SECOND PLACE
Giovanni Onore cree en los milagros
Manuela Botero Revista: Mundo Diners - Quito March 2005
Giovanni Onore considera que tanto los humanos como los animales domesticados son unos degenerados, por lo cual prefiere a los insectos porque son salvajes.
Es un viejo con energía y pinta de joven, que pasa gran parte de su tiempo paseándose en un jeep medio destartalado por las carreteras más alejadas del Ecuador a quien, como a una mamá gallina, le siguen un montón de polluelos detrás.
Se puede ir desde Quito hasta los bosques del parque Podocarpus en Loja en busca de una pequeña pulguita salvaje que, a diferencia de sus parientes cercanos, se ha adaptado a vivir sin tener que estarles chupando la sangre a los humanos y a sus perros, gatos y demás animales domésticos.
Por ejemplo, estas vacaciones cogió su jeep y partió se fue sin dirección fija hacia los páramos del Perú. Por ahí se fue metiendo por cada caminito que le llamaba la atención y cada vez que encontraba una familia campesina se detenía para hablar con ellos, para conversar sobre los cultivos, para preguntarles cómo llaman ellos a tal o cual insecto, para aprender, para reírse, "para recambiar el alma" como dice él.
"Con los niños me fui a conocer los páramos, a ver los pajaritos. Yo busco ponerme sus anteojos para comprender cómo ven ellos y sus oídos para oír cómo oyen..., de esta manera aprendí un montón de cosas. Los campesinos se expresan con palabras simples, no científicas, pero de gran sabiduría".
Nunca tuvo simpatía por los animales domésticos, "los encuentro degenerados, son demasiado serviles" dice. En cambio, le encantan los insectos porque son salvajes, independientes, y manifiestan su instinto tal cual es.
Como vivió diez años como misionero entre los pigmeos en el Congo Africano, también aprendió a comer insectos... "Entonces, cuando los estudiantes levantan un fruto podrido yo taz taz me como los insectos como si fuera gallina y mis alumnos se ríen. Me preguntan a qué sabe y yo les digo: a maní, pero el pollo es mucho mejor.
"Lo importante es que tienen proteína", les explica a sus alumnos de zoología de Invertebrados de la Escuela de Biología de la Universidad Católica de Quito, cuando al entrar a clase concluye el rito de devorarse una a una las hormigas que están pegadas a los marcos de las ventanas. Y piensa que con esas proteínas se podría ayudar a aliviar el hambre del mundo...
Alguna vez, en una de sus míticas "salidas de campo", cuenta un estudiante que mató una vaca con sus propias manos y se hizo un ceviche de carne cruda. "También le he visto comer dos cigarras vivas", cuenta otro...
"No he encontrado hasta ahora ningún insecto que no sea útil", explica este Hermano Marianista para quien la naturaleza es una cadena de seres que prestan servicio a otros. Entonces me reta a que le pregunte: "¿Para qué sirven las cucarachas?" Obedezco. "¡Ah, las cucarachas son benditas! Primeramente, recogen todos los desechos, son los basureros de una ciudad, de la casa, o de la selva. Esos desechos los entierran o se los comen y ellos mismos como cuerpo sirven de alimento a otros pajaritos. Muchos no podrían vivir sin las cucarachas".
Intento otro ejemplo más: "El zancudo...".. "¡Ah! El zancudo es extraordinario porque anda por ahí, pica ocasionalmente a los humanos, pero una vez que chupa pone miles de huevos encima del agua y muchos pescaditos pequeños se alimentan solo de ellos. La gente dice ¡qué bonito el colibrí!..., pero los polluelos colibríes no podrían vivir sin los zancudos".
Y con su marcado acento italiano me dice furioso "¡Yo debo pasar la mitad del semestre de entomología en desintoxicar a los adultos de los malos hábitos que enseñan los padres: ¡cuidado al escorpión!, ¡cuidado a la abeja!, ¡cuidado a la araña! Lo que pasa es que tenemos miedo de lo que no conocemos. Es miedo debido a la ignorancia".
