Honorable Mention

Doce horas tras las huellas del cocodrilo del estero Plano Seco

David Sosa   Diario Expreso - Guayaquil   November 2004


Faltaban exactamente cinco minutos para la medianoche cuando el biólogo Raúl Carvajal y el remero que lo acompañaba en una frágil lancha de unos cinco metros con cincuenta centímetros, avistaron los dos primeros cocodrilos en la zona terminal del estero Plano Seco, muy cerca del Yacht Club. El científico, con las dosis de adrenalina alborotada, comentó eufórico: "Acabamos de ver en esta entrada a dos cocodrilos situados cerca a una alcantarilla, los mismos que hace rato estamos tratando de identificar".

La marea estaba considerablemente baja la madrugada de este viernes, la temperatura del agua era de 34 grados, y los dos ejemplares de cocodrilo de la costa (Crocodylus acutus) estaban camuflados con las raíces de mangle rojo, cerca a una urbanización. La incandescencia de sus ojillos rojos los delató; vino el chapoteo y la fuga.

Pero el momento de mayor exaltación llegó a la una de la mañana, cuando otro animal atravesó veloz por debajo de la minúscula lanchita y hasta se dejó tomar una foto. A pesar de su temor por el hombre, interactuó un buen rato con los tripulantes.

El biólogo Carvajal, técnico de Fundación Natura, se frota las manos y apaga la potente linterna con la que lleva toda una madrugada tratando de probar su hipótesis: el cocodrilo de la costa, considerado por los libros rojos dentro de la categoría "vulnerable", todavía subsiste en ciertas zonas del Golfo de Guayaquil.

Según sus investigaciones, que datan de septiembre, ya se habían identificado al menos cinco especímenes de cocodrilos, distribuidos en esteros y canales de manglar cercanos a la ciudadela Puerto Azul y la cooperativa Puerta del Sol. Y esto resulta algo sorprendente pues muy pocos guayaquileños saben de este hecho. Solo los viejos guardianes de la ciudadela, pescadores y algunos niños.
Es el caso del pequeño Emilio Loor, quien juega a la bola con sus amigos del Yacht. "Hace dos semanas vi a un codrilo grandote aquí, detrás de la cancha. Estábamos jugando y él como si nada.Tenía los ojos cerrados, yo salí corriendo y nadie me creyó. Ya no jugamos por acá porque le tenemos miedo a este man".

Loor se refiere al más grande de los hasta ahora registrados: un ejemplar de cuatro metros, aproximadamente, casi tan grande como una de las canoas pequeñas, que estaba echado en una zona alta del manglar.

El cocodrilo de la costa cumple, entre otros roles, un papel crucial dentro del equilibrio del ecosistema estuarino debido a que son predadores naturales que regulan las poblaciones de vertebrados.

"Es una especie neta oriunda de manglar, amenazada de extinción.Quedan muy pocos individuos y se encuentran en peligro crítico de desaparecer", comenta el biólogo quien tiene un convenio de beca con el Programa de Becas de Investigación para la Conservación (PBIC).

"Ya sabemos que existe la especie y que puede ser recuperada en cualquier momento. Los animales están focalizados en un solo lugar y los hemos encontrado en temperaturas por arriba de los 32 grados centígrados. Lamentablemente no existe una investigación a fondo en todo el golfo ecuatoriano".

Es duro permanecer desde las seis de la tarde hasta casi las cinco de la mañana tratando de encontrar cocodrilos de la costa en el manglar. Cuando la oscuridad se cierne sobre el estero y la única luz es la de las estrellas y las luciérnagas, las únicas compañías son las inclementes arenillas, las enormes zarigüeyas, los patos cuervo y las garzas, que estremecen la quietud de la noche con sus graznidos, al verse molestadas.

Pasadas las nueve se produce un sonido natural tan armónico que ningún estudio electroacústico podría repetirlo: es como un goteo musical que produce el escurrimiento del agua que cae de los árboles, cuando está bajando la marea.

El asombro permea a Raúl Carvajal, Miguel Saavedra, también biólogo de Natura, Santos Vera, remero de 16 años; Luis Vera, de 21 años; Segundo Vera, de 47; Alberto Vera, de 17; y Walter Emite, de 23. Todos custodiados por el cabo primero Gerardo Rodríguez, de la Capitanía del Puerto, quien velaporque no haya ataques de inesperados "piratas".

Estos últimos no son científicos, son gente humilde que siempre ha vivido del mangle, y también quieren ser partícipes de una investigación que tiene el apoyo de entidades como Conservation International y la Embajada de Holanda.

El bosque de mangle, a las doce de la noche, se transfigura en mil formas visuales. Unas ramas parecen acariciantes; otras se ven amenazadoras. Las de más allá parecen alargarse como en una fantasía del Mago de Oz.
Para encontrar a los reptiles es necesario acercarse al máximo a la rivera, huirle al enredo de las ramas, y sortear el riesgo inminente de que se vire la embarcación. Sube la adrelina.

Hay ansiedad en estos hombres que llevan linternas potentes, agua, papas, bitácoras, cámaras, abrigados con chaquetas para protegerse de la brisa de la noche y que comieron, antes de partir, un arroz chino.

Se acercan casi hasta poder olerlos, sentir su aliento, sin temor, como sus semejantes. "Hasta ahora la experiencia es que al vernos, huyen".
Miguel Saavedra y Luis Vera le dieron la vuelta al estero por un manglar enmarañado, en un cruce cinematográfico: "Nos metimos muy adentro, yo iba canaleteando y Miguel, agachado, para esquivarlo".Existe una vieja leyenda en la que el cocodrilo le huye a la luz de la luna llena. Otra dice que gracias a esa luna, puede ver al hombre.

Los más viejos cuentan que antes, en el Golfo de Guayaquil, se veían muchos cocodrilos, pero la mayoría fueron cazados. Más de 200.000 pieles de cocodrilos fueron negociadas.

"Antes se veían más", cuenta Juan Salazar, que lleva 20 años como vigilante del Yacht Club. "Ahorita ya no porque con la bulla de la gente el 'lagarto' se domesticó. Creo que comen culebra".Como él, muchos confunden "lagarto" y "cocodrilo", pero el primero es de menor tamaño y de agua dulce.

Son las 02:00 y los hombres van en busca del cocodrilo grande.Cero ruido. La meta es topárselo aunque sea de refilón. Pero el cocodrilo es astuto. Aunque no haya luna llena.