El Patrimonio Natural del Ecuador: la metáfora imperfecta
Patricio Mena Vásconez Revista Terra Incógnita - Quito July 2004
Patrimonio es una palabra que me resulta algo extraña. Me hace pensar en varias cosas a la vez, algunas gentiles, otras no tanto. Las no tanto tienen que ver con conceptos gerenciales, como los que tenemos que aprender casi a patadas las personas que no gozamos mucho con esas tareas. "Diferencia entre los valores pertenecientes a una persona física o jurídica y las deudas y obligaciones de que responde", nos dice el venerable diccionario. "Es lo que te queda después de que restas de tus activos los pasivos", nos dicen los administradores, creyendo ser más didácticos. En pocas palabras, tu patrimonio es lo que realmente tienes a pesar de que parezca que tienes más, porque te olvidaste de las deudas. Cuando hemos pertenecido a una empresa o a una fundación, estos conceptos -por más fríos y lejanos que nos parezcan- llegan a ser parte de la vida cotidiana.
Patrimonio también me suena a algo trascendente, más bien etéreo. Me suena como suenan a ratos territorio, solidaridad, evolución o biodiversidad. Son esas palabras que, pudiendo ser definidas con un léxico más o menos simple, connotan sentimientos, sensaciones y percepciones que van mucho más allá de nuestra capacidad de verbalizar o redactar. Me suena a algo que recibimos de los que fueron, que debemos cuidar para los que vienen, que debemos respetar, que debemos festejar, que debemos usar y cuya pérdida debemos resentir y condenar con toda la fiereza de nuestra alma y nuestra mente.
Hablemos del patrimonio natural del Ecuador. Ahí estos sentimientos, sensaciones y percepciones se empiezan a multiplicar por un número semejante al número de plantas que hay en nuestro país, que es la décima parte de lo que hay en todo el globo. Semejante a la cifra de especies de pájaros, que llega a ser un quinto del número total del planeta a pesar de que nuestro país, por obra de las guerras y el destino, es pequeño como un colibrí. Semejante a los 3.000 millones de años que se tomó la evolución en producir una pluralidad descomunal de especies, y la mayoría prefirió venir a nuestras tierras y no a cualquier otra parte de ese mundo que es el único que ha generado vida. Semejante también a las decenas de diferentes ecosistemas que están en la costa, los Andes, la Amazonía, Galápagos y el océano, gracias a la tropicalidad de nuestras tierras, a la presencia de los Andes -que son una escalera donde cada escalón tiene sus propia biodiversidad-, gracias también a las corrientes marinas que convierten al Ecuador en un sánduche entre el desierto de Atacama (el más seco del mundo y con ramificaciones hacia nuestra costa austral) y la selva del Chocó (la zona más lluviosa del globo, que se mete hasta Esmeraldas y las faldas noroccidentales de los Andes).
Se multiplican también por el número asombroso de variedades de papas, maíces y cacaos que hay y que han sustentado no sólo como alimento a culturas que se rehúsan a morir y que en los páramos, los bosques, los manglares, los estuarios, los lagos, los ríos, las selvas, las islas y los mares, mantienen vivo el cordón umbilical entre gente y naturaleza. También se multiplica (pese a quien le pese) por la cantidad de especies exóticas, extranjeras, extrañas que han llegado para quedarse, algunas malditas por su agresividad ante la mansedumbre de nuestros tipos nativos libres de adversarios, otras bienvenidas porque han contribuido al color de nuestras mesas, lienzos y jardines.
Irónicamente, la sensación gerencial que me provoca la palabra patrimonio vuelve a aparecer cuando me atrevo a explicar lo que siento a un nivel menos pragmático. El patrimonio que nos explican diccionarios y contadores es algo dinámico. Unos años, el activo es grande y el pasivo chico, y prosperamos: los años de vacas gordas. En años de crisis, el activo es mínimo y el pasivo gigante: la vaca se vuelve anoréxica a la fuerza. El patrimonio natural también es así, hasta cierto punto, aunque nos cueste verlo. Lo que tenemos ahora, lo que tal vez ni nos damos cuenta de que tenemos, es nuestro activo natural. Pero si hacemos bien la metáfora con la cuestión gerencial, en realidad eso no es nuestro patrimonio...