Sin los insectos podríamos vivir una semana y después todos moriríamos: las plantas no tendrían polinizadores, las flores no podrían dar frutos, las hojas no podrían ser molidas para hacer humus..., me explica, apurado, Onore. "Imagínese que en un potrero habría que ir con una canoa, porque son los insectos los que ponen los excrementos de las vacas bajo el suelo".
Todo eso lo comprendió desde su infancia en el campo de Costiglioli Vasti en la zona de Piamonte, en Italia. Sus padres le enseñaron la observación de la naturaleza y la vida del campo, los ritmos de las estaciones, la fructificación de las cosechas, la pelea con los ratones que se comían el trigo..., a coger la hierba para los conejos. Vivían sus padres, con sus dos hermanos y él, con una vaca, con media hectárea de viña y 20 gallinas.
Cuando habla de su infancia me subraya la siguiente anécdota: un día Boby, el perro, empezó a jugar con las gallinas y se comió un pluma, y le gustó; después se comió otra y otra, hasta que cogió el vicio.... Entonces mamá -tú sabes quién manda en casa, me repite insistentemente- llamó a mi papá en tono solemne: "Oreste, tú debes matar el perro para que no se coma las gallinas, las gallinas son el alimento de los niños porque hacen los huevos y sin eso no podemos criar a los niños". El padre se negó rotundamente, "hasta que un día mi mamá esperó que se vaya a la feria, sacó todos los frascos de pastillas viejas y se las echó a la leche del perro, que al poco tiempo murió. Cuando murió mi padre, mi mamá me contó la historia y me dijo: "Oye Giovanni, pasarán los años y verás que el doctor te dará muchas pastillas, no las tomes porque si no terminas como el Boby". Por eso cuando tengo algún dolor aguanto pacientemente, bíblicamente. Yo estoy convencido de que muchas de estas pastillas medicinales son venenosas, me dice a modo de conclusión.
Sin embargo, sus padres no podían dar respuesta a muchos de sus interrogantes: ¿cómo influye la luna en la incubación de los huevos de las gallinas?, ¿y en la podadura de los árboles? O, ¿cómo es que las abejas se cuidan cuando están enfermas? Entonces conoció a algunos padrecitos marianistas dedicados a la educación de los jóvenes en su pueblo. "Noté que en mi pueblo, como acá, los chicos no son muy valorados, les desprecian y me parece que merecen una mayor inversión de la sociedad. Entonces me pareció extraordinaria esta congregación que se dedicaba a la educación de la juventud".
Se fue a estudiar donde los hermanos en Torino y allí encontró un profesor "que vibraba y nos hacía vibrar, tanto que finalmente cuando yo pude ayudar a un niño del Ecuador con los estudios y se fue para Roma como escultor, le encargué hacer un monumento de mármol al profesor Carlo Vidano en la Universidad en Torino, porque Vidano ha sido lo máximo que yo he tenido en la vida después de la Virgen Santa que me protege de arriba...".
"Él me trasmitió su afán por todo lo que eran insectos, de manera que en la agronomía me especialicé en la entomología, ciencia que estudia los insectos. Tuve que llegar a la universidad para encontrar a alguien que me comprendiera y no me viera como un bicho raro ¡porque me gustaban los insectos!"
En este caso la anécdota-lección fundamental tuvo que ver con el por qué-no-casarse. El me dijo un día: "Ya te voy a contar por qué no me casé. Me gustan las mujeres, pero el sábado y el domingo hay que estar juntos, contarse las historias, pasear, compartir la parte espiritual y yo no tengo tiempo, debo investigar a los insectos en la noche...". Esto que para él fue la verificación de una vocación irrenunciable debe tener algo que ver con que nuestra entrevista se haya parecido mucho a un dictado. Y que sus clases transcurran entre el monólogo anécdotico y la búsqueda incansable de especies nuevas: actualmente hay 150 animales en Ecuador que llevan el nombre de Onore.
