAC) les adjudicaba un terreno de 50 hectáreas. Para obtener las escrituras finales, el Gobierno les obligaba tumbar primero el 40 % de selva y luego el 60 %, así lo corrobora Susy, o "la gringa", como le dicen en La Concordia.
Todo comenzó por una corazonada
Para muchos, el trato se veía como un buen negocio, sin embargo, en
el caso de Susy la decisión de venir a colonizar surgió más de un
pálpito del corazón que de una aventura económica. Vino porque su
madre le regaló un viaje para visitar a su padre y tan pronto puso
un pie en los predios de Roscoe Scott -el gringo que más tarde
introduciría la palma africana en la zona- decidió que aquí quería
labrar su destino, incluso en contra de la voluntad de su
padre.
"Yo vine a visitar a mi papá cuando terminé mis estudios. Pero cuando bajé y vi estas montañas, dije: 'yo me tengo que quedar aquí'. Cuando mi padre se enteró, se puso muy molesto", recuerda Susy.
Para entonces Susy tenía 26 años, había dejado su pueblo original en Virginia, se había acabado de graduar en Literatura Inglesa en la universidad, ya recitaba varios pasajes de Shakespeare de memoria y trabajaba como secretaria en California. Aquí conoció a Sam Withney un norteamericano al que llamaban "el Clark Gable de la Selva", con quien luego se casó y tuvo una hija.
"Yo simplemente estaba aquí, en medio de la montaña subiendo y bajando encima de los palos que habíamos tumbado para sembrar guineo, era completamente campesina. Esto era un paraíso. Había muchas cosas nuevas para mí; una de estas fue ver por primera vez a una vaca siendo ordeñada y luego tomar su leche". Nos cuenta "la gringa", y continúa: "Cuando los loros volaban hacia el Río Blanco y regresaban por la tarde, usted no podía hablar. ¡Eran maravillosos! Los insectos que han desaparecido también eran fantásticos. Yo tenía la costumbre de parquear mi carro en el bosque para ir a escuchar sus sonidos en la noche. Y me da miedo decirlo (por los cazadores) pero hoy todavía hay guantas y unos pocos saínos...".
El deslumbramiento de Susy fue tal que decidió luchar contra viento y marea para conservar algo de este paraíso original.
La Perla se conserva contra viento y marea
Susy tuvo que lidiar con las leyes de colonización, con las intenciones de su marido que quería ampliar la plantación de plátano, con el gobierno que obligaba a cortar todos los árboles a partir de cierta altura por el peligro que estos representaban para las avionetas fumigadoras, con los del Oleoducto Transecuatoriano para que desviaran el paso de los tubos, con los del Sistema Eléctrico Interconectado para que no le cruzaran los cables de la luz, y hasta con decenas de pobladores de La Concordia que en supuesta complicidad con empleados del gobierno y agrupados en el denominado Comité de vivienda "Nuevo Santo Domingo", despertaron al bosque con el ruido delirante de las motosierras la mañana del 25 de abril de 1988.
Según Susy, para comprometerse en esta lucha fue clave la visita de Charles Cordier, un ornitólogo estadounidense que llegó a su rancho de pambil con el objetivo de atrapar pájaros para estudiarlos.
Cuenta que un día, molesta, le dijo: "Yo no quiero que cojas más
pájaros para llevarlos al cautiverio". Y él le respondió: "¿Usted
cree que yo estoy dañando la vida de los pájaros aquí? No señora,
yo no estoy haciendo ningún daño, usted está destruyendo el hábitat
de los pájaros y los animales, ustedes están destruyendo la montaña
en la que ellos viven".
Desde entonces se dedicó a pelear por salvar aquellas 266 hectáreas
que constituyen el único remanente de bosque tropical primario en
toda la zona. Por esto, cuando se vio obligada a inscribir este
bosque legalmente como única manera para salvarlo, Susy decidió
bautizarlo: Bosque Protector "La Perla".
Cincuenta y cinco años después, el entusiasmo sigue intacto. Proteger el bosque de La Perla se ha convertido en el objetivo más importante de ella y de su compañero incondicional de los últimos 40 años, el doctor Julio Oleas Castillo.
Al respecto, Susy dice: "La peor tragedia de mi vida es ver ese bosque maravilloso, que cubría lomas y valles, convertido en pastizales". Los que tuvieron la suerte de ver aquel fantástico verdor decorado por flores sorprendentes y habitado por animales tan únicos como espectaculares, entienden la lucha de Susan Sheppard por proteger un pedacito de aquel tesoro que se fue.
"A medida que vas envejeciendo, te das cuenta de que el mundo
está perdido por la deforestación. Lo importante de La Perla es que
es el único pulmón natural de la zona".
Así, La Perla se ha convertido en el protector de la salud de la
gente de los pueblos cercanos, y en el centro de educación
ambiental más concurrido por niños y jóvenes de la zona.
Y Susy sigue luchando para garantizar que este patrimonio no declarado de la humanidad se conserve igual de intacto. Con este único propósito creó este año la Fundación Ecológica 'Susan Sheppard', institución que busca un padrinazgo económico para continuar la labor de Susy: conservar el bosque de La Perla y brindar a la gente la gran oportunidad de conocer el último remanente de bosque que alguna vez cubrió la costa húmeda del Ecuador.
¿Cómo es y cómo llegar al Bosque Protector La Perla?
El Bosque Protector La Perla es uno de los últimos reductos del Bosque Muy Húmedo Subtropical de la región biogeográfica del Chocó que se extiende desde el norte del Ecuador hasta Panamá. La Perla está a 250 msnm, recibe alrededor de 2 500 mm de lluvia por año, y su temperatura promedio es de 20 grados centígrados. Debido a su posición geográfica y a su historia geológica y climática, esta zona ha sido un escenario ideal para la evolución de una biodiversidad tan abundante que es considerada una de las más numerosas del planeta.
El bosque de La Perla tiene gran parecido con un bosque lluvioso tropical de la Amazonía. Sus árboles con troncos rectos sostenidos por raíces zancudas o tablares pueden alcanzar los 50 m de altura, y están entrelazados entre sí por lianas retorcidas que en ciertas épocas del año producen flores aromáticas y semillas voladoras. En la parte baja del bosque los arbustos, hierbas, y hongos luminosos son la vivienda, y en ocasiones el alimento, de aves, osos hormigueros, saínos, cabezas de mate, culebras y ranitas. Además, por el bosque pasan dos ríos, y cerca de ellos existe una laguna que es el hogar compartido de caimanes y tortugas.
Estas maravillas del Bosque La Perla pueden ser visitadas todos los días de 9 a 16 horas por personas particulares o grupos de hasta 15 personas. Los recorridos varían de acuerdo a los intereses de los visitantes, y duran de una a tres horas. Es recomendable hablar con Plácido Palacios, el educador ambiental de La Perla para anunciar su visita (al teléfono 099 369 580). La entrada cuesta un dólar para estudiantes de colegio, tres dólares para turistas nacionales y siete para turistas internacionales. Los suscriptores de Ecuador Terra Incognita pueden entrar gratis si presentan su carné.