Es que le hemos hecho daño a la naturaleza, especialmente desde que llegaron las máquinas y ciertas bestias exóticas. No es hace mucho que este fenómeno es grave, pero en realidad es algo que ha sucedido desde hace miles de años. No se sabe mucho en nuestros territorios, pero por lo menos en otras latitudes ya la gente de hace decenas de miles de años causaba trastornos monumentales -aunque esporádicos y localizados- a estos activos naturales. Parece incluso que grandes civilizaciones como los mayas, ésa que contaba con los dedos de los pies y de las manos (usaba la base 20 y no la base 10 para sus cálculos mercantiles y astronómicos), que posiblemente ya entendía el cero cuando los romanos seguían con palitos y cuñas, y que poseía un lenguaje escrito sencillamente único, ya dejó de ser una civilización brillante mucho antes de que llegaran los invasores europeos. ¿La razón? El principal culpable parece ser el sobreuso de los recursos naturales, es decir, un aumento de los pasivos y un decremento de los activos de la biodiversidad, más allá de lo tolerable según los dictados de las leyes de natura. Conocer maravillas sobre el movimiento de los astros y saber usar el abstractísimo cero no fueron suficientes para frenar la catástrofe socioecológica. El patrimonio de los mayas y de muchos otros pueblos en todo el planeta simplemente se fue haciendo mínimo e insostenible. Los descendientes actuales de esos pueblos, entre otras razones históricas que van más allá de estas líneas, deben su pobreza y su marginalidad a que su patrimonio natural fue menguando.
Ahora se habla mucho, y con razón, de que hay que valorar la biodiversidad más allá de estimaciones éticas y científicas: se necesita poner la biodiversidad, o sea, el patrimonio natural del Ecuador, en las cuentas nacionales. Hay que saber cuánto se pierde en sucres (perdón, dólares) cada vez que se compacta el suelo de un páramo, cada vez que se tala un bosque en Esmeraldas, cada vez que desaparece un manglar, cada vez que el último representante de una especie es cazado, pescado, envenenado o despojado de su última posibilidad de hábitat, cada vez que el oleoducto se parte y derrama lo que hace millones de años fue parte de esa misma biodiversidad, vomitando crudo sobre un activo y convirtiéndolo en pasivo. Es duro que hayamos tenido que llegar a esta necesidad de ver en la biodiversidad los signos del dinero para que podamos valorarla, pero peor es nada. Mas no debemos llegar al extremo de que sólo esa sea la forma de enfrentar una crisis que puede ser la peor que ha visto la humanidad.
La metáfora es útil, definitivamente: nos hace ver que lo que tenemos ahora no es nuestro patrimonio, que sólo es la parte positiva, activa de él. Tenemos que tomar conciencia que nuestro patrimonio natural es también todo lo que se perdió y no debió haberse perdido. También son las deudas que tenemos que pagar por un desarrollo mal planificado, inmediatista, quemeimportista, elitista, sectario, racista, sexista y especieísta. Las extinciones, las fragmentaciones de hábitat, las contaminaciones, las variedades de papas que perdieron la lucha por sobrevivir en los pueblitos más alejados del Chimborazo y los gastos impresionantes que se han debido hacer para devolver a la naturaleza al menos parte de su esplendor, eso también es nuestro patrimonio.
Pero la metáfora, siendo útil, no es ideal: a diferencia del patrimonio gerencial, puramente economicista, el patrimonio natural sólo puede ir decreciendo. No hay épocas de crisis y de bonanza. Ni siquiera con toda la tecnología de crear especies en laboratorio a la Jurassic Park o a la Dolly podremos regenerar la biodiversidad perdida o el suelo del páramo compactado como una esponja vetusta. O en el mejor de los casos, el costo de estas remediaciones artificiosas será incluso mayor que lo perdido. Lo que necesitamos, lo que tenemos que crear, es una época en la cual crisis y bonanza no sean alternativas, porque simplemente no lo son, una época en la que la única alternativa sea la del desarrollo con una equidad que trascienda las vicisitudes de la única especie que puede filosofar y actuar sobre estas cosas. Pero si ni siquiera somos capaces de ver al patrimonio como algo sólido y unificado, si hacemos barbaridades como separar "oficialmente" el patrimonio forestal del patrimonio natural, si la biodiversidad es la última rueda del coche, tanto como para politizar hasta la muerte a una ley nacional para su protección, los pasivos serán más y más, y los activos menos. Y el patrimonio natural menguará hasta que ni siquiera tenga sentido mencionarlo.
Aún no estamos tarde. Parte del patrimonio natural de nuestro
país es la gente, y la gente del Ecuador, que ha demostrado que
puede tomar decisiones drásticas y cambiar el rumbo del país en
otros ámbitos (sólo dos ejemplos: la caída de Abdalá y las medallas
de Jefferson) puede cambiar también el rumbo en estas cuestiones y
generar un siglo verde donde el patrimonio natural sea uno, grande
y eterno, y encontremos metáforas mejores que nos eleven el
espíritu más allá de las nubes.