"Tengo 150 hijos. Salieron el uno con 6 patas, otro con 8, con nariz puntiaguda, o la boca torcida, pero así son los hijos y hay que quererlos". Entre ellos hay abejas, gusanos, ranas, escarabajos, todo un genero de Cecilias -unos anfibios que no tienen patas- y hasta una cuica que se llama Onoré Odridus. "Mi especialidad en realidad son esos gusanos blancos llamados 'cuzos' que son los niños de los escarabajos", explica este hombre que es reconocido como el precursor de la entomología en el país y que ha ido formando una colección de insectos maravillosa que incluye xx ejemplares de xxx.
Mario Tapia, el escultor ecuatoriano que ahora está haciendo la estatua de Santa Marianita de Jesús en la Plaza de San Pedro en el Vaticano -proeza inédita para un ecuatoriano-, ha sido otro de los importantes hallazgos del doctor Onore y también hace parte de la galería de anécdotas-lecciones-revelaciones que han modificado el curso de su vida. Lo conoció en una de sus andanzas en busca de un insecto específico por la selva entre Sigchos y Santo Domingo, en las estribaciones occidentales de los Andes. "Ví a un niño tomando un fresco en una choza y me le acerqué: ¿Cómo te llamas?, 'Mario', ¿Cómo se llama este pajarito? "No sé" ¡Primera vez que escuchaba a un ecuatoriano decir '¡no sé!'. Esto me conquistó, dije: 'este chico es un sabio'. Le propuse estudiar y me respondió que sí, entonces lo traje a la casa de la comunidad y lo puse a estudiar donde los franciscanos. Quería ser profesor pero yo decidí, tal vez por inspiración de la Virgen Santa, que debía ser artista. Se puso a hacer pajaritos de balsa como esos que venden en la Amazonas y al cabo de unos meses hacía los pajaritos más lindos que he visto en todo Ecuador, entonces lo envié al Instituto Bernardo Legarda; luego le procuré una beca en la Academia de Bellas Artes de Carrara y allí ganó el premio al mejor estudiante de los últimos diez años".
No sólo se encargó de la educación de Mario sino también de los 8 hermanos de la familia Tapia, guardianes naturales de esa maravillosa reserva que es el Bosque de Otonga. La historia de cómo se logró que esta rica selva no fuera despedazada por los comerciantes de madera está totalmente vinculada a las gestiones del doctor Onore: "Un día vino un apicultor italiano llamado Carpinteri, lo llevé por allá y quedó fascinado con los colibríes y con la belleza de la selva. De pronto escuchó una motosierra en el fondo y me preguntó '¿pero porqué están talando los árboles?', le respondí 'porque son pobres y necesitan talar los árboles para poder comprar una vaca y sobrevivir'. '¿Y qué se puede hacer para salvar la selva?', preguntó el italiano. 'Puedes irte desde el policía hasta el Teniente hasta el Ministerio y no vas a lograr nada. Lo único que puedes hacer es comprarte un pedazo de selva y así es tuya'.
Algunos días después el italiano le mandó 3.000 dólares; después, un día, sin saber cómo ni porqué, cuenta Onore que recibió un premio de "conservación", y así "otro premio, otro premio y ahora tenemos 1.200 hectáreas". Cuenta que todo ha sido tan milagroso que un día, por ejemplo, participaba en un simposio sobre la Amazonía en Italia y esa misma tarde en el mismo hotel se entregaba un premio literario, llamaron al ganador y no aparecía, entonces al parecer alguien que había escuchado su charla propuso que se le entregara a él como donación la suma destinada al premio, y así "... regresé con 20.000 dólares". "No sé, son de esos milagros que yo no busqué... La providencia me hizo encontrar...".
Para pie
¿Porqué le interesan los insectos? "El de los insectos es otro lenguaje diferente. Me interesa conocer como viven, como se reproducen, las relaciones que tienen entre ellos y con las plantas; desde el cuidado maternal de la avispita que cuida sus larvas dándole todos los días la papilla, hasta la muerte, que reciben estoicamente. Cuando una abeja muere las demás la arrastran afuera y ya, la vida sigue. La muerte es parte de nuestro destino".

